– Nada, hasta la siguiente vez en que los pescó robando a un cliente -contestó el hombrecillo-, y metió a Ma Wardlop en la cárcel por ello. Entonces sí que lo publicaron. -Sus ojos no se apartaron de los de Hester-. Fue muy embarazoso para Durban, pero capeó el temporal. Perdió un buen puñado de supuestos amigos. Vaya manera de descubrir que no lo eran. Se reían de él en lugares donde antes lo llamaban «señor». Le dolió, pero sólo le vi demostrarlo una vez, y aun entonces sólo un momento. Lo encajó como un hombre, nunca se quejó, y nunca, que yo sepa, se avino a hacer la vista gorda.
– ¿Qué le pasó a la chica? -preguntó Hester, sintiendo un reconfortante alivio, si bien enseguida volvió a ponerse tensa por miedo a la siguiente respuesta.
– Nada -dijo Palk, que descifraba sus sentimientos como si estuvieran impresos en papel-. Durban no era así. Sabía que la chica sólo hacía lo que tenía que hacer para ir tirando. Tenía mal genio, pero nunca se desquitaba con las mujeres y los niños. Era indulgente, a su manera, como si supiera lo que era ser pobre, pasar hambre o estar solo. -Sonrió al recordarlo-. Le dio una paliza de miedo a Willy Lyme porque pegaba a su esposa, pero fue delicado como una mujer con el viejo Bert cuando perdió la cabeza y ya no sabía ni quién era.
»El pobre desdichado se arrojó al canal para ahogarse, Durban saltó al agua detrás de él y lloró al no poder salvarlo. Pobre Bert. Durban vino a su funeral. Nunca lo supe a ciencia cierta, pero me da que pagó buena parte de las exequias. Bert no tenía ni seis peniques a su nombre. -Miró detenidamente a Hester-. No entiendo por qué quiere saber todo esto, señorita. Ahora no puede hacerle daño a Durban pero hay mucha gente a la que no le haría ninguna gracia que hablara mal de él. Sería un mal asunto.
– Intento detener a quienes lo harían -repuso Hester. Palk se quedó perplejo, escrutando su semblante. Hester le sonrió-. Mi marido ocupó su puesto en la Policía Fluvial porque Durban lo recomendó. Intentamos resolver el último caso dé Durban pero fallamos tan estrepitosamente que no podemos volver sobre él. Quiero demostrar que el tribunal se equivocó y que nosotros llevábamos razón; Durban, mi marido y yo.
– No servirá de nada -señaló Palk.
– Sí que servirá. Nosotros lo sabremos, y eso es importante.
– ¿Monk, ha dicho? ¿El tipo nuevo de Wapping?
– Sí.
– No le será fácil seguir los pasos de Durban.
– Depende de adónde estuviera yendo.
Palk la miró sin parpadear.
– Cierto y falso -dijo-. Ningún hombre tiene siempre la razón, aunque él la tenía más veces que la mayoría.
Hester se levantó.
– Eso espero. Pero necesito saber la verdad, sea cual sea.
– ¿Y entonces se la contará a todo el mundo?
– Depende. Todavía no sé cuál es.
Palk asintió.
– Está bien. Pero tenga cuidado, hay mucha gente capaz de matar para asegurarse de que no lo haga.
– Ya lo sé -repuso Hester.
Palk se puso de pie con dificultad, un hombro casi un palmo más alto que el otro, y los acompañó hasta la puerta.
* * *
Monk salió de nuevo por la mañana, con Scuff a su lado, vestido como la víspera y calzando sus viejas botas. Muy pronto Monk le proporcionaría algo mejor, pero ahora se veía en la obligación de volver a rastrear la búsqueda que Durban hiciera de Mary Webber en su momento. Hubiese preferido ir solo. El esfuerzo de disimular sus sentimientos y mantener una conversación afable pesaba más que cualquier ayuda que pudiera brindarle Scuff. Pero era él mismo quien no le había dejado otra opción. Aparte de herirlo con su rechazo, no se atrevía a dejar que Scuff deambulara solo por ahí. Lo había puesto en peligro y debía hacer cuanto pudiera para protegerlo de las consecuencias.
A media mañana, tras varios intentos fallidos, faltó poco para que le robara precisamente el mismo descuidero que andaba buscando. Se encontraban en la dársena de Black Eagle, entre un cargamento de madera y una cuadrilla de gabarreros que descargaba tabaco, ron y azúcar sin refinar. No soplaba nada de brisa procedente del río y los olores flotaban como suspendidos en el aire. La marea estaba baja, se oía el sorbeteo del agua en las algas de la escalinata y los golpes de las barcazas contra la piedra.
Una discusión entre un gabarrero y un estibador acabó enfrentando a media docena de hombres que se gritaban y empujaban. Era un método de robo que Monk había presenciado muchas veces. Los transeúntes se detenían a mirar, en poco rato se congregaba una muchedumbre, y mientras estaban pendientes de la pelea, los carteristas llevaban a cabo su silencioso trabajo.
Monk notó la sacudida, se volvió sobre sus talones y se topó cara a cara con una anciana sin dientes que le sonreía, y en ese mismo instante percibió un contacto tan ligero a sus espaldas que el ladrón ya se había alejado un par de metros cuando Monk se abalanzó sobre él sin alcanzarlo. Fue Scuff quien lo derribó de una rápida patada en la espinilla que lo dejó despatarrado en el suelo, chillando indignado y sujetándose la pierna izquierda.
Monk lo puso de pie de un tirón sin ninguna piedad. Diez minutos después los tres estaban sentados en lo alto de la escalinata, el descuidero entre Monk y Scuff, mostrándose incómodo pero dispuesto a hablar.
– No le dije nada porque no sé nada -dijo, haciéndose el ofendido-. Nunca he oído hablar de Mary Webber. Le dije que preguntaría por ahí, y lo hice, lo juro.
– ¿Por qué la buscaba? -preguntó Monk-. ¿Qué clase de mujer se suponía que era? ¿Cuándo fue la primera vez que preguntó por ella? Seguro que te dijo algo más que su nombre. ¿Qué edad tenía? ¿Qué aspecto? ¿Qué quería de ella? ¿Por qué te preguntó a ti? ¿Era prestamista, perista, madame, abortista, alcahueta? ¿Qué diantres era?
El carterista tenía los pelos de punta.
– ¡Dios! ¡Yo qué sé! Dijo que tenía unos cincuenta, o algo por el estilo, o sea que puta no era. Por lo menos, no ahora. Podría haber sido cualquiera de las otras cosas. Lo único que me dijo fue su nombre y que tenía los ojos de color avellana y el pelo muy rizado,
– ¿Por qué quería dar con ella? ¿Cuándo te preguntó por primera vez?
– ¡No lo sé! -El ladrón se estremeció y se separó unos pocos centímetros de Monk, encogiéndose-. ¿Cree que no se lo habría dicho si lo hubiese sabido?
Monk percibió un miedo que le reconcomía…, por un motivo absolutamente distinto.
– ¿Cuándo? -insistió-. ¿Cuándo fue la primera vez que te preguntó por Mary Webber? ¿Qué más te preguntó?
– ¡Nada! Fue hace unos dos años, quizá menos. Era invierno. Me acuerdo porque me tuvo a la intemperie no sé cuánto rato y por poco me congelo. Las manos se me pusieron azules.
– ¿Llegó a encontrarla?
– ¡No lo sé! Aquí nadie la conocía. Y conozco a todos los peristas, todas las casas de empeños y a todos los prestamistas que hay entre Wapping y Blackwall.
Monk se volvió hacia él y el otro volvió a estremecerse.
– ¡Ya basta! -le espetó Monk-. ¡No voy a pegarte!
Oyó la ira de su propia voz, casi descontrolada. Los nombres de Durban y Mary Webber bastaban para provocar miedo.
Pero aquel hombre no pudo o no quiso decirle más.
Monk probó suerte con otros contactos que había hecho a lo largo del río durante el medio año que llevaba en la Policía Fluvial, y nombres que habían aparecido en las notas de Durban, personas que Orme o cualquiera de los demás hombres habían mencionado.
– Buscaba al chico de Tilda la gorda -le dijo una anciana que al negar con la cabeza hizo girar el maltrecho sombrero de paja que llevaba. Se hallaban en la esquina de un callejón a unos treinta metros del muelle. Era un rincón ruidoso, polvoriento y caluroso. La anciana llevaba un cesto lleno de cordones de zapatos y daba la impresión de no haber vendido demasiados-. Desapareció de repente. Le dije que a lo mejor había ido a robar y lo habían pillado, pero ella tenía miedo de que hubiese caído en las garras de Phillips. Podría ser. Es tonto de remate.
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