Manuel Fernández y González - Los monfíes de las Alpujarras
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– ¡Cobardes no! gritó otra voz no menos tonante que la del jóven, desde el centro de la multitud: ¡cobardes no! ¡desarmados!
Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion, de rabia, todo junto á la vez.
– ¡Que no tenemos armas! exclamó con una feroz energía el jóven de la ventana, clavando su mirada de águila en el que le habia contestado y reconociéndole. ¿Y eres tú, Farax-aben-Farax el valiente, el descendiente de cien reyes, el que exclamas como una débil mujer: ¡no tenemos armas! – ¿acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no ves las piedras que tienes delante de los piés? ¿y cuando aun estas mismas piedras nos faltáran, no es preferible morir antes que ver á nuestros pequeñuelos separados de sus madres, á nuestras doncellas afrentadas por el cristiano, á nuestros viejos cubiertos de vergüenza de haber llegado á tan ruines tiempos?
– ¡A las armas! ¡á barrear las calles! exclamó la multitud, excitada por el entusiasta y enérgico apóstrofe del jóven: ¡á morir ó matar!
Y los moriscos empezaron á revolverse y sin saberse de dónde habian salido, empezaron á verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.
Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas para hacer salva, como en señal de levantamiento.
Entonces apareció en la misma ventana en dónde el jóven con la voz y los ademanes seguia excitando al pueblo, apareció, decimos, un viejo venerable, de larga barba blanca, vestido á la castellana; el mismo que hemos dicho acompañaba al jóven durante el pregon en la puerta de la botica.
Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y con sus trémulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.
La toca del bonete ondeaba, y á todas luces se comprendia que el anciano deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus señas se vieron, comprendióse su deseo y mucho respeto, mucho amor debia inspirar aquel venerable viejo á los moriscos, porque los gritos cesaron y los que estaban á punto de salir de la plaza se detuvieron.
– ¿Me conoceis aun, hijos mios? exclamó el anciano con voz trémula y conmovida: ¿me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?
– ¡Si! ¡si! ¡si!
– Tú eres el justo, el bueno, el santo faquí! de la gran mezquita, exclamó el llamado Farax-aben-Farax: tú eres nuestro amado Abd-el-Gewar; habla anciano: tus hijos te escuchan.
– ¿Que vais á hacer? exclamó el faquí: ¿no veis la ciudad llena de soldados? ¿no habeis visto la espantable artillería que para causaros terror ha llevado delante de vosotros á la Alhambra el capitan general? ¿no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la Chancillería, la milicia y la Inquisicion? ¿para qué se han dejado ver tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros á entender que estan resueltas á cumplir aunque para ello necesiten exterminaros, el cruel edicto del emperador?
El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano, de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.
– ¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó entrar en la casa de un elche 2 2 Llamaban los moros de Granada Elches á los descendentes de cristianos renegados que habiéndose hecho moros vivian entre ellos.
y sacar á su hija doncella para llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos, sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados, gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas? ¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?
– Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó Farax-aben-Farax.
– Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplirá, porque aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey: mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros, iré á hacerme matar por los castellanos.
Un murmullo de amor interrumpió al faquí.
– Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá 3 3 Despues de oscurecer.
los xeques 4 4 Ancianos, gefes de tribu.
del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.
El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la ventana.
– ¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole. ¿Para cuando guardamos el hierro?
CAPITULO II.
De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á veces, puede parecer la caridad amor
Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus habitaciones.
La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella, porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados, en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las creencias musulmanas.
Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras, ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.
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