Brunetti había leído los informes de la Interpol, había visto que los cálculos del número de personas implicadas, tanto clientes como -no encontraba otra palabra- víctimas, oscilaban nada menos que en medio millón. Al mirar las cifras, una parte de él siempre había querido quedarse con las más bajas: de haber aceptado las más altas, se hubiera sentido denigrado en su condición de ser humano.
El último de aquellos artículos -creía recordar que lo publicaba Panorama - encendió el furor de Paola. La primera andanada había sonado hacía dos semanas cuando, desde el fondo del apartamento, Paola gritó: «Bastardi!» rompiendo la placidez de una tarde de domingo y -temía ahora Brunetti- muchas cosas más.
No tuvo que levantarse para ir al estudio de su mujer, porque ella irrumpió en tromba en la sala, apretando con la mano derecha la revista enrollada.
No hubo preámbulo.
– Escucha esto, Guido. -Desenrolló la revista alisando las páginas contra sus rodillas y se irguió para leer-: «Un pedófilo, como la palabra indica, es alguien que ama a los niños.» -Aquí se paró y lo miró.
– Entonces, ¿un violador es alguien que ama a las mujeres? -preguntó Brunetti.
– ¿Tú puedes concebir esta desfachatez? -preguntó ella, sin hacer caso de su observación-. ¿Una de las revistas más populares del país, y Dios sabrá por qué, se permite publicar esta mierda? -Miró la página y dijo-: Y este tipo enseña Sociología. Dios, ¿es que esa gente no tiene conciencia? ¿Cuándo saldrá en este asqueroso país alguien que diga que nosotros somos responsables de nuestros actos, en lugar de culpar a la sociedad o, ¡por el amor de Dios!, a la víctima?
Brunetti, que nunca había sabido qué responder a esta clase de preguntas, no intentó hacerlo con ésta sino que quiso saber qué más decía, el artículo.
Y ella se lo contó, si bien la necesidad de sosegar el ánimo para dar coherencia a sus palabras no hizo que disminuyera su cólera. El artículo seguía el gran itinerario, recorriendo los ya famosos centros de Phnom Penh, Bangkok y Manila para recalar finalmente cerca de casa, repasando los recientes casos de Bélgica e Italia. Pero era el tono lo que indignaba a Paola y, así lo reconocía él, repugnaba a Brunetti: partiendo de la asombrosa premisa de que los pedófilos aman a los niños, el sociólogo residente de la revista, pasaba a explicar cómo una sociedad permisiva inducía a los hombres a hacer estas cosas. En parte, opinaba el sabio, la razón era el gran poder de seducción de los niños. La rabia había impedido a Paola seguir leyendo.
– Turismo sexual -murmuró apretando los dientes con tal fuerza que Brunetti vio cómo se recortaban bajo la piel los tendones del cuello-. ¡Dios! Pensar que, comprando un viaje, inscribiéndose en un viaje, pueden ir a violar a criaturas de diez años. -Arrojó la revista contra el respaldo del sofá y volvió a su estudio. Y fue aquella misma noche, después de la cena, cuando propuso a Brunetti la idea de combatir esta industria.
Al principio, él creyó que bromeaba y ahora, al mirar atrás, temía que su negativa a tomarla en serio la hubiera reafirmado en su actitud y empujado a dar el paso fatídico para pasar de las palabras a la acción. Recordaba haberle preguntado -y ahora, en el recuerdo, su voz le sonaba sarcástica y condescendiente- si pensaba parar aquel tráfico ella sola.
– ¿Y la circunstancia de que es ilegal?
– ¿Qué es ilegal?
– Romper lunas de escaparates, Paola.
– ¿Y no es ilegal violar a criaturas de diez años?
Aquí, Brunetti había cortado la conversación y ahora, al pensarlo, tenía que reconocer que era porque no tenía respuesta que darle. En efecto, al parecer, había sitios en los que no era ilegal violar a criaturas de diez años. Pero aquí, en Venecia, Italia, era ilegal arrojar piedras a los escaparates, y su trabajo consistía en encargarse de que nadie hiciera esas cosas y, si las hacía, de que fuera arrestado.
El tren entró en la estación y, poco a poco, se detuvo. Muchos de los pasajeros que se apeaban llevaban ramos de flores envueltos en cucuruchos de papel, lo que recordó a Brunetti que era primero de noviembre, día de Todos los Santos, en que la mayoría de los ciudadanos iban al cementerio a llevar flores a las tumbas de los difuntos. Señal de su decaimiento era que pensar en parientes muertos le resultara ahora una distracción grata. Él no iría al cementerio; casi nunca iba.
Brunetti decidió irse a casa directamente, sin pasar por la questura. Caminaba por la ciudad ciego y sordo a sus encantos, dando vueltas y más vueltas a las conversaciones y enfrentamientos resultantes de aquel primer estallido de Paola.
Una de sus muchas peculiaridades era la de ser una fanática de la higiene dental, y a menudo la veías andar por la casa o entrar en el dormitorio cepillándose los dientes. Por eso no le llamó la atención encontrarla de pie en la puerta del dormitorio, cepillo en mano, tres noches atrás, cuando le dijo sin preámbulos:
– Voy a hacerlo.
Brunetti supo enseguida a qué se refería, pero no la creyó, y se limitó a mirarla un momento moviendo la cabeza de arriba abajo. Y no hubo nada más, hasta que recibió la llamada de Ruberti que le había destrozado, primero, el sueño y, ahora, la paz de espíritu.
Entró en la pasticceria que había al lado de su casa y compró una bolsa de fave, unas pastitas redondas de almendra que sólo se hacían en esta época del año. A Chiara le encantaban. A continuación pensó que lo mismo podía decirse prácticamente de cualquier sustancia comestible, y con este pensamiento llegó la primera auténtica distensión que había experimentado Brunetti desde la noche antes.
Había silencio en el apartamento, aunque, en las circunstancias actuales, esto no significaba mucho. El abrigo de Paola estaba colgado del perchero, al lado del de Chiara, cuya bufanda de lana roja había caído al suelo. Él la recogió y la colgó encima del abrigo, antes de quitarse el suyo y colgarlo a la derecha del de Chiara. Como en el cuento de «Los tres osos», pensó: mamá, papá y la niña.
Abrió la bolsa y se echó unas cuantas fave en la palma de la mano. Se metió una en la boca, luego otra, y dos más. Entonces, de pronto, recordó que también compraba estas galletitas para Paola, hacía décadas, cuando aún iban a la universidad, en plena efervescencia amorosa.
– ¿No estás harta de que la gente se te ponga a hablar de Proust cuando come una magdalena o una galleta? -le preguntó, como si tuviera el don de leerle el pensamiento.
Una voz que sonó a su espalda lo sobresaltó sacándolo de su evocación.
– ¿Me das, papá?
– Para ti las he comprado, cielo -contestó él inclinándose para poner la bolsa en las manos de Chiara.
– ¿Te molesta si sólo como las de chocolate?
Él movió negativamente la cabeza.
– ¿Tu madre está en el estudio?
– ¿Vais a discutir? -preguntó la niña con la mano sobre la abertura de la bolsa.
– ¿Por qué lo dices?
– Porque cuando dices «tu madre» es señal de que vas a discutir con ella.
– Seguramente -admitió él-. ¿Está?
– Aja. ¿Será fuerte?
Él se encogió de hombros. No tenía ni idea.
– Entonces vale más que me las coma todas, por si acaso.
– ¿Por qué?
– Porque la cena se retrasará. Siempre se retrasa.
Él metió la mano en la bolsa y tomó unas fave, evitando que fueran de chocolate.
– Entonces procuraré que no haya discusión.
– Bien. -Ella dio media vuelta y se fue pasillo adelante hacia su cuarto llevándose la bolsa. Brunetti la siguió momentos después y se paró en la puerta del estudio de Paola. Llamó con los nudillos.
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