Manuel Fernández y González - Los monfíes de las Alpujarras

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Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado: las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad, que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la calle precediendo y siguiendo á las cuatro corporaciones que tan solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo número se aumentaba incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la calle de Elvira y por los que descendían por las avenidas del Zenete, de la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos años después se construyó el palacio de la Chancillería, estaba levantado un extenso tablado; cuando llegaron á él, subieron por la gradería los tres alféreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillería; subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente, que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra cosa que fantasmas, se oyó la extensa y sonora voz que habia valido al tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

«¡Oid! ¡oid! ¡oid!»

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continuó:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon…

Suprimimos en gracia á la paciencia de nuestros lectores, los largos dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto, que tras dichos dictados, pregonó Gonzalvillo: pero vamos á decir cuáles eran los capítulos del edicto, á la enunciacion de cada uno de los cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que á pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse creido oportuno exasperar á los moriscos, era en sustancia lo siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia expuesto su consejo, decia á sus buenos vasallos, los moriscos del reino de Granada que: «Habiéndose reunido los años pasados doctos y justos varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones visto y examinado los capítulos y condiciones de las paces que se concedieron á los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de nuevo con ellos el arzobispo de Toledo 1 1 Este arzobispo era el cardenal don Fray Francisco Jimenez de Cisneros. , cuando se convirtieron, y las cédulas y provisores de los Reyes Católicos, juntamente con las relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de su secta y no serian buenos cristianos, y en quitárselos no se les hacia agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se les mandaba dejar su lengua para siempre jamás, y no hablar sino en castellano; que no fuesen válidas las escrituras ni tratos que se hiciesen en lengua arábiga, que dejasen de usar su antiguo trage y usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baños; que tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de viernes y sábado; que no usasen las leilas y zambras á la morisca; que no se tiñesen las mujeres las uñas de las manos y de los piés; que no usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo á los preceptos de la Iglesia Católica; que el dia de la boda tuviesen la casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo niños expósitos; que no usasen de sobrenombre, y últimamente, que no tuviesen consigo berberiscos libres ni cautivos.»

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de Granada, ya en años anteriores harto bastardeadas: los moriscos se encontraban reducidos á la condicion de un pueblo que se hubiese rendido á discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Católicos, ya lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levantó entre aquellos pobres vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en la Ajarquía y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido vencidas, y durísimamente castigadas á sangre: estaban enteramente dominados, desarmados, y sin embargo, la cólera rugía en cada uno de sus corazones, y el ánsia de morir matando á sus aborrecidos opresores, les dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge á un pueblo cuando siente sobre sí el golpe audaz del látigo del despotismo, fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una señal de disgusto se dejó notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la misma solemne forma, se dirigió al Albaicin y empezó á trepar por sus pendientes y estrechas calles, hasta llegar á la Plaza Larga, donde habia otro tablado.

Allí, tambien, en medio de un gentío inmenso, se pregonó el edicto, y concluido que fue el pregon, la cabalgata se encaminó á la parte baja de la ciudad.

Ni un solo castellano quedó en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se habia dispersado, retirándose cada uno de los moriscos, triste, cabizbajo y pensativo á su casa. Pero no aconteció lo mismo en la Plaza Larga: en vez de dispersarse el gentío, se estrechaba mas: empezaba á escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola señal sediciosa.

De repente, un jóven como de veinte y cuatro años, de continente gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enérgico y hermoso, y, aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin duda, á juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los capítulos del edicto, se volvió bruscamente hácia dentro, y abandonando á un anciano que le acompañaba, y que, por el contrario que el jóven, habia escuchado el pregon con semblante impasible, empujó rudamente la puerta de la celosía de la tienda, la atravesó fuera de sí, y salvando á saltos unas escaleras, atravesó una habitacion, abrió una ventana que daba á la plaza, y avanzando por ella el cuerpo gritó:

– ¡A las armas contra los cristianos! ¡á barrear las calles que bajan á la ciudad! ¡á morir ó á exterminar á nuestros enemigos!

La voz del jóven excitado por la cólera, era tonante, extensa, poderosa, como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumbó claro y distinto por cima de los murmullos de la multitud, en los ángulos mas distantes de la plaza.

Aumentóse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movió, ni una sola voz contestó á la voz del jóven tribuno.

– ¡Cobardes! gritó el jóven, irritado por el poco efecto que habian hecho sus palabras en los moriscos, ¡os sentencia á la pobreza, á la esclavitud y á la deshonra, y lo sufrís como sufre el perro el látigo de su señor!

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