Ruth Rendell - Carretera De Odios

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El inspector Wexford regresa para enfrentarse a un caso de talante ecologista. Hasta su propia esposa ha sido tomada como rehén, mientras avanzan las obras de una nueva carretera que causará irremediables daños en el entorno natural de su pueblo. Intriga, crítica social e imprevisibles psicologías.

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Después de que también Karen se marchara, Wexford se sentó junto a la ventana para observar los edificios de la comisaría, los aparcamientos delantero y trasero, las entradas que podían verse desde donde se encontraba. Si sorprendían a alguien esa noche y lo o la seguían hasta el lugar del que había salido, ¿cuántos refuerzos necesitaría?

Pensó en el arma que llevaba Cara de Goma en el coche el día que Dora fue secuestrada. También la llevaba al entrar en el sótano con la comida para los rehenes, y en esa ocasión había efectuado un disparo, seguramente para asustarlos, pero no podía saberlo con certeza.

Con toda probabilidad, la pistola de Cara de Goma era la única de la banda, puesto que Dora se la había visto a él en ambas ocasiones. Tal vez era el único que sabía disparar. Cabía la posibilidad de que el arma fuera de juguete. Si Kitty Struther moría de un disparo, lo averiguarían, pensó lúgubremente.

Y cuando lo supieran, cuando hubieran seguido al conductor del coche que transportara el cadáver de Kitty Struther, ¿necesitaría armas la policía?

Vehículos de respuesta armada patrullaban las carreteras dieciséis horas al día. Mid-Sussex contaba con tres de esos vehículos, pero sólo un superintendente u otro oficial de rango superior podía autorizar el uso y despliegue de armas de fuego a menos que se dieran circunstancias extraordinarias. Sin duda, las circunstancias en que se encontraban eran extraordinarias, pero no se podían mezclar policías armados con policías desarmados en ninguna operación. Si el riesgo a correr era grave, todos los agentes implicados en el ataque debían ir completamente armados y trabajar en equipos de al menos cuatro integrantes, aunque por lo general iban en grupos de ocho.

Wexford y su gente permanecerían a cien metros de distancia, vigilando con ayuda de prismáticos, y el precio de todo ello era la vida de Kitty Struther.

A las ocho y media cedió el puesto de vigilancia a Lynn Fancourt y fue a ver a Clare Cox a Pomfret. Ted Hennessy vigilaba desde el coche, aparcado frente a la casa, pero Wexford no le hizo caso alguno, sino que se acercó a la puerta principal y llamó.

Clare Cox fue a abrir después de que Wexford golpeara dos veces la puerta con los nudillos y además llamara al timbre. Hassy Masood había vuelto a Londres con su segunda familia. A fin de cuentas, muerta su hija, ¿qué lo retenía? Clare estaba sola y había envejecido veinte años desde la tragedia. Parecía una anciana demente, de rostro grisáceo y demacrado, el cabello alborotado, del color y la textura de la paja. Miró fijamente a Wexford con los ojos muy hundidos en sus cuencas. No podía decirle que quería hablar con ella de los dos rehenes restantes, de que estaba casi convencido, aunque no sabía por qué, de que en las próximas horas aparecería el cadáver de una mujer en su casa.

– He venido a ver cómo está.

Clare Cox se hizo a un lado para dejarlo entrar.

– Pues no muy bien, como ve.

En algunas situaciones no hay nada que decir. Wexford se sentó, y ella siguió su ejemplo.

– No hago nada en todo el día -musitó-. Estoy sola y no hago nada. Los vecinos me traen la compra.

– ¿Está pintando? -preguntó Wexford, pensando en lo que todo el mundo decía, que el trabajo es el mejor remedio en estos casos.

– No puedo pintar -explicó ella con una sonrisa que más bien era una mueca espantosa-. No volveré a pintar jamás -sentenció mientras las lágrimas empezaban a rodarle por las mejillas-. Cuando pienso, pienso en ella, en las horas que pasó en esa habitación, asustada, tan asustada que perdió la vida intentando escapar de allí.

Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.

– Van a matar a la otra mujer, ¿verdad? -auguró con una clarividencia que sobresaltó a Wexford-. ¿Creen que me aceptarían a mí en su lugar? ¿Cree que, si consiguiera publicarlo en los periódicos, aceptarían matarme a mí? Me gustaría que me mataran.

Wexford había visto muchas manifestaciones de desesperación, y aquello no era más que otro ejemplo. Sería insultante recomendar a esa mujer que se sometiera a algún tipo de terapia. Lo único que podía hacer era mirarla y consolarla con palabras que sabía vacías.

– Lo siento mucho, muchísimo, y la acompaño en el sentimiento, se lo aseguro.

Su teléfono móvil empezó a sonar en cuanto salió de casa de Clare Cox. Wexford se sentó en el coche y escuchó el relato de Burden sobre un coche con dos hombres que había entrado en el aparcamiento del edificio de Concreation. Los hombres habían bajado del vehículo y sacado una bolsa de plástico negro, cerrada por ambos extremos y de la longitud de un cuerpo humano de estatura media.

– Creí que eran ellos, Reg. El único problema era que uno solo levantó la bolsa sin dificultad. Pero la llevaba como si contuviera un cadáver… o una persona viva, en todo caso.

– ¿Qué era?

– Habían vaciado un piso -explicó Burden- y llevaban la típica basura…, periódicos atrasados, ropa vieja… Casi todo reciclable.

– ¿Y por qué no lo han llevado al vertedero de reciclaje?

– Nos han dado toda clase de explicaciones. Estaban asustadísimos, la verdad. Habían pensado tirarlo todo a la basura normal. Por cierto, son cuñados… Cuestión, que tienen unos vecinos muy ecologistas a los que no les gusta que se tiren sin más los periódicos y la ropa. Pero el vertedero de reciclaje está a cinco kilómetros, mientras que el patio de Concreation está a dos minutos de su casa, y además ayer instalaron un contenedor industrial.

Wexford permaneció sentado en su coche algunos minutos, pero estaba demasiado cerca del de Hennessy, por lo que llamaría la atención. Regresó a Kingsmarkham y recorrió High Street, que aparecía bañada en la fría luz de las farolas. Todas aquellas tiendas, pensó, iluminadas con focos brillantes y sin nadie que contemplara sus escaparates. Sin embargo, había muchos coches aparcados en la calle; sus propietarios estarían en el restaurante Olive and Dove, en el Dragón Verde y en la vinatería York para más tarde ir al único bar nocturno de Kingsmarkham, el Ángel Escarlata, que abría a las diez.

Ya era de noche, y el firmamento aparecía salpicado de estrellas. No había luna, o quizás aun no había salido. Intentó recordar si la noche anterior había salido la luna y si era llena o tan sólo un gajo de luz. El móvil volvió a sonar cuando estaba en Queen Street.

Era Barry Vine, que estaba en la comisaría. Uno de los taxis de Contemporary Cars acababa de dejar a un pasajero en la estación. El cliente llevaba una maleta enorme y una bolsa alargada, tan pesada que el conductor no había podido sacarla del maletero. Buscaron a un mozo, pero por supuesto, en la estación de Kingsmarkham no había mozos desde hacía veinte años.

– El tipo desapareció -explicó Vine-. Quiero decir, creí que había desaparecido. Habían dejado aquella bolsa en el suelo, el taxi se había marchado y el cliente desapareció en el interior de la estación. Volvió mientras yo examinaba la bolsa.

– ¿Qué contenía? -preguntó Wexford por segunda vez aquella noche.

– Palos de golf.

– Supongo que ya no está.

– Alguien localizó un carrito en lo que antes era la consigna de equipajes.

Wexford miró el reloj. Las nueve. Iría a la casa de Rhombus Road, en Stowerton, y luego pasaría por Savesbury House de camino al teatro Weir. Tal vez no entraría en ninguna de las dos casas, sólo echaría un vistazo en busca de… no sabía qué. A fin de cuentas, Planeta Sagrado había mencionado Kingsmarkham, no Stowerton ni Framhurst.

Por lo visto, Nicky Weaver había tenido la misma idea que él, pues tenía el coche aparcado delante de una casa cercana a la de la señora Peabody. Esta vez, Wexford sí interrumpió la guardia. Se acercó al coche, golpeó la ventanilla con los nudillos y se sentó junto a ella. La inspectora volvió hacia él su rostro hermoso, de ojos penetrantes e inteligentes. Wexford vislumbró todo eso en el instante en que la luz interior del coche permaneció encendida. El cabello negro cortado de forma geométrica, con las puntas curvadas hacia adentro, le recordó que en su juventud, ese corte recibía el nombre de paje. También vio su fatiga, la palidez permanente del rostro de una mujer obligada a compaginar un puesto profesional importante con las tareas propias de una esposa y madre.

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