Dueñas, María - El tiempo entre costuras

Здесь есть возможность читать онлайн «Dueñas, María - El tiempo entre costuras» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, spa. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El tiempo entre costuras: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El tiempo entre costuras»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

El tiempo entre costuras — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El tiempo entre costuras», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

–Bien, voy a empezar haciéndole unas preguntas; diga simplemente sí o no. Usted es Sira Quiroga Martín, nacida en Madrid el 25 de junio de 1911, ¿cierto?

Hablaba con un tono cortés que no por ello dejaba de ser directo e inquisitivo. Una cierta deferencia hacia mi condición rebajaba el tono profesional del encuentro, pero no lo ocultaba del todo. Corroboré la veracidad de mis datos personales con un gesto afirmativo.

–Y llegó usted a Tetuán el pasado día 15 de julio procedente de Tánger.

Asentí una vez más.

–En Tánger estuvo hospedada desde el día 23 de marzo en el hotel Continental.

Nueva afirmación.

–En compañía de… -consultó su cuaderno- Ramiro Arribas Querol, natural de Vitoria, nacido el 23 de octubre de 1901.

Volví a asentir, esta vez bajando la mirada. Era la primera vez que oía su nombre después de todo aquel tiempo. El comisario Vázquez no pareció apreciar que me empezaba a faltar aplomo, o tal vez sí lo hizo y no quiso que yo lo notara; el caso es que prosiguió con su interrogatorio haciendo caso omiso a mi reacción.

–Y en el hotel Continental dejaron ambos una factura pendiente de tres mil setecientos ochenta y nueve francos franceses.

No repliqué. Simplemente volví la cabeza hacia un lado para evitar el contacto con sus ojos.

–Míreme -dijo.

No hice caso.

–Míreme -repitió. Su tono se mantenía neutro: no era más insistente la segunda vez que la anterior, ni más amable, ni tampoco más exigente. Era, simplemente, el mismo. Esperó paciente unos momentos, hasta que obedecí y le dirigí la mirada. Pero no respondí. El reformuló su pregunta sin perder el temple.

–¿Es usted consciente de que en el hotel Continental dejaron una factura pendiente de tres mil setecientos ochenta y nueve francos?

–Creo que sí -respondí al fin con un hilo de voz. Y volví a despegar mi mirada de la suya, y volví a girar la cabeza hacia un lado. Y empecé a llorar.

–Míreme -requirió por tercera vez.

Esperó un tiempo, hasta que fue consciente de que en aquella ocasión yo ya no tenía la intención, o las fuerzas, o el valor suficiente para hacerle frente. Entonces oí cómo se levantaba de su silla, bordeaba mis pies y se acercaba al otro lado. Se sentó en la cama vecina sobre la que yo tenía depositada mi mirada; destrozó con su cuerpo la lisura de las sábanas y clavó sus ojos en los míos.

–Estoy intentando ayudarla, señora. O señorita, igual me da -aclaró con firmeza-. Está usted metida en un lío tremendo, aunque me consta que no es por voluntad propia. Creo que conozco cómo ha ocurrido todo, pero necesito que usted colabore conmigo. Si usted no me ayuda a mí, yo no voy a poder ayudarla a usted, ¿entiende?

Dije que sí con esfuerzo.

–Bien, pues deje de llorar y vamos a ello.

Me sequé las lágrimas con el embozo de la sábana. El comisario me concedió un breve minuto. Apenas intuyó que el llanto había remitido, volvió concienzudo a su tarea.

–¿Lista?

–Lista -murmuré.

–Mire, está usted acusada por la dirección del hotel Continental de haber dejado impagada una factura bastante abultada, pero eso no es todo. La cuestión, por desgracia, es mucho más compleja. Hemos sabido que también hay sobre usted una denuncia de la casa Hispano-Olivetti por estafa de veinticuatro mil ochocientas noventa pesetas.

–Pero yo, pero…

Un gesto de su mano me impidió proseguir con mi exculpación: aún tenía más noticias que ofrecerme.

–Y una orden de búsqueda por la sustracción de unas joyas de considerable valor en un domicilio particular en Madrid.

–Yo, no, pero…

El impacto de lo escuchado me anulaba la capacidad de pensar e impedía a las palabras salir ordenadas. El comisario, consciente de mi aturdimiento, intentó tranquilizarme.

–Ya lo sé, ya lo sé. Cálmese, no se esfuerce. He leído todos los papeles que traía en su maleta y con ellos he podido recomponer de manera aproximada los acontecimientos. He encontrado el escrito que dejó su marido, o su novio, o su amante, o lo que sea el tal Arribas, y también un certificado de la donación de las joyas a su favor, y un documento que expone que el anterior propietario de tales joyas es en realidad su padre.

No recordaba haber llevado aquellos papeles conmigo; no sabía qué había sido de ellos desde que Ramiro los guardó pero, si estaban entre mis cosas, seguramente era porque yo misma los había cogido de la habitación del hotel de manera inconsciente en el momento de mi marcha. Suspiré con cierto alivio al entender que tal vez en ellos podría estar la clave de mi redención.

–Hable con él, por favor, hable con mi padre -supliqué-. Está en Madrid, se llama Gonzalo Alvarado, vive en la calle Hermosilla 19.

–No hay forma de que podamos localizarle. Las comunicaciones con Madrid son pésimas. La capital está convulsionada, hay mucha gente desubicada: retenidos, huidos, o saliendo, o escondidos, o muertos. Además, la cosa para usted es más complicada aún porque la denuncia partió del propio hijo de Alvarado, Enrique, creo recordar que es su nombre, su medio hermano, ¿no? Enrique Alvarado, sí -corroboró tras consultar sus notas-. Al parecer, una criada le informó hace unos meses de que usted había estado en la casa y salió de ella bastante alterada portando unos paquetes: presuponen que en ellos estaban las joyas, creen que Alvarado padre pudo haber sido víctima de un chantaje o sometido a algún tipo de extorsión. En fin, un asunto bastante feo, aunque estos documentos parecen eximirla de culpa.

Sacó entonces de uno de los bolsillos exteriores de la chaqueta los papeles que mi padre me había entregado en nuestro encuentro de meses atrás.

–Por fortuna para usted, Arribas no se los llevó junto con las joyas y el dinero, posiblemente porque podrían haberle resultado comprometedores. Debería haberlos destruido para salvaguardarse las espaldas pero, en su prisa por volatilizarse, no lo hizo. Quédele agradecida porque esto es, de momento, lo que va a salvarla de la cárcel -apuntó con ironía. Acto seguido, cerró los ojos brevemente, como intentando tragarse sus últimas palabras-. Perdone, no he querido ofenderla; imagino que en su ánimo no estará agradecer nada a un tipo que se ha portado con usted como lo ha hecho él.

No repliqué a su disculpa, sólo formulé débilmente otra pregunta.

–¿Dónde está ahora?

–¿Arribas? No lo sabemos con certeza. Puede que en Brasil, quizá en Buenos Aires. En Montevideo tal vez. Embarcó en un transatlántico de pabellón argentino, pero puede haber desembarcado en varios puertos. Iba acompañado al parecer de otros tres individuos: un ruso, un polaco y un italiano.

–¿Y no van a buscarle? ¿No van a hacer nada por seguir su rastro y detenerle?

–Me temo que no. Tenemos poco contra él: simplemente una factura impagada a medias con usted. A no ser que quiera usted denunciarle por las joyas y el dinero que le ha quitado, aunque, con sinceridad, no creo que valga la pena. Es cierto que todo era suyo, pero la procedencia es un tanto turbia y usted está denunciada justo por lo mismo. En fin, creo que es difícil que volvamos a saber de su paradero; estos tipos suelen ser listos, tienen mucho mundo y saben cómo hacer para evaporarse y reinventarse a los cuatro días en cualquier punto del globo de la forma más insospechada.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El tiempo entre costuras»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El tiempo entre costuras» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «El tiempo entre costuras»

Обсуждение, отзывы о книге «El tiempo entre costuras» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x