Donna Leon - El peor remedio

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Un inesperado acto de vandalismo acaba de cometerse en el frío amanecer veneciano. Una mujer impecablemente vestida ha destrozado el escaparate de una agencia de viajes como protesta ante la explotación del turismo sexual en países asiáticos…
Cuando acude, el comisario Brunetti comprueba que el violento manifestante detenido en la escena del crimen no es otro que su esposa, Paola Brunetti. La crisis familiar que desencadena semejante situación somete a Brunetti a una presión extrema también en su trabajo: los jefes exigen resultados inmediatos en el esclarecimiento de un audaz robo y una muerte en extrañas circunstancias que apuntan directamente a la Mafia.
El encontronazo de su vida profesional y su vida privada, ambas en la picota, y esa inexplicable conspiración por la que Paola lo ha arriesgado todo, adoptando el peor remedio posible, le conducen a una dramática encrucijada, al encontrarse ante la historia de una mujer que pasa a la acción y del entramado mundo de la explotación humana y sexual…

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Avanti -gritó ella.

Al entrar, la encontró como tantas otras veces al volver del trabajo, sentada a su escritorio, con un montón de papeles delante y las gafas en la punta de la nariz. Ella levantó la cabeza, lo miró con una sonrisa auténtica, se quitó las gafas y preguntó:

– ¿Cómo te han ido las cosas en Treviso?

– Como no creía que me fueran -dijo Brunetti, yendo hacia su sitio habitual, a un vetusto y macizo sofá, arrimado a la pared, a la derecha del escritorio.

– ¿Va a declarar?-preguntó Paola.

– Lo está deseando. Ha identificado la foto al momento y mañana vendrá para ver al hombre, aunque me parece que no tiene dudas. -En respuesta a la sorpresa que manifestaba ella, Brunetti agregó-: Y es de Salerno.

– ¿En serio va a declarar? -Ella no podía disimular el asombro. Cuando Brunetti asintió, dijo-: ¿Cómo es ese hombre?

– Bajito, unos cuarenta años, tiene mujer y dos hijos, trabaja en una pizzería de Treviso. Hace unos veinte años que vino al Norte, pero aún va a Salerno de vacaciones todos los años, si puede.

– ¿Trabaja su mujer? -preguntó Paola.

– Es encargada de la limpieza en una escuela primaria.

– ¿Y qué hacía él en un banco de Venecia?

– Pagar la hipoteca de su apartamento de Treviso. El banco que se la concedió fue absorbido por uno de aquí, y él viene una vez al año a pagar personalmente. Si lo hiciera por transferencia, el banco de Treviso le cargaría doscientas mil liras. Para eso había venido a Venecia en su día libre.

– Y se encontró en pleno atraco.

Brunetti asintió.

Paola meneó la cabeza.

– Es extraordinario que esté dispuesto a testificar. ¿No decías que el detenido tiene relaciones con la Mafia?

– Su hermano. -Brunetti se calló su convicción de que esto significaba que las tenían los dos.

– ¿Y ese hombre de Treviso lo sabe?

– Se lo he dicho yo.

– ¿Y aun así está dispuesto? -Cuando Brunetti asintió de nuevo, Paola dijo-: Entonces quizá aún quede esperanza para todos nosotros.

Brunetti se encogió de hombros, consciente de que era un poco inmoral -o quizá muy inmoral- no revelar a Paola lo que Iacovantuono había dicho sobre la necesidad de comportarnos con valentía por el bien de nuestros hijos. Se retrepó en el sofá, estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

– ¿Vas a dejarlo ya? -preguntó, seguro de que ella lo entendería.

– Me parece que no, Guido -respondió Paola con vacilación y pesar en la voz.

– ¿Por qué?

– Porque cuando los diarios den la noticia de lo ocurrido lo llamarán un acto de vandalismo gratuito, como volcar un contenedor de basura o desgarrar la tapicería de los asientos de un tren.

Brunetti optó por no decir nada, aunque no por falta de ganas, y la dejó continuar.

– Y no fue gratuito, Guido, ni fue vandalismo. -Apoyó la cara en las palmas de las manos y fue bajando la cabeza, hasta cubrirse con ellas el pelo. Su voz le llegó ahogada-: La opinión pública tiene que saber por qué se hizo aquello, saber que esa gente se dedica a un tráfico repugnante e inmoral y que hay que obligarla a abandonarlo.

– ¿Has pensado en las consecuencias? -preguntó Brunetti con voz neutra.

Ella levantó la cabeza.

– ¿Veinte años casada con un policía, y quieres que no haya pensado en las consecuencias?

– ¿Para ti?

– Por supuesto.

– ¿Y para mí?

– Sí.

– ¿Y no te importa?

– Claro que me importa. No quiero perder mi empleo ni perjudicar tu carrera.

– Pero…

– Ya sé que piensas que me gusta hacer ruido para llamar la atención, Guido -empezó, y prosiguió antes de que él pudiera decir algo-: Y es verdad, pero sólo a veces. Ahora no, en absoluto. No hago esto para salir en los periódicos. Es más, francamente, me da miedo pensar en los disgustos que esto va a causarnos a todos. Pero tengo que hacerlo. -De nuevo, cuando vio que él iba a interrumpir, rectificó-: Quiero decir que alguien tiene que hacerlo o, usando la voz pasiva que tanto aborreces, tiene que hacerse. -Sonriendo todavía, agregó-: Escucharé todo lo que tengas que decir, pero no creo que pueda hacer nada más que lo que me he propuesto.

Brunetti cambió la posición de los pies, poniendo el izquierdo encima y se inclinó un poco hacia la derecha.

– Los alemanes han cambiado la ley. Ahora los ciudadanos alemanes pueden ser juzgados por lo que hagan en otros países.

– Ya lo sé. Leí el artículo -dijo ella ásperamente.

– ¿Y?

– Y sentenciaron a un hombre a unos cuantos años de cárcel. «Big fucking deal», que dirían los americanos. ¡Vaya una gran cosa! Son cientos de miles los hombres que viajan a esos países al cabo del año. Poner a uno en la cárcel, una cárcel alemana, bien iluminada, con televisión y visitas de la esposa una vez por semana, no disuadirá a nadie de ir a Tailandia en un sex-tour.

– ¿Y qué pretendes hacer tú para impedirlo?

– Si no hay aviones, si nadie está dispuesto a correr el riesgo de organizar los viajes, facilitando hotel, comidas y guías que los acompañen a los burdeles, quizá sean menos los que vayan. Ya sé que no es mucho, pero es algo.

– Irán por su cuenta.

– Menos.

– Pero irán. ¿Serán pocos? ¿Serán muchos?

– Probablemente.

– Entonces, ¿por qué?

Ella movió la cabeza de derecha a izquierda con impaciencia.

– Quizá no lo entiendes porque eres hombre.

Por primera vez desde que había entrado en el estudio, él sintió irritación.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que hombres y mujeres vemos estas cosas de distinta manera. Y así será siempre.

– ¿Por qué? -Su voz era serena, pero los dos sabían que ahora había tensión entre ellos.

– Porque, por más que intentes comprender lo que eso significa, siempre estarás haciendo un ejercicio de imaginación. Es algo que a ti, Guido, no puede ocurrirte. Tú eres grande y fuerte y, desde que eras niño, has estado familiarizado con cierta violencia: el fútbol, las peleas con otros chicos, en tu caso, el entrenamiento de policía.

Ella vio que estaba perdiendo su atención. Él ya había oído esto otras veces, y no lo había creído. Ella pensaba que no quería creerlo, pero esto nunca se lo había dicho.

– Para nosotras, las mujeres, es muy distinto -prosiguió-. Durante toda la vida se nos hace temer la violencia, siempre se nos induce a evitarla. A pesar de todo, cada una de nosotras sabe que lo que les pasa a esas criaturas de Cambodia, de Tailandia o de las Filipinas también podría habernos pasado a nosotras, y aún podría pasarnos. Sencillamente, Guido, vosotros sois grandes y nosotras somos pequeñas.

Él no respondió y ella continuó:

– Guido, hace años que hablamos de esto y nunca hemos conseguido ponernos de acuerdo. Ahora tampoco. -Hizo una pausa y preguntó-: ¿Quieres escuchar dos cosas más y después yo te escucho a ti?

Brunetti deseaba hacer que su voz sonara cordial, franca y aquiescente, quería decir: «Por supuesto», pero sólo le salió un ronco:

– Sí.

– Piensa en ese inmundo artículo de la revista. Es uno de los medios de información más importantes del país, y en ella un sociólogo, que no sé dónde enseñará pero seguro que es una universidad importante, por lo que se le considera un especialista y la gente se cree lo que escribe, un sociólogo se permite afirmar que los pedófilos aman a los niños. Y puede decirlo porque a los hombres les conviene que la gente lo crea así. Y los hombres gobiernan el país.

Ella se interrumpió un momento y agregó:

– No sé muy bien si esto tiene algo que ver con lo que estamos hablando, pero yo pienso que otra de las causas del abismo que nos separa, no sólo a nosotros dos, Guido, sino a los hombres y mujeres en general, es que la idea de que el sexo pueda ser una experiencia desagradable es plausible para todas las mujeres pero inconcebible para la mayoría de los hombres. -Cuando vio que él iba a protestar, dijo-: Guido, no existe ni una sola mujer que pueda creerse ni por un momento que los pedófilos aman a los niños. Los desean o quieren dominarlos, pero esto no tiene nada que ver con el amor.

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