Ruth Rendell - Carretera De Odios

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El inspector Wexford regresa para enfrentarse a un caso de talante ecologista. Hasta su propia esposa ha sido tomada como rehén, mientras avanzan las obras de una nueva carretera que causará irremediables daños en el entorno natural de su pueblo. Intriga, crítica social e imprevisibles psicologías.

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Pemberton no hizo preguntas. Conocía la zona, tenía un mapa y si estaba sorprendido no lo demostró. Todo habría acabado al cabo de una hora, le había asegurado Wexford, y aquella misma tarde, él, James Pemberton, podría ir a jugar al golf con su cuñado. El inspector jefe se sentaba en el asiento trasero con el inspector Burden, mientras que la sargento Malahyde estaba sentada junto a él, en el asiento del tirador.

– Creo que el arma de Planeta Sagrado era falsa -comentó Wexford al oírle emplear aquella expresión-. Una pistola no…

– Pero Dora habló de una pistola -señaló Burden.

– Ya lo sé; por eso no creo que fuera de verdad. Si hubiera dicho que tenían una escopeta o incluso un rifle, habría creído en la posibilidad de que fuera real porque mucha gente de por aquí tiene licencia de escopeta.

Fueron por Pomfret, trayecto algo más rápido, según aseguró Pemberton. Sin embargo, sería mucho más lento cuando construyeran la nueva carretera de circunvalación, a menos que incluyeran túneles o puentes. Burden explicó que su mujer le había contado un nuevo rumor, según el cual construirían un túnel bajo el río Brede, a la altura de Watersmeet, para proteger al frígano.

Framhurst estaba aún más tranquilo que la noche anterior, pero cuando llegaron al cruce, las campanas de la iglesia anunciaron la primera misa de la mañana. Por primera vez, Wexford tomó consciencia del coche que los seguía y a cuyo volante se sentaba Hennessy. Volvió la cabeza para mirar. Junto a Hennessy vio a Vine, y el corazón le dio un vuelco cuando vio quien se sentaba en el asiento trasero al lado de Nicky Weaver.

Pero a buen seguro se equivocaba. Sabía que se equivocaba. Todo se debía a que poseía una mente suspicaz en extremo, la clase de antenas que detectan las cosas más espantosas, las cosas que a los demás ni siquiera se les ocurren. Pero si Brendan Royall no había proporcionado a Planeta Sagrado el nombre y el número de teléfono de Burden, ¿quién había sido? Tenía que estar en un error. Estaba en un error y, puesto que jamás se lo contaría a nadie, nadie conocería la duda que albergaba, la sensación de traición que se había apoderado de él.

Frenchie Collins no quería hablar con Karen Malahyde, sólo con su compañero. Sólo había anunciado su visita a los Holgate a sus colaboradores más cercanos, pero Ryan Barker lo había llamado allí. En cuanto a los movimientos de Tarling…

– Creo que todo saldrá bien -fue lo único que dijo en voz alta.

Estaban ascendiendo por Markinch Hill. El sol radiante bañaba el valle entero, los densos bosques verde oscuro, el río plateado y centelleante, las casas blancas y rojas, el pedernal, la tierra marrón, las laderas de las colinas, los cantos rodados, todo ello ligeramente sombreado por una finísima tira de nubes.

– La casa está por aquí arriba, ¿verdad, señor? -preguntó Pemberton.

– A nuestra izquierda -repuso Wexford.

Pemberton bajó del coche para abrir la verja.

– Déjelas abiertas -ordenó Wexford-. Dejaremos el coche aquí e iremos andando y en silencio.

El otro coche lo había seguido de cerca. Wexford se acercó a él, repitió la orden a Vine y dijo a Nicky y Damon que permanecieran en el coche hasta que los llamaran. Estaba esperando más refuerzos.

Los seis agentes restantes avanzaron hacia la casa, pero no por el sendero de grava, sino por los arbustos y los árboles, entre cuyas ramas se vislumbraba una espectacular panorámica del valle, como un enorme tapiz verde desplegado a sus pies. El sol trazaba dibujos moteados en el suelo pálido y alfombrado de hojas pardas de otoño. En un claro abierto entre los árboles se alzaba la casa rodeada de anexos, la casa doble, de estilo rey Jacobo en un extremo, georgiana en el otro. El bosque se tomaba cada vez más ralo y de repente surgía la casa, cuyas plantas inferiores permanecían ocultas tras un edificio de dos pisos, construido de pedernal con tejado de pizarra.

– Lo más probable es que los de Planeta Sagrado aún duerman -comentó Wexford-. ¿Por qué no? A fin de cuentas, no tienen nada de que preocuparse, al menos eso creen.

Burden estaba tras él y Karen. Caminaron a lo largo de una pared con una verja, la abrieron y entraron en un patio casi amurallado, cuyo suelo formaba un tablero de ajedrez de baldosas y parches de hierba segada. Aquí y allá se veían macetas de petunias a listas de color rosa y blanco, así como margaritas jamaicanas amarillas. Ante ellos se alzaba una arcada que separaba la parte estilo rey Jacobo de la casa del muro que la rodeaba, una arcada bajo la que Wexford había pasado una vez antes de ver a un hombre y un perro, algo verde y algo gris…

Señaló en silencio el edificio de piedra. Su única ventana daba a la pared posterior de la parte georgiana de la casa, un muro por el que se encaramaba una trepadora que cubría una superficie de un metro veinte de ancho por dos y medio de alto. Tal como había esperado, el sol, ya en lo alto del cielo, había abierto sus flores, y Wexford vio unas veinte trompetillas azules repartidas entre la parte superior izquierda y el flanco derecho a media altura.

Entornó los ojos y distinguió dos manchas azules, una más grande que la otra. Con los ojos semicerrados no distinguía la forma de las flores, que reaparecieron en cuanto los abrió. Qué extraña sensación hallar por fin el lugar, el sótano, la prisión. Encajaba en gran medida con la descripción de Dora, una estancia de unos siete metros por diez, con el fregadero de piedra bajo la ventana, los estantes, la puerta del baño… Los cinco camastros de campaña seguían allí, con las mantas dobladas sobre ellas con bastante pulcritud.

Dos escalones de piedra descendían hasta la puerta rodeada de losas de piedra. Un lugar fresco, lo bastante frío para almacenar en él productos lácteos sin que se estropearan, con estantes a lo largo de la pared y muchas telarañas. Se acercó a la ventana, vio un parche de color azul a unos dos metros de altura, y lo vio con mucha más claridad que Dora, pues habían desmontado la estructura en forma de conejera que entorpecía la visibilidad. La madera del marco aparecía astillada, y se veía el agujero practicado por la bala.

Al salir esperó a medias ver un gato siamés salir de uno de los anexos o uno negro tomando el sol en lo alto de un muro, pero no. Sabía casi con total certeza que no vería a ninguno de los dos, al igual que sabía que no encontraría arena de la Isla de Wight.

Calculaba que en la casa habría unas cuatro personas, seis con mucha suerte. ¿Quién abriría la puerta?

Andrew Struther. Siempre la abría Andrew Struther, y esa mañana no fue una excepción. Con toda probabilidad habían decidido que siempre abriera él, para ir sobre seguro, aunque no lo suficiente. Andrew parecía recién levantado; llevaba pantalones de color caqui, una camiseta blanca muy sucia y zapatillas deportivas sin calcetines.

– Supongo que creía que la policía no trabaja los domingos, ¿verdad, señor Struther? -empezó Wexford.

– ¿Cómo dice?

– Se lo explicaremos dentro.

Lo empujaron a un lado para entrar en el vestíbulo. Allí estaba Bibi, ataviada con vaqueros y las pesadas botas que había descrito Dora, agarrando a Manfred el perro por el collar.

– Encierre a ese perro en alguna parte. Ahora -ordenó Wexford.

– ¿Cómo?

– Si toca a cualquiera de mis agentes, lo haré sacrificar, así que enciérrelo, por su propia seguridad.

– El Hermafrodita -musitó Karen.

– Exacto. ¿Dónde están los demás, Andrew?

Burden recordó la insistencia del joven en que lo llamaran de usted y por su apellido. Struther también la recordaba, a juzgar por su expresión, pero no hizo referencia alguna a ello, sino que se limitó a reiterar que no sabía de qué le hablaban.

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