Me encaminé directamente hacia él y prácticamente todos los clientes me siguieron con la mirada.
Shorty me había visto en el estrado en la audiencia previa de su juicio, donde me había identificado como amiga de Kamareia y principal testigo de la acusación contra él. Y, desde luego, sabía que era policía. Cuando me vio, abrió los ojos como platos. Durante unos segundos, puso tal expresión de alarma que pensé que saldría huyendo hacia la puerta trasera del local.
Después, debió de recordar que había salido bien librado del caso y se dominó. Su expresión pasó del sobresalto al desprecio y no apartó la vista de mí ni un instante.
Me detuve a un palmo del taburete que ocupaba y le dije: -Tengo que hablar contigo. Fuera.
Concretar que quería verlo «fuera» fue mi primer error. Sólo tenía que negarse y me dejaría en ridículo. Lanzó una mirada a sus amigos e inició una sonrisa burlona:
– Ni hablar -replicó.
Observé a sus acompañantes y consideré que eran ciudadanos honrados, más o menos. Saqué la cartera donde llevaba la placa y la deposité en la barra, sin abrirla hasta que la hube dejado. No quería que el resto del bar me viera exhibirla. Los amigos de Shorty, en cambio, observaron la placa y me miraron con sorpresa.
– Largo -me limité a ordenarles.
Se levantaron, recogieron las copas y ocuparon un reservado. La exhibición de autoridad hizo mella en el buen talante de Shorty, cuya expresión se transformó en una mueca ceñuda. Me acomodé en uno de los taburetes que habían dejado libres sus compañeros de copas.
– ¿Qué quiere usted? -preguntó él.
– Háblame de Mike Shiloh.
La incomodidad borró de sus labios el último rastro de burla.
– No sé quién es -mintió. Tomó un sorbo de cerveza. La jarra era una simbólica madriguera en la que hubiera querido refugiarse.
– Claro que lo sabes, Shorty. Habla conmigo ahora, o vendré con una orden de detención. -Esta vez me tocaba a mí mentir; no tenía razón alguna para que el juez me extendiese tal orden.
– Me está acosando -replicó Shorty-. Todo el mundo sabrá que lo hace por ese asunto de las Ciudades Gemelas. No le harán caso.
«Ese caso de violación y asesinato, querrás decir. Cuando dices "asunto" te refieres a eso, ¿verdad?», estuve a punto de soltar. Luego, reflexioné: «No, no le repliques, de lo contrario nunca soltará lo que buscas. Tranquilízate».
– Cuéntame qué sucedió; dímelo pronto, antes de que las cosas se embarullen más -insistí-. Así, todo será más fácil.
– ¿Más fácil? La última vez no pudo conmigo. Y no se le presentará otra ocasión mejor.
Entonces, Shorty se dio cuenta de que lo que acababa de decir estaba peligrosamente cerca de poder tomarse como un reconocimiento de culpabilidad y, aunque el juicio contra él se había declarado nulo por falta de pruebas suficientes, el caso podía volver a los tribunales porque, técnicamente, no había sido declarado inocente. En tal circunstancia, Shorty no sabía qué podía decir sin ponerse en peligro y qué era preferible callar.
– ¿De verdad quieres que me ponga con tu caso, Shorty? -proseguí-. Entonces, sigue portándote así. Cierra el pico y no me digas lo que sabes.
– Le he dicho lo que sé -replicó él de mala gana-. A la mierda.
Me levanté del taburete y me encaminé a la puerta, sin volverme a comprobar si me miraba.
A la salida del bar, subí al coche, cambié de sentido saltándome varias normas de tráfico y no tardé mucho en detenerme junto al bordillo. Estuve allí tanto rato, tratando de pensar, que finalmente corté el ralentí del motor del Nova.
Shorty no me diría lo que yo necesitaba saber. No había razón para que lo hiciera. Tampoco me dejaría mirar en su casa, que era lo siguiente que deseaba hacer.
Mientras pensaba, intentaba roerme la uña del dedo corazón; morderme las uñas era una mala costumbre en la que caía cuando pasaba una temporada difícil. También me percaté de que no conseguía pillarlas entre los dientes porque las llevaba recién cortadas, no por obra mía sino por la de Shiloh, que se había sentado al borde de la cama y había tomado mis manos entre las suyas y me había hecho la manicura.
Prewitt me había advertido que esperaba que en el transcurso de la investigación de la desaparición de Shiloh me comportaría como representante de la oficina del sheriff del condado de Hennepin. Seguro que se refería a que no aprobaba las entradas ilegales en domicilios.
Pero mis reflexiones mientras permanecía allí aparcada junto al bordillo no eran tales. Sólo buscaba justificaciones para una decisión que ya había tomado.
La carretera a oscuras que el Nova tragaba con tanta voracidad era la misma que Shorty hacía a pie para volver del bar a casa. No estaba tan lejos del pueblo, pero la distancia era más de lo que la mayoría de la gente entiende por «un paseo». Desde luego, no era el alcohol lo que movía a Shorty a hacer aquel camino a horas tan tardías, incluso en invierno y principios de primavera. Le habría resultado más cómodo y barato beber en su casa, pero no habría sido lo mismo. Probablemente habría renunciado antes a la comida que a tomar una jarra de Budweiser con sus amigotes.
La «casa» de Shorty era poco más que un cobertizo detrás de una casa de campo de dos pisos. Apagué los faros y pasé por delante a poca velocidad, con las luces de posición como única iluminación. Las de la fachada de la casa estaban apagadas. Las ventanas estaban oscuras como ojos ciegos. Aun así, entré sigilosamente en el patio, como si el Nova pudiera avanzar de puntillas, si era suficientemente hábil con el pedal del acelerador.
Seguí las profundas roderas del camino de tierra y rodeé el cobertizo para que el coche no pudiera verse desde la carretera. Apagué todas las luces y, a continuación, el motor. Cuando me apeé, dejé la puerta del coche entreabierta para no hacer ruido al cerrarla; antes, desconecté la luz del interior del techo de forma que no gastara batería.
Sujeté la linterna con la axila mientras escogía las herramientas que necesitaría para abrir la cerradura. La puerta, en realidad, parecía tan insegura que bastaría con un par de patadas para echarla abajo… si hubiera podido permitirme el lujo de actuar tan abiertamente.
Cuando puse la mano en la manija, descubrí que no necesitaría forzar la cerradura. La puerta ya estaba abierta. Me extrañó bastante, pero me dije: «Vamos, tranquilízate. Al fin y al cabo, ¿qué puede tener un tipo como Shorty que merezca la pena ser robado? No sucede nada. ¿A qué esperas?»Así pues, entré y encendí la linterna.
Iluminada por el haz de luz, una silueta se incorporó, veloz y próxima. Llevé la mano a mi pistola del calibre 40.
– ¡Sarah! ¡Espera! ¡Soy yo!
La silueta que tenía delante ya estaba tirándose al suelo.
– ¿Gen? -Enfoqué la linterna hacia abajo y ella entornó los ojos, deslumbrada, al tiempo que levantaba una mano para protegerse de la luz-. ¿Qué haces aquí?
– Te esperaba -respondió-. Me he adelantado a ti. No me enfoques a los ojos con eso.
Más adelante caí en la cuenta de lo cambiada que estaba Genevieve en aquellos momentos, de lo reanimada que se la veía en comparación con la zombi de semanas atrás. Mi corazón empezó a latir aceleradamente.
– ¡Estás loca! Por poco te pego un tiro.
– ¿Puedes apartar esa luz, por favor? -insistió-. Quiero enseñarte una cosa.
Cuando se incorporó, la linterna enfocó su mano, en la que sostenía algo.
– ¿Qué llevas ahí? -pregunté.
Sin decir una palabra, Genevieve lo expuso a la luz y lo hizo oscilar. Hubo un centelleo y reconocí de qué se trataba: era el sello holográfico del estado de Minnesota, estampado en un permiso de conducir. El permiso de Michael David Shiloh.
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