Ruth Rendell - Carretera De Odios

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El inspector Wexford regresa para enfrentarse a un caso de talante ecologista. Hasta su propia esposa ha sido tomada como rehén, mientras avanzan las obras de una nueva carretera que causará irremediables daños en el entorno natural de su pueblo. Intriga, crítica social e imprevisibles psicologías.

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– Eso ya lo sé -dijo-. No hace falta que se ponga a la defensiva, señor Godwin, no lo estoy acusando de nada, créame. Sólo necesito su ayuda.

De inmediato obtuvo una mirada más pacífica. Para cualquiera que entendiera de aquellas cosas era evidente que Godwin era culpable y se ponía a la defensiva porque habría probado buena parte de esas drogas de jardín; probablemente cultivaba cannabis en algún lugar, fumaba cápsulas de catalpa y mascaba hongos alucinógenos. Como él mismo había insinuado, la lista era interminable, pero no era el momento de ahondar en el tema.

– Hábleme de esta planta, ¿quiere? ¿Las flores son azules?

– Mire -indicó Godwin mientras arrancaba una de las flores, desplegaba los pétalos cerrados y dejaba al descubierto un corazón del azul celeste más intenso que pudiera imaginarse-. Bonito color, ¿verdad? La silvestre que crece aquí como mala hierba es blanca, por supuesto, y su primo pequeño es el convúlvulo rosado.

– ¿Sale cada año? -inquirió mientras buscaba el término exacto-. ¿Es perenne?

– Planté unas semillas -explicó Godwin con renovada afabilidad-. ¿Por qué no entra conmigo en el teatro? Lo invito a una copa mientras espera a las señoras. Ah, una cosa… -añadió en tono desafiante-. Que conste que yo también secuestraría a unas cuantas personas si creyera que eso detendría la construcción de esa maldita carretera…

Wexford rodeó con él el molino, saliendo de las sombras iluminadas por la luna para adentrarse en la intensa luz artificial. En la mano sostenía la flor y la hoja que Godwin le había dado. ¿Dónde había visto con anterioridad flores y hojas como aquellas? Hacía muy poco, de hecho…

– ¿Se mueven?

Se hallaban en el bar desierto. Wexford tomaba agua con gas, Godwin, una pinta de cerveza rubia.

– ¿Cómo que si se mueven?

– ¿Es posible que las flores salgan un día en un sitio y al día siguiente en otro?

– Cada flor vive un día, así que, en términos generales, sí. Es muy probable que un día se abran todas en una zona y al día siguiente, en otra, no sé si me entiende. Claro que en los días muy nublados no salen…

Los días nublados, como los que habían tenido últimamente… ¿Dónde había visto antes aquella planta?

26

El teléfono móvil permanecía en silencio, y no tenía mensajes en el contestador de casa. Después de llevar a Jenny a casa y de que Dora fuera a acostarse y se durmiera de inmediato, Wexford llamó a todos los agentes que montaban guardia. Nada. La población estaba en calma, más tranquila de lo habitual, con menos tráfico, al parecer. Sólo se habían producido dos incidentes: un intento de robo en una tienda de Queen Street y un exceso de velocidad.

Eran las doce menos diez; habían transcurrido casi cinco horas desde el ultimátum fijado por Planeta Sagrado. Se dio cuenta de que calculaba la investigación en minutos. Tiempo, tiempo, todo era cuestión de tiempo. ¿La habían matado? ¿La matarían? Cabía la posibilidad de que el cadáver estuviera a pocos metros de donde se hallaba en ese instante, sentado en la oscuridad de su casa.

Recordó otra medianoche, la noche en que regresó Dora. Lo despertó la luz de la luna en el rostro, o tal vez el sonido de los pasos de su mujer en la grava. Habían encontrado grava en el saco de dormir que contenía el cadáver de Roxane Masood. Tenía que aferrarse a eso. Y en la ropa de Dora habían encontrado polvo de ala de una polilla que sólo vivía en Wiltshire. Pelos de gato y olor a acetona. Un tatuaje en forma de mariposa. Wexford abrió los ventanales y salió al jardín. Acababa de ocurrírsele una idea espeluznante.

La noche en que volvió Dora, Wexford creyó que la habían convertido en mensajera de Planeta Sagrado y que la banda iría a por él personalmente. ¿Y si el cadáver de Kitty Struther aparecía en su casa? Podrían haberlo llevado mientras él y Dora estaban fuera.

La luna en forma de hoz pendía de lo alto del cielo, navegando blanca y plateada en un mar de nubes, no lo bastante llena ni brillante para iluminar demasiado. Cogió una linterna y registró el jardín. Contuvo el aliento, abrió las puertas del garaje y alumbró el interior. Nada, gracias a Dios. Aún quedaba el cobertizo del jardín. Durante quince segundos supo lo que encontraría dentro, pero aun así volvió a contener el aliento, abrió la puerta y encontró lo de siempre, un cortador de césped, herramientas, bolsas de plástico viejas y demás trastos.

Aquello no demostraba nada. Por supuesto que no, pero su mente no opinaba lo mismo. Empezó a ver toda clase de cosas irracionales, por lo que se sentó en una silla para pensar en todo ello.

La cosa azul. Ahora sabía qué era y también sabía dónde estaba. Se le ocurrió de repente, como una revelación, una imagen vaga, pero vista con claridad. Pero era imposible… Al cabo de un rato cogió la sección de la S a la Z de la guía telefónica de Londres, marcó un número y no obtuvo respuesta. Acto seguido llamó a Burden.

Era más de medianoche, pero Burden no dormía; ni siquiera se había acostado.

– ¿La han encontrado? -preguntó al oír la voz de Wexford.

– No -repuso Wexford, completamente seguro de ello-. Y no la encontrarán.

– ¿A qué te refieres?

– ¿Cuándo prefieres ir a Londres? -inquirió Wexford en lugar de contestar-. ¿Ahora o a las seis de la mañana?

– ¿Tengo elección? -quiso saber Burden tras un breve silencio.

– Claro.

– Bueno, de todas formas no podré dormir porque estoy demasiado nervioso, así que vayamos ahora.

Debió de existir una época en que conducir era siempre así, recorrer carreteras desiertas que olían a campos de camomila en lugar de gasolina y gasóleo. Incluso la autopista fue vacía los primeros diez minutos, hasta que los adelantó por el carril izquierdo un Jaguar que rebasaba en al menos treinta kilómetros el límite de velocidad. Las frías farolas ahogaban el fulgor de la luna. En las afueras de Londres vieron una lechuza posada sobre un cable telefónico, y en Norbury, un zorro cruzó la carretera delante de su coche.

– Ya es domingo -comentó Wexford-. Pero he llamado a Vine y le he dicho que a primerísima hora busque a alguien que le pueda dar una orden de registro.

– ¿Giro por Balham o cruzo el puente de Battersea? -preguntó Burden.

– Puedes torcer a la izquierda o seguir recto. Da igual siempre y cuando crucemos el río más o menos en el centro.

Ninguno de los dos conocía bien Londres, pero a aquellas horas de la madrugada, las dos aproximadamente, resultaba más fácil, aunque el tráfico había aumentado de forma considerable y el trayecto desde el río hasta Kensington y Notting Hill se les antojó interminable. Burden había querido atravesar el parque, pero lo encontró cerrado, por lo que se vio obligado a enfilar Kensington Church Street y adentrarse en el laberinto de Bayswater Road y Egware Road.

– Se nota a la legua que nunca has hecho las prácticas -masculló Wexford.

– ¿Qué practicas?

– Las que hacen los taxistas antes de convertirse en taxistas. Recorren la ciudad en bicicleta con un mapa en la mano para aprenderse todos los recovecos.

– Perdona, pero soy policía y me las arreglaré -espetó Burden muy digno.

Sin embargo, al cabo de cinco minutos tuvo que preguntar si podía aparcar sobre una línea amarilla.

– A partir de las seis y media no pasa nada -aseguró Wexford con más seguridad de la que sentía.

Se hallaban en Fitzhardinge Street, cerca de la plaza Manchester. No se veía a nadie, y reinaba el silencio más absoluto que puede reinar en el centro de Londres. El tráfico seguía fluyendo en la cercana Baker Street, creando un murmullo constante. Se apearon del coche, cruzaron la calle y se detuvieron ante la entrada de la caballeriza.

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