Manuel Fernández y González - Los monfíes de las Alpujarras
Здесь есть возможность читать онлайн «Manuel Fernández y González - Los monfíes de las Alpujarras» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: foreign_antique, foreign_prose, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Los monfíes de las Alpujarras
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Los monfíes de las Alpujarras: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Los monfíes de las Alpujarras»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Los monfíes de las Alpujarras — читать онлайн ознакомительный отрывок
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Los monfíes de las Alpujarras», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á sus ojos.
– ¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!.. dijo.
Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, tuvo lástima de ella y repuso:
– ¡Oh! no, perdonad… yo creia… pero conservaré esta prenda… por vuestro amor.
Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia fingido.
Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.
Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua hermosura: esta habia crecido.
Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:
– Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel otra cosa que no ser cristiana.
El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para las flores.
Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de caridad.
El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.
Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.
Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el corazon.
A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.
A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.
Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á aquella mujer.
Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de Yaye para Isabel.
Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.
En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto algunos dias los dos amantes.
Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en cierto modo sus entrevistas con Isabel.
En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida, habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de Isabel.
Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le hemos presentado al principio de este capitulo.
Pasaban lentamente las horas.
El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la Vela.
Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.
Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.
Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo por el fanatismo, por la educacion.
Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las coplas siguientes:
La esperanza es la vida
de quien bien ama,
y su muerte, la muerte
de su esperanza.
¡Ay! ¡Dios no quiera
que mi amante esperanza
se desvanezca!
Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la hija, la hermana, la descendiente de los renegados.
– No iré á la cita, se dijo.
Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia: instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.
– Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es… es cierto que yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada en sus esperanzas, en su amor… ¡oh! ¡si muriese!.. pues bien, que se convierta al Dios Altísimo y Unico… si no… que olvide ó muera… yo no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.
Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage morisco.
Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que era estudiante.
Isabel le creia un hidalgo castellano.
Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada: el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia lo que necesitaba saber.
Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.
Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.
Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la ambicion.
Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su semblante.
Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.
Los jóvenes hablaron muy poco.
– ¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese disfraz?
– Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como buen musulman.
– ¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el corazon.
Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza sombría á Yaye exclamó:
– ¡Vos no me amais!
– Os amo, Isabel… pero antes que á vos amo á mi patria.
– Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?
– Moro soy.
– ¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?
– Jamás.
– Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado Isabel.
– Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.
– Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente menos terrible de mi cuerpo.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Los monfíes de las Alpujarras»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Los monfíes de las Alpujarras» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Los monfíes de las Alpujarras» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.