Mari Jungstedt - Nadie Lo Conoce

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Con la resolución del último caso en el que estuvo implicado, el comisario Anders Knutas se siente deprimido y agobiado. Espera ansioso la llegada de las vacaciones de verano para pasar unos días con su familia. Pero antes debe ocuparse de un nuevo caso.
Un grupo de arqueólogos está excavando en un viejo poblado vikingo de Gotland, pero ignoran que un grave peligro se cierne sobre ellos. Todo empieza con el descubrimiento, por parte de dos niñas, del cadáver decapitado de un caballo en un prado cerca de su casa. Parece que el criminal, obedeciendo a un antiguo rito vikingo, ha torturado al animal antes de llevarse su cabeza y su sangre. El caso se complica peligrosamente cuando la holandesa Martina Flochten, una de las estudiantes del grupo de arqueología, desaparece sin dejar rastro y es hallada asesinada unos días más tarde. Posteriormente un importante político de la isla, Gunnar Ambjörnsson, encuentra en la caseta de su jardín una cabeza de caballo y Anders Knutas y su equipo se preguntan si será la próxima víctima.
Una vez más, Anders Knutas y el periodista Johan Berg, que ahora vive en la isla y espera el nacimiento de su hija, necesitarán todo su valor e inteligencia para resolver este cruel caso con ecos de cultos ancestrales.

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Acompañaba a Johan esa fotógrafa nueva de aspecto punki con el pelo negro disparado en todas las direcciones. También llevaba un aro en la nariz.

Pia no se conformó con hacer la entrevista en el pasillo, sino que los convenció para que salieran a un balcón construido cuando renovaron la comisaría. Quería conseguir que Knutas hablara del espantoso crimen con el paradisiaco verdor estival, la muralla y el mar de fondo. Típico de la gente de la tele, sólo pensaban en sus fotos.

Johan formuló primero las preguntas habituales acerca de lo que había sucedido y luego, como cabía esperar, llegó una pregunta inesperada, o tal vez no del todo.

– ¿Habéis encontrado la cabeza?

Knutas apretó los dientes sin contestar. La policía había tomado la decisión de mantener en secreto que la cabeza había desaparecido. Las personas que lo sabían habían recibido órdenes estrictas de no hablar de ello.

– ¿Te preguntaba que si habíais encontrado la cabeza? -repitió Johan impertérrito.

– No voy a hablar de eso -respondió Knutas irritado.

– Sé, de una fuente segura, que no ha aparecido -aseguró Johan-. ¿No me lo puedes confirmar?

De la indignación que sintió, a Knutas se le puso la cara roja como la grana. Comprendió que la policía ya no tenía nada que ganar negándolo.

– No, no hemos encontrado la cabeza -reconoció dejando escapar un suspiro de resignación.

– ¿Tenéis alguna hipótesis de adonde puede haber ido a parar?

– No.

– Es decir, ¿que el autor del crimen se la ha llevado?

– Probablemente.

– ¿Qué puede significar eso?

– Imposible saberlo en estos momentos.

– ¿Para qué crees que quiere la cabeza la persona o las personas que lo hayan hecho?

– Esa es una cuestión sobre la que sólo cabe especular y en la policía no nos dedicamos a eso. Lo que tenemos que hacer ahora es detener al culpable.

– ¿Cuál ha sido tu reacción personal ante lo sucedido?

– Me parece que es terrible que alguien pueda hacerle una cosa así a un animal. La policía, lógicamente, considera los hechos muy graves y vamos a dedicar todos los recursos disponibles para hallar al o a los culpables. Queremos rogar a los ciudadanos que, si han visto u oído algo que pueda estar relacionado con el crimen, se pongan en contacto con la policía.

Knutas dio la entrevista por finalizada.

Tenía calor y estaba indignado. Aunque sabía que no iba a conseguir nada, trató de convencer a Johan para que no incluyera en su reportaje el detalle de que la cabeza había desaparecido. Como era de suponer, el periodista se mostró inflexible y objetó que aquella información era tan importante para los ciudadanos que tenían que emitirla.

Cuando Pia y Johan regresaron a la redacción disponían de muy poco tiempo para editar el reportaje si querían llegar al informativo de la tarde. Se sentaron juntos en la única sala de montaje que había. Johan llamó a Grenfors, a quien le pareció bien que hubieran entrevistado a las niñas. Eran lo suficientemente mayores y él era de la opinión de Pia, estaban hablando de un caballo. Por otro lado, Grenfors no destacaba en la redacción por pertenecer al grupo de los más prudentes.

– Sólo espero que nadie más haya conseguido enterarse de que ha desaparecido la cabeza -murmuró Pia mientras tecleaba concentrada. Disponían de treinta minutos antes de que comenzara el primer avance de Noticias Regionales, y le habían prometido al redactor jefe preparar una entradilla de al menos minuto y medio. Terminaron de editarla a las seis menos diez y enviaron el archivo digital a la redacción central de Estocolmo por correo electrónico.

Después de la emisión llamó Grenfors.

– Buen trabajo -elogió-. Estupendo que consiguieras entrevistar a las niñas, han estado la mar de bien y creo que no las ha entrevistado nadie más.

– No, por lo que sé, sólo han accedido a hablar con nosotros.

– Oye, ¿cómo conseguiste que lo hicieran?

– Eso ha sido mérito de Pia -respondió Johan-. Logró convencerlas.

– ¿No me digas? -Grenfors parecía sorprendido-. Dile que lo ha hecho asombrosamente bien. ¿Cómo vais a continuar mañana?

Johan se imaginó a su jefe columpiándose en su silla frente a la mesa de la redacción de Noticias Regionales en el edificio de la televisión, en el barrio de Gärdet en Estocolmo. Un cincuentón alto, asiduo al gimnasio, con el cabello teñido y obsesionado con dar la talla.

Algo que, en opinión de Johan, últimamente se le había exacerbado. Grenfors se había vuelto cada vez más quisquilloso. Su preocupación por que las crónicas no llegaran a tiempo se manifestaba de varias formas: continuas llamadas para preguntar cómo iba el trabajo, largas discusiones sobre cómo había que hacer el reportaje y, cada dos por tres, el redactor jefe llamaba directamente a las personas con las que ya habían quedado para hacerles una entrevista con el fin de asegurarse de que no se iban a echar atrás.

La verdad es que Grenfors siempre había sido algo entrometido, pero nunca como ahora. Johan se preguntaba si obedecería a la creciente presión y los márgenes cada vez más estrechos de la redacción. Los recortes afectaban a los informativos a intervalos regulares, reducían cada vez más la plantilla, menos empleados tenían que hacer cada vez más reportajes a costa de presionar a sus colaboradores y empeorar la calidad.

Esa era una de las ventajas de trabajar en Gotland: no tener que soportar el continuo desasosiego del redactor jefe. Ahora, al menos, lo mantenía a distancia.

Jueves 1 de Julio

Como Knutas se había temido, la noticia de que el caballo había aparecido degollado desató una fuerte reacción.

Desde que llegó al trabajo a las siete y media, el teléfono no había dejado de sonar. Tras la difusión de la noticia en los medios, y siguiendo la senda abierta por los periodistas, llegaron las reacciones de los políticos locales, de la gente del mundo de los caballos, de los defensores de los animales, de los vegetarianos y de la gente de a pie. Todos exigían la detención inmediata del desalmado que había cometido aquel crimen.

Cuando Knutas entró en la sala de reuniones, cada uno de los miembros del equipo encargado de la investigación que asistían a la reunión de las ocho hojeaban los periódicos de la mañana.

Lars Norrby había vuelto tras pasar dos semanas de vacaciones en Canarias. Había llegado tarde a casa la noche anterior y estaba sentado con la cabeza hundida en el periódico. El portavoz de la policía era alto y moreno, y ahora, además, lucía un favorecedor bronceado. Había trabajado en la policía de Visby tanto tiempo como Knutas y era su lugarteniente. Norrby era flemático, pero meticuloso y de fiar. No era un hombre de sorpresas, con él Knutas siempre sabía a qué atenerse.

Abrieron la reunión con una discusión acerca de lo que habían publicado los medios locales.

– Es increíble que las niñas aparecieran en televisión -señaló Karin-. Con lo claro que les explicamos que no debían conceder ninguna entrevista.

– Ese Johan Berg de Noticias Regionales es un cerdo, manipular a los niños de esa manera… -soltó Wittberg-. Qué cabrón.

– No podemos impedir que la gente, sean niños o adultos, hable con la prensa si quiere -afirmó Knutas-. Además, eso no tiene por qué ser sólo negativo. Que las chiquillas aceptaran salir en la entrevista puede ayudar a que recibamos algún que otro soplo. Y lo necesitamos, no es mucho lo que tenemos hasta ahora. Peor es que haya salido a la luz pública que falta la cabeza del caballo, eso dará lugar a un montón de especulaciones.

Sohlman parecía cansado, probablemente había estado trabajando hasta tarde la noche anterior.

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