– Ya lo están buscando -anunció al volver. Me dio la dirección de la oficina del sheriff y añadió-: Si mientras está en el pueblo necesita algo, no dude en ponerse en contacto conmigo, detective Pribek. -Lo dijo como si su trabajo no lo estimulara lo suficiente.
A la llegada a la oficina alguien me hizo, de una manera indirecta, la pregunta obvia.
– El condado de Hennepin debe de recibir unas partidas presupuestarias considerables si puede permitirse el lujo de mandar a una de sus agentes al otro extremo del país para buscar a una persona desaparecida -observó el agente que estaba de guardia, arqueando una ceja con ironía.
– Pues no -repliqué-, pero éste es un caso especial.
Me dio la dirección, escrita en un post-it con la parte adhesiva pegada sobre sí mismo.
– ¿Un caso especial?
– Más o menos. -No me apetecía explicárselo-. Oh, ¿eso es café?
Al cabo de diez minutos me detuve ante una casita de una sola planta, según el mapa cerca de la escuela universitaria Bale. Al final de la calzada de acceso había una luz exterior que imitaba una farola de gas de la era victoriana. Su bombilla de cien vatios bañaba de intensa luz el patio delantero. El garaje estaba cerrado y fuera no había ningún coche aparcado que pareciera de alquiler.
Tras mi llamada, oí unos pasos que se dirigían hacia la puerta pero ésta no se abrió enseguida, sino que alguien movió una cortina en la ventana lateral. Cautela femenina. Al cabo de un momento, la puerta se abrió un palmo y medio.
Vi a una mujer de un metro sesenta, con dos trenzas marrón oscuro tiesas de rizos contenidos. Llevaba unos panta-Iones de pijama a cuadros y un top que revelaba un abdomen plano dos tonos más claro que el cacao. Iba descalza.
– ¿En qué puedo ayudarla?
– Soy Sarah Pribek, hoy hemos hablado por teléfono. Iba a llamarte -me anticipé con la explicación antes de que pudiera hablar-› pero mi avión se retrasó. -Aquello no significaba nada pero, en cierto modo, sonaba como una excusa-. Y en la investigación de una persona desaparecida, el tiempo es vital, por eso vine directamente.
Los ojos oscuros de Ligieia me estudiaron y no dijeron que no. Yo proseguí con mi alegato.
– He traído un documento legal. -Toqué la bolsa que llevaba colgada del hombro-. Si no te parece conveniente, no estás obligada a traducirlo.
– Entre -me dijo, a regañadientes-. Preguntaré a Sinclair si le parece bien.
Mientras cerraba la puerta, apareció una niñita corriendo en el vestíbulo. Tenía el cabello castaño mojado y llevaba una toalla magenta enrollada a la altura del pecho. Se detuvo al lado de Ligieia y me miró. Luego alzó las manos y empezó a gesticular hasta que la toalla se le cayó al suelo.
– ¡Hope! -exclamó Ligieia, al tiempo que se arrodillaba, cogía la toalla y volvía a envolver a la pequeña. Me miró y al ver que me reía, se echó a reír también, poniendo los ojos en blanco. Fue la mejor manera de romper el hielo que podía haber deseado.
– ¿Es hija de Sinclair? -le pregunté.
– Sí, se llama Hope. Supongo que el lenguaje de los signos delata que es hija de Sinclair.
Detrás de Ligieia apareció una mujer alta, con una melena de color cobre. Me estudió con una mirada familiar de unos ojos ligeramente euroasiáticos.
Sinclair. Ligieia aún no se había percatado de su presencia. Me erguí y la saludé con la cabeza. Ella me devolvió el saludo.
Aquel intercambio me pareció extrañamente formal y no sólo porque no pudiera hablar directamente con ella. Era como si hubiese encontrado a una persona desaparecida. Dos días antes, ni tan siquiera sabía que existía, al menos no por su nombre, y en cambio sentí como si llevara mucho tiempo intentando localizarla.
– Agarra bien la toalla, cariño -le dijo Ligieia a la niña y luego se incorporó y habló con Sinclair, verbalmente y con el lenguaje de signos.
– Esta es Sarah Pribek. -Al decir mi nombre Ligieia gesticuló más despacio-. Dice que en la investigación de la desaparición de una persona el tiempo es un factor vital y que por eso ha venido cuanto antes. Quiere hablar contigo esta noche.
Hope nos observaba en silencio. Sinclair movió las manos para expresarse.
– ¿Tiene habitación de hotel?
– Todavía no -respondí. Temí que me pidiera que me marchara hasta el día siguiente.
Sinclair gesticuló de nuevo.
– Dice que va a prepararle el cuarto de los invitados.
Sinclair cogió a la niña en brazos y regresó a la sala de la que había venido mientras yo asimilaba, sorprendida, aquella inesperada demostración de hospitalidad. Al fin y al cabo, yo era una completa desconocida.
– ¿Por qué no me acompaña a la cocina? Estoy preparando un té. ¿Puedo tutearte?
– Desde luego. Y cuando dije que no tenías por qué traducir ahora, hablaba en serio. Parece que ya ibas a acostarte ¿no?
– No -respondió-. Estoy estudiando. He de tener listo para mañana el acto III de El mercader de Venecia. -Cogió una tetera del aparador-. Y me parece una auténtica pérdida de tiempo. Ya nadie representa esa obra, y no me extraña, porque es horriblemente antisemita. Yo creo que la lee muy poca gente. -Encendió una cerilla y la acercó al fogón. Era una cocina muy vieja.
– ¿Hace mucho que conoces a Sinclair?
– Tres años -respondió Ligieia-. Desde que llegó a Bale. Me ofrecieron ser su traductora y luego empecé las lecturas.
– ¿Las lecturas?
– Sí, leo sus poemas en recitales y en premios literarios -explicó Ligieia-. Es muy complicado, porque no sólo recito sus poemas, sino que he de transmitir además el contenido emocional de éstos. Para poder hacerlo, para leerlos como los leería ella misma si hablara, he tenido que conocerla mucho.
Oí pasos a mis espaldas y me volví. Allí estaba Hope, con el cabello peinado y un camisón blanco, mirándome con la seriedad de los niños.
– Mamá dice que tú hablas -proclamó, pero lo dijo también con señas, por si acaso. El timbre de su voz era perfecto y su dicción muy clara. Hasta ese momento había pensado que también era sorda.
– Pues sí, es verdad -asentí.
– ¿Te llamas Sarah? -me preguntó.
– Hope, ¿sabe tu madre que estás aquí? -la interrumpió Ligieia.
La niña bajó la mirada. No quería mentir.
– ¿Sabes lo que pienso? -prosiguió Ligieia, agachándose un poco para hablar con la pequeña-. Pienso que mamá ya te ha acostado pensando que ibas a quedarte en la cama. -Ligieia se enderezó.
Hope se marchó corriendo de la cocina hacia el pasillo.
Ligieia sacudió la cabeza, con indulgencia y exasperación al mismo tiempo.
– Siempre tiene que meterse en todo -dijo, mirando si hervía el agua-. Es la niña más lista que conozco. Cuando habla, parece que tenga diez años. Y conoce muy bien el lenguaje de los signos. Estoy segura de que cuando sea mayor hará lo que yo hago ahora: recitar los poemas de su madre. Esta niña será alguien.
– ¿Hace mucho que Sinclair se divorció del padre?
Ligieia no respondió y miró más allá de mí. Me volví y vi a Sinclair.
Shiloh hacía lo mismo. Caminaba en una nube. A veces no lo oía llegar hasta que lo tenía justo detrás de mí.
– Ahora iba a servirlo -dijo Ligieia.
Nos acomodamos en la sala, que era una estancia de techo bajo atestada de plantas de interior y pinceladas eclécticas de color. Me senté en una mecedora y me acerqué la taza a la nariz, haciendo una pausa. Me había metido en esa casa diciendo que era importante que hablase con Sinclair esa noche, y ahora que la tenía delante descubría que no tenía preguntas apremiantes que formularle. Había ido para comprobar que Shiloh no se encontraba allí, y era evidente que no estaba.
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