Tenía que haber algún sistema mejor que la consulta de los bancos de datos oficiales.
Cuando la gente no ha cometido ningún delito ni tiene nada que esconder, hay dos maneras fáciles de encontrarla. Una es a través de su profesión.
Sinclair era poeta. No me pareció que fuera muy famosa, si es que existen las poetas famosas, salvo las pocas que leen sus obras en las inauguraciones presidenciales. Pero aun así, era una persona semipública. Su nombre conocido era Sinclair Goldman y era poco probable que hubiese cambiado, aunque se hubiera separado de su marido.
A mi izquierda había unas cristaleras a través de las cuales vi otra sala llena de ordenadores con conexión a Internet. Cogí el papel y crucé la puerta deslizante.
Todos los ordenadores estaban ocupados. Junto a ellos, había un cartel en un mostrador que rezaba lo siguiente: «Regístrense aquí para utilizar Internet. Máximo tiempo permitido si hay usuarios esperando: media hora».
Casi todos los usuarios parecían estudiantes de instituto. ¿Los profesores los enviaban a la biblioteca a fin de que se documentaran para sus trabajos? ¿O hacían novillos de la escuela para conectarse a Internet? Yo, de pequeña, me había saltado bastantes clases, pero nunca para ir a la biblioteca.
El usuario más joven tendría unos quince años. Miraba fotos de coches deportivos.
– Disculpa -le dije, mostrándole la placa del sheriff de Hennepin-. Investigación policial -añadí.
Me miró con los ojos como platos y comenzó a recoger la mochila que tenía junto al asiento.
– No te lleves las cosas -dije-. Probablemente terminaré enseguida.
Me acomodé en el asiento recalentado y tecleé la dirección del metabuscador favorito de Shiloh. Cuando apareció el portal, introduje «Sinclair Goldman» en el campo de la búsqueda.
Encontré dos coincidencias. Una era la web de la editorial Last Light; aquello prometía. La otra todavía resultaba más interesante. Era el sitio web del Bale College.
Entré en esta última y encontré a Sinclair Goldman en el cuadro docente de aquel semestre. Sinclair Goldman daba clases de escritura creativa e impartía talleres de poesía. Sentí el corazón algo más ligero, como siempre me ocurría cuando seguía una pista que parecía bien encaminada.
Seguí dándole al ratón hasta que averigüé su horario de clase para ese día, aunque ya no podría encontrarle ahí a menos que Bale estuviera en algún lugar de Utah septentrional. No lo estaba. En la sección «Cómo llegar», vi un mapa en el que una estrella lo señalaba: estaba un poco al sur de Santa Fe, Nuevo México.
– Sólo un momento -le dije al chaval que esperaba mientras hacía clic en «Contacta con nosotros» y apuntaba el teléfono en un pequeño papel de notas de la biblioteca.
Llamé desde un teléfono situado en una zona tranquila cerca de los servicios y la operadora me puso enseguida con el Departamento de Literatura.
– Aquí la detective Sarah Pribek -le dije al joven que respondió al teléfono-. Estoy tratando de ponerme en con-tacto con Sinclair Goldman. Ya sé que es sorda -me apresuré a añadir, pues ya lo había oído tomar aire para explicarme aquel detalle-, pero tengo que localizarla hoy Se trata de una investigación policial.
– Ahora mismo está en el campus. Imparte un taller de poesía de dos a cuatro. -Tenía la voz hueca y apagada, y la manera de hablar de un estudiante. Aunque eso no iba a servirme de nada, me imaginé su aspecto. Unos veinte años, con el cabello muy corto y teñido de blanco platino sobre un color mucho más corriente.
– Estoy en Utah -dije-, y voy a ir a Santa Fe, pero no tan deprisa.
– No estamos en el mismo Santa Fe sino en…
– Ya sé dónde estáis. Lo único que necesito saber es dónde puedo ponerme en contacto con Sinclair Goldman cuando salga de la universidad. Un número de teléfono o una dirección. -No podemos dar direcciones a desconocidos -replicó, como era de esperar.
Sí, era de esperar, y además tampoco podía presionarlo. Yo llamaba por teléfono y él estaba en todo su derecho de no dar información sólo porque yo le dijera que era agente de policía.
– Un teléfono, entonces -insistí.
– Me parece que no tiene teléfono. -Parecía desconcertado-. La señora Goldman tiene problemas auditivos.
– Eso ya lo sé, pero…
– Lo que puedo decirle es que, aquí, recibe en su oficina los martes de nueve a…
«Qué pesado», pensé.
– Mira, soy detective de la oficina del sheriff de Minnesota. No tengo que hablarle de un examen ni de una tesina, y no puedo esperar hasta el martes. ¿Harías el favor de darme un teléfono de contacto?
– Espere un momento -dijo tras un silencio.
Al cabo de un minuto, se puso de nuevo al teléfono.
– Aquí tengo un número -explicó y lo leyó sorprendido-. Lo que ocurre es que junto a él hay un nombre entre paréntesis, Ligieia. Ligieia Moore. ¿Le suena de algo?
– Gracias -dije-. Te agradezco la ayuda.
Hice caso omiso de su pregunta, colgué con el dedo índice y esperé la nueva señal de línea.
En ese momento, Sinclair estaba en clase. ¿Habría alguien en su casa? Quizá D. Goldman, su marido. O Ligieia Moore, quienquiera que fuese. O acaso fuera el número de un contacto, como su secretaria o quizá su editora.
El teléfono sonó cuatro veces antes de que alguien lo cogiera.
– ¿Hola? -dijo una clara voz femenina.
– Soy la detective Sarah Pibrek y me gustaría ponerme en contacto con Sinclair Goldman. ¿Con quién hablo?
– Soy Ligieia -respondió-. Sinclair no está aquí. ¿Ha dicho que es agente de policía?
– Soy detective de la oficina del sheriff del condado de Hennepin, Minnesota -respondí-. Tengo que hablar con la señora Goldman para una investigación. He telefoneado a la universidad y éste es el número particular que me han dado de ella. ¿Debería haber llamado a otro número?
– No -dijo Ligieia-. Éste es correcto. ¿Habla usted el lenguaje de los signos?
– No, lo siento -respondí-. ¿Quiere decir que si me entrevisto con ella necesitaré un intérprete?
– Exacto. Normalmente, yo le hago las traducciones en las clases y también leo sus poemas en los premios literarios. Si quiere concertar una cita con ella, lo más fácil será que lo haga a través de mí. Se lo diré en cuanto vuelva a casa.
– ¿Y su marido? ¿No podría traducir? -sugerí.
– Sinclair no está casada -dijo Ligieia.
– Ah, entonces se ha divorciado -repliqué.
Al darse cuenta de que yo sabía ciertas cosas, al menos sobre Sinclair, hizo una pausa.
– Sí -dijo al cabo-, pero tendré que decirle de qué se trata -añadió, con algo más de fuerza en la voz.
«Cómo me habría gustado saber el lenguaje de los signos», pensé. Si ya en aquel momento me resultaba desagradable tener que hablar con una intermediaria, cuando llegase la hora de encontrarme cara a cara con Sinclair todavía me parecería más una intrusión.
– Como le he dicho, soy detective de la oficina del sheriff del condado de Hennepin, pero mi nombre de casada es Shiloh.
– Oh -exclamó Ligieia, sorprendida. Conocía el apellido.
– Soy también cuñada de Sinclair. Su hermano Michael, que es mi marido, ha desaparecido. Dado que soy policía se trata de un asunto profesional, pero como familiar…
– Jo -dijo Ligieia. Aquella exclamación me dio a entender que era más joven de lo que había pensado-. Bien, ¿está usted aquí en el pueblo o en Santa Fe?
– Llegaré tan pronto como pueda tomar un avión. Me gustaría hablar con Sinclair esta noche.
– Bien -convino Ligieia-. Antes de concertar esa entrevista, tendré que hablar con ella. ¿Puedo llamarla a algún sitio?
– Ahora mismo no tengo un número fijo -repliqué-. Sería mejor que lo decidiéramos ahora y me dijeras cómo llegar a su casa -añadí para presionarla. El que empezara a tutearla tuvo que parecerle significativo.
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