Dueñas, María - El tiempo entre costuras
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Dejé de acompañarle en las salidas nocturnas: apenas tenía energía y ánimo para sostenerme en pie. Empecé a quedarme sola en el hotel, horas largas, espesas, asfixiantes; horas de calima pegajosa, sin brizna de aire, como sin vida. Imaginaba que él se dedicaba a lo mismo que en los últimos tiempos y con las mismas compañías: copas, billar, conversación y más conversación; cuentas y mapas trazados en cualquier trozo de papel sobre el mármol blanco de las mesas de los cafés. Creía que hacía lo mismo que conmigo pero sin mí y no fui capaz de adivinar que había avanzado hacia otra fase, que había más; que ya había traspasado las fronteras de la mera vida social entre amigos para adentrarse en un territorio nuevo que no le era del todo desconocido. Hubo más planes, sí. Y también timbas, partidas feroces de póquer, fiestas hasta las claras del día. Apuestas, alardes, oscuras transacciones y proyectos desorbitados. Mentiras, brindis al sol y la emergencia de un flanco de su personalidad que durante meses había permanecido oculta. Ramiro Arribas, el hombre de las mil caras, me había enseñado hasta entonces sólo una. Las demás tardaría poco en conocerlas.
Cada noche volvía más tarde y en un estado peor. El faldón de la camisa medio sacado por encima de la cintura del pantalón, el nudo de la corbata casi a la altura del pecho, sobreexcitado, oliendo a tabaco y whisky, tartamudeando excusas con voz pastosa si me encontraba despierta. Algunas veces ni siquiera me rozaba, caía en la cama como un peso muerto y quedaba dormido al instante, respirando con ruidos que me impedían conciliar el sueño en las escasas horas que restaban hasta que entrara del todo la mañana. Otras me abrazaba torpemente, babeaba su aliento en mi cuello, apartaba la ropa que le estorbaba y se descargaba en mí. Y yo le dejaba hacer sin un reproche, sin entender del todo qué era lo que nos estaba pasando, incapaz de poner nombre a aquel despego.
Algunas noches nunca llegó. Ésas fueron las peores: madrugadas de desvelo frente a las luces amarillentas de los muelles reflejadas sobre el agua negra de la bahía, amaneceres apartando a manotazos las lágrimas y la amarga sospecha de que tal vez todo hubiera sido una equivocación, una inmensa equivocación para la que ya no había marcha atrás.
El final tardó poco en acercarse. Dispuesta a confirmar de una vez por todas la causa de mi malestar pero sin querer preocupar a Ramiro, me encaminé una mañana temprano hasta la consulta de un médico en la calle Estatuto. Doctor Bevilacqua, medicina general, trastornos y enfermedades, rezaba la placa dorada en su puerta. Me escuchó, me examinó, preguntó. Y no necesitó ni prueba de la rana ni ningún otro procedimiento para asegurar lo que yo ya presentía y Ramiro, después supe, también. Regresé al hotel con una mezcla de sentimientos aturullados. Ilusión, ansiedad, alegría, pavor. Esperaba encontrarle aún acostado, despertarle a besos para comunicarle la noticia. Pero nunca pude hacerlo. Jamás hubo ocasión de decirle que íbamos a tener un hijo porque cuando yo llegué él ya no estaba, y junto a su ausencia sólo encontré el cuarto revuelto, las puertas de los armarios de par en par, los cajones sacados de sus guías y las maletas dispersas por el suelo.
Nos han robado, fue lo primero que pensé.
Me faltó entonces el aire y tuve que sentarme en la cama. Cerré los ojos y respiré hondo, una, dos, tres veces. Cuando los abrí de nuevo, recorrí con la vista la habitación. Un solo pensamiento se repetía en mi mente: Ramiro, Ramiro, ¿dónde está Ramiro? Y entonces, en el paseo descarriado de mis pupilas por la estancia, éstas se toparon con un sobre en la mesilla de noche de mi lado de la cama. Apoyado contra el pie de la lámpara, con mi nombre en mayúsculas escrito con el trazo vigoroso de aquella letra que habría sido capaz de reconocer en el mismo fin del mundo.
Sira, mi amor:
Antes de que sigas leyendo quiero que sepas que te adoro y que tu recuerdo vivirá en mí hasta el fin de los días. Cuando leas estas líneas yo ya no estaré cerca, habré emprendido un nuevo rumbo y, aunque lo deseo con toda mi alma, me temo que no es posible que tú y la criatura que intuyo que esperas tengáis, de momento, cabida en él.
Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento contigo en los últimos tiempos, por mi falta de dedicación a ti; confío en que entiendas que la incertidumbre generada por la ausencia de noticias de las Academias
Pitman me impulsó a buscar otros caminos por los que poder emprender el tránsito al futuro. Fueron varias las propuestas estudiadas y una sola la elegida; se trata de una aventura tan fascinante como prometedora, pero exige mi dedicación en cuerpo y alma y, por eso, no es posible contemplar a día de hoy tu presencia en ella.
No me cabe la menor duda de que el proyecto que hoy emprendo resultará un éxito absoluto pero, de momento, en sus estadios iniciales, necesita una cuantiosa inversión que supera mis capacidades financieras, por lo que me he tomado la libertad de coger prestado el dinero y las joyas de tu padre para hacer frente a los gastos iniciales. Espero poder algún día devolverte todo lo que hoy adquiero en calidad de préstamo para que, con los años, puedas cederlo a tus descendientes igual que tu padre hizo contigo. Confío también en que el recuerdo de tu madre en su abnegación y fortaleza al criarte te sirva de inspiración en las etapas sucesivas de tu vida.
Adiós, vida mía. Tuyo siempre,
Ramiro
PD. Te aconsejo que abandones Tánger lo antes posible; no es un buen lugar para una mujer sola y, menos aún, en tu actual condición. Me temo que puede haber quien tenga cierto interés en encontrarme y, si no dan conmigo, puede que intenten buscarte a ti. Al dejar el hotel, trata de hacerlo discretamente y con poco equipaje: aunque voy a procurarlo por todos los medios, con la urgencia de mi partida no sé si voy a tener oportunidad de liquidar la factura de los últimos meses y jamás podría perdonarme que ello te trastornara en manera alguna.
No recuerdo qué pensé. En mi memoria conservo intacta la imagen del escenario: la habitación revuelta, el armario vacío, la luz cegadora entrando por la ventana abierta y mi presencia sobre la cama deshecha, sosteniendo la carta con una mano, agarrando el embarazo recién confirmado con la otra mientras por las sienes me resbalaban gotas espesas de sudor. Los pensamientos que en aquel momento pasaron por mi mente, sin embargo, o nunca existieron o no dejaron huella porque jamás pude rememorarlos. De lo que sí tengo certeza es que me puse manos a la obra como una máquina recién conectada, con movimientos llenos de prisa pero sin capacidad para la reflexión o la expresión de sentimientos. A pesar del contenido de la carta y aun en la distancia, Ramiro seguía marcando el ritmo de mis actos y yo, simplemente, me limité a obedecer. Abrí una maleta y la llené a dos manos con lo primero que cogí, sin pararme a pensar sobre lo que me convenía llevar y lo que podría quedarse atrás. Unos cuantos vestidos, un cepillo del pelo, algunas blusas y un par de revistas atrasadas, un puñado de ropa interior, zapatos desparejados, dos chaquetas sin sus faldas y tres faldas sin chaqueta, papeles sueltos que habían quedado sobre el escritorio, botes del cuarto de baño, una toalla. Cuando aquel barullo de prendas y enseres alcanzó el límite de la maleta, la cerré y, con un portazo, me fui.
En el alboroto del mediodía, con los clientes entrando y saliendo del comedor y el ruido de los camareros, los pasos cruzados y las voces en idiomas que yo no entendía, apenas nadie pareció percatarse de mi marcha. Tan sólo Hamid, el pequeño botones con aspecto de niño que ya no lo era, se acercó solícito para ayudarme a llevar el equipaje. Le rechacé sin palabras y salí. Eché a andar con un paso que no era ni firme ni flojo ni lo contrario, sin tener la menor idea de adónde dirigirme ni preocuparme por ello. Recuerdo haber recorrido la pendiente de la rue de Portugal, mantengo algunas imágenes dispersas del Zoco de Afuera como un hervidero de puestos, animales, voces y chilabas. Callejeé sin rumbo y varias veces tuve que apartarme contra una pared al oír detrás de mí el claxon de un automóvil o los gritos de balak, balak de algún marroquí que transportaba con prisa su mercancía. En mi deambular alborotado pasé en algún momento por el cementerio inglés, por la iglesia católica y la calle Siagin, por la calle de la Marina y la Gran Mezquita. Caminé un rato eterno e impreciso, sin notar cansancio ni sensaciones, movida por una fuerza ajena que impulsaba mis piernas como si pertenecieran a un cuerpo que no era el mío. Podría haber seguido andando mucho más tiempo: horas, noches, tal vez semanas, años y años hasta el fin de los días. Pero no lo hice porque en la Cuesta de la Playa, cuando pasaba como un fantasma frente a las Escuelas Españolas, un taxi paró a mi lado.
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