– Espera -le dije-. Por partes, ¿quieres? ¿Qué furgoneta, de qué viejo?
– Todos lo dieron por desparecido -explicó Genevieve-. Encontraron la furgoneta en la cuneta de la carretera que sale de Blue Earth. Se había estrellado y pensaron que el viejo debía de haberse alejado del accidente, desorientado.
– Sí, recuerdo haberlo oído en las noticias.
– El viejo apareció al cabo de dos días. Estaba en Louisiana, de visita en casa de un amigo, y le habían robado la furgoneta del aparcamiento de la Amtrak en su ausencia. Entonces, buscaron huellas en el vehículo y adivina a quién encontraron.
– A Royce Stewart.
– Exacto -continuó Genevieve-. Huellas parciales en la puerta. Pero él les contó una sarta de excusas. Dijo que había tropezado con la furgoneta abollada cuando volvía a casa. Había estado bebiendo en el pueblo, claro. Como siempre.
– Mmm…
– Declaró que se había asomado por la ventanilla para asegurarse de que no había nadie herido en la cabina. Cuando comprobó que no, pensó que debía de estar todo en orden y continuó su camino. Un verdadero santo, nuestro Shorty.
– ¿Tiene coartada para el momento en que robaron el vehículo? -No saben a qué hora se lo llevaron -respondió Genevieve-. El viejo lo había dejado aparcado. Detalles como éste fastidian a la policía, pero es exactamente lo que haría un tipo como Shorty. No tenía vehículo, vio uno y se lo llevó. Y va a salir bien librado.
– ¿Sólo me has llamado por eso? -dije.
– ¿Te parece poco? ¿Cómo es que soy la única que ve cómo es ese tipo?
– Yo también lo sé, Gen -respondí-, pero no podemos hacer nada. Ya llegará su hora.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio y me di cuenta de que mi respuesta no la satisfacía.
– ¿Puedo preguntar cómo va la búsqueda de Shiloh? -preguntó a continuación.
– No -repliqué.
Después de colgar, me quedé sentada tras la mesa unos momentos. Pensé en la gente que había conocido, parientes de los que habían desaparecido para siempre. Venían a preguntarnos, a Genevieve o a mí, a intervalos cada vez más largos. Intentaban interesar a los periodistas en historias de «aniversarios». Esperaban que alguien, en alguna parte, delatara a un compañero de celda o a un ex novio, sin más esperanza ya que la de poder darles un entierro decente, una tumba que visitar.
¿Cuándo acabaría yo por entrar en aquella rueda?
No había descubierto nada, prácticamente nada, en cinco días de investigaciones. No recordaba un solo caso en el que hubiera hecho menos progresos.
Un rótulo del vestíbulo de la planta baja llamó mi atención. Hoy, donaciones de sangre, decía.
Shiloh era cero negativo. Siempre donaba religiosamente.
Ryan Crane, un vendedor de discos al que conocía, dobló la esquina y se acercó. Llevaba una gasa con un esparadrapo rosa intenso en la cara interna del codo; acababa de donar.
– ¿Va usted a que le metan la aguja, detective Pribek? -preguntó alegremente.
– No lo había pensado -dije, pillada a contrapié-. Sólo bajaba a…
– ¡Ay, se me había olvidado! ¿Ha sabido algo de su marido?
– No -respondí-. Nada. Sigo trabajando en ello.
Crane asintió con expresión de simpatía y apoyo. Tenía veintidós años como mucho; nunca se lo había preguntado, pero sabía que estaba casado y que tenía dos hijos.
Él se marchó, pero yo no seguí hacia la rampa del aparcamiento, como me había propuesto.
Mi grupo era el A positivo, bastante corriente pero no tan útil como el de Shiloh. En esta ocasión, él no estaba allí para donar sangre, y eso me inquietaba, como si ahora me tocara a mí actuar en su lugar.
Además, las nuevas entrevistas en nuestro barrio serían una batida agotadora tras un rastro sin resolver. No corría prisa.
Los del banco de sangre se habían instalado en la sala de reuniones más grande que habían encontrado. Había allí cuatro sillones reclinables, con unas mesillas con ruedas a un lado, de las que colgaban varias bolsas de plástico, unas vacías y otras medio llenas de sangre.
Todos los sillones estaban ocupados, lo cual no me sorprendió. Tiempo atrás, cuando iba de uniforme, había asistido a las conferencias. Aunque la mayoría de los policías desarrollaba su vida profesional sin sufrir heridas de importancia, a los sargentos y capitanes les gustaba aleccionar a los agentes sobre el hecho de que la sangre que donaban podía fácilmente servir para salvar la vida de un compañero herido en el cumplimiento del deber.
Mientras esperaba a que quedara libre un sillón, una enfermera me leyó una lista de dolencias improbables que me inhabilitaban como donante: ¿Algún miembro de mi familia sufría la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob? ¿Alguna vez había pagado favores sexuales con drogas, o aceptado drogas por favores sexuales? ¿Había tenido relaciones sexuales con alguien que hubiese vivido en África desde 1977?
La enfermera recompensó mis no es con un pinchazo en el dedo con una fina lanceta.
– Adelante, siéntese -me dijo-. Volveré cuando tenga hecho su hematocrito.
Me tumbé al lado de un oficial de condicionales veterano al que conocía superficialmente.
– ¿Cómo está? -me preguntó.
– Llena de sangre -respondí en son de broma. Aunque detestaba las consultas y las salas de exploración, las agujas nunca me habían molestado, sobre todo en las campañas de donaciones en el trabajo, el lugar donde me siento más cómoda.
– Agarre esto -dijo la joven de la bata blanca cuando volvió a mi lado. Me entregó una pelota blanca de goma-. Vamos a empezar. Cierre el puño y apriete.
Lo hice y las venas se hincharon. Pintó el hueco del codo con antiséptico, me ató un torniquete en el brazo y noté el pinchazo. Desató el torniquete. Una pinza en la entrada de la cánula mantuvo taponado el tubo.
– Siga apretando la pelota -me indicó-. Ni muy fuerte, ni muy flojo. Tardaremos diez minutos.
Retiró la pinza y el tubo se volvió rojo. La sangre manó de mi cuerpo como si tuviera prisa por escapar.
El oficial de condicionales estaba abstraído en la lectura de un boletín de mantenimiento del orden del FBI. Yo no había traído lectura. Cerré los ojos y recordé la conversación con Genevieve y lo que había dicho de Shorty. Pensándolo bien, la coartada tenía cierto sentido.
Cuando alguien roba un vehículo, el lugar donde hay más posibilidades de recuperar una huella buena, utilizable, es el espejo retrovisor. Todo el mundo tiene que ajustarlo cuando sube a un coche que no es suyo. Incluso los ladrones. Pero Gen había dicho que la policía de Blue Earth sólo había encontrado parciales en la puerta.
Imaginé a Genevieve diciendo: «¿Y qué?». Llevábamos tanto tiempo de compañeras en deducciones de este tipo que ya era natural para mí imaginarme que manteníamos una conversación.
Que las huellas parciales encontradas en la puerta, a mi modo de ver, se ajustaban a la versión de que sólo había mirado en el interior de un coche accidentado, y no apuntaban a que lo robara. Había tocado la puerta al asomarse. Y no había tocado el espejo porque no pensaba conducir a ninguna parte.
«Llevaba guantes», replicó Gen lacónicamente. Capté en mis pensamientos su irritación contenida al creer que me ponía de parte de Shorty.
¿Por qué habría de tocar la puerta con las manos desnudas y luego colocarse los guantes con todo cuidado para ajustar el espejo?
«Porque actúa impulsivamente, sin pensar lo que va a hacer.»Entonces, ¿por qué habría de ponerse los guantes? Y si actúa como dices, ¿por qué había de desviarse de su camino hasta una estación de tren para robar una furgoneta?
«Robó la furgoneta del aparcamiento de la Amtrak porque sabía que el dueño estaría fuera y no la echaría en falta inmediatamente.»Pero eso significa que lo planeó previamente, y tú dices que no es propio de él. Además, ¿qué iba a hacer luego? ¿Rondar unos cuantos días por la misma zona en que había robado el vehículo, donde todo el mundo podía verlo al volante? Absurdo. Un robo de este tipo sólo se entiende si alguien pretendía usar el vehículo sólo unas horas, antes de abandonarlo.
Читать дальше