En lo alto del precipicio descansamos un poco y nos hicimos té, aunque a semejante altitud no podía calentarnos el té. Algo menos cansados, volvimos a cargarnos con nuestros bultos y proseguimos hacia el corazón de esta terrible región. Pronto llegamos a una capa de hielo -quizás un glaciar- y nuestro avance se hizo aún más penoso. Carecíamos de botas claveteadas, de hachas para el hielo, así como de lo demás que suele constituir el equipo de un montañero; nuestro equipo consistía sólo de unas botas corrientes de fieltro, cuyas suelas estaban atadas con pelo de yak para que agarrasen mejor, y las cuerdas y ganchos imprescindibles.
Conviene saber que en la mitología tibetana hay un infierno frío. El calor es una bendición para nosotros, de modo que como símbolo de mayor castigo hubo que hacer que el infierno fuera frío. ¡Esta excursión por las montañas me demostraba lo que puede ser el frío!
Después de tres días de este avance tan dificultoso por la helada superficie, temblando con el viento gélido y deseando no haber visto nunca aquel lugar, nos condujo el glaciar en pendiente hasta un paso entre dos filas de gigantescas rocas. Descendíamos sin cesar, a tropezones y resbalando, hasta una profundidad incalculable. Por fin, varios kilómetros más allá, doblamos una arista montañosa y nos encontramos de pronto con una densa neblina blanca. Al principio no sabíamos si era nieve o una nube, porque se presentaba con una compacta blancura. Al acercarnos vimos que era efectivamente niebla que se deshilachaba.
El lama Mingyar Dondup, el único de nosotros que había estado antes allí, sonrió satisfecho y dijo:
– Os veo muy mohínos, pero debéis alegraros porque vais a tener una sorpresa muy agradable.
Nada veíamos que pudiera ser agradable: niebla, frío insoportable, hielo bajo nuestros pies y un cielo congelado cubriéndolo todo. Y unas rocas con colmillos como los de la boca de un lobo, rocas que nos causaban magulladuras y arañazos. ¿A qué placer podía referirse mi Guía?
Avanzábamos envueltos en la niebla y casi arrastrando los pies sin saber adónde íbamos. Nos apretábamos los hábitos para darnos una ilusión de calor y jadeábamos y temblábamos de frío. De pronto nos detuvimos todos, petrificados de asombro y terror. La niebla estaba caliente, y el suelo también.
Los que venían detrás tropezaron con nosotros. Algo tranquilizados, dentro de nuestra estupefacción, por la risa del lama Mingyar Dondup, reanudamos a ciegas la marcha para alcanzar al que iba en vanguardia y que avanzaba dando golpes en el suelo con su bastón como un ciego. Empezamos a tropezar en piedras y nuestras botas resbalaban en un suelo de guijarros.
¿Piedras? ¿Guijarros? Entonces, ¿dónde estaba el hielo? De repente se aclaró la niebla y nos en contramos con… en fin, miré a mi alrededor creyendo que me había muerto de frío y que había ido a parar a los Campos Celestiales. Me froté los ojos con las manos, ya calientes, me pellizqué y di con los nudillos contra una piedra para ver si seguía siendo carne y no sólo espíritu. Miré en torno mío con más calma y vi que mis ocho comp añeros estaban allí. ¿Sería posible que todos nos hallásemos ya en el cielo? En tal caso tendría que estar con nosotros el décimo miembro de la expedición que se había matado contra la roca. O, por el contrario, ¿éramos todos nosotros dignos de disfrutar de aquel paraíso?
Treinta latidos antes estábamos temblando de frío al otro lado de la cortina de niebla. Ahora, treinta latidos después -por el reloj de nuestro corazón- estábamos a punto de desmayarnos de calor. Del suelo brotaban nubecillas de vapor y la atmósfera vibraba a causa de éste. Junto a nosotros corría un arroyuelo de agua casi hirviendo. Nos rodeaba una hierba intensamente verde. Nunca he visto un verdor semejante. Unas plantas de anchas hojas nos llegaban a la altura de la rodilla. Estábamos deslumbrados y atemorizados. Indudablemente, aquello era cosa de magia. Entonces, el lama Mingyar Dondup nos dijo:
– Si la primera vez que yo lo vi puse la cara que tenéis ahora vosotros, ¡vaya aspecto que tendría! Parece como si creyerais que los dioses del hielo os están gastando una broma pesada.
Estábamos inmovilizados por el asombro y el temor, y mi Guía nos dijo:
– Saltemos sobre el arroyo y con mucho cuidado de no caernos dentro porque el agua está hirviendo. Pocos kilómetros más allá llegaremos a un sitio magnífico donde podremos descansar.
Como siempre, tenía razón. A poco más de cuatro kilómetros nos tumbamos en el suelo cubierto de musgo, no sin antes quitarnos las túnicas, pues no podíamos resistir el calor. Había allí árboles que nunca había visto y que probablemente nunca volveré a ver. Por todas partes crecían flores de vivo colorido. Unas espléndidas enredaderas subían por los troncos de los árboles y colgaban de sus altas ramas. Un poco a la derecha del delicioso lugar en que reposábamos había un pequeño lago cuyas ondas y círculos indicaban la vida que encerraba en sus aguas. Aún no habíamos podido reaccionar contra la impresión recibida y seguíamos convencidos de que estábamos ya fuera de la Tierra. Lo que no sabíamos es si era el frío lo que nos había matado o la primera oleada de calor que recibíamos.
El follaje era de una exuberancia increíble. Ahora que he viajado mucho puedo calificarla de vegetación tropical, pero vimos varias clases de aves que ni siquiera ahora sé cuáles son. Era un terreno volcánico en el que abundaban los manantiales de agua caliente y percibíamos olores sulfurosos.
Mi Guía nos dijo que sólo existían dos lugares como aquél en las mo ntañas tibetanas.
Nos explicó que el calor subterráneo y las corrientes de agua hirviente fundían el hielo, y que las altísimas murallas rocosas aprisionaban el aire caliente. La densa niebla blanca que habíamos cruzado era como la frontera de la zona fría y la caliente. También nos dijo que había visto esqueletos de animales gigantescos, animales que en vida debieron de tener unos diez metros de altura. Más adelante pude yo ver esos esqueletos.
Allí fue donde por primera vez vi un yeti. Estaba yo inclinado cogiendo hierbas medicinales cuando algo me hizo levantar la cabeza. A unos nueve metros de mí se hallaba el extraño ser del que tanto había oído hablar. Los padres tibetanos suelen asustar a sus niños cuando son traviesos, diciéndoles: «Si no eres bueno, te llevará un yeti.» Por fin, pensé, unyeti iba a llevarme con él. Y, la verdad, no me hacía gracia. Nos quedamos mirándonos fijamente, inmovilizados por el miedo, durante un tiempo que me pareció eterno. Me estaba señalando con una mano mientras emitía un curioso maullido. Me pareció notar que le faltaban los lóbulos frontales y que la frente la tenía aplastada a partir de las mismas cejas, muy pobladas e hirsutas. También la barbilla le retrocedía y tenía los dientes muy anchos y salientes. Sin embargo, la capacidad de su cráneo, con excepción de la frente, resultaba muy parecida a la del hombre moderno. Sus manos eran grandes, y también sus pies. Era patizambo y con los brazos mucho más largos de lo normal. Observé que el yeti andaba con la parte exterior de los pies, como los seres humanos. Los monos y animales semejantes no andan con las palmas de las manos y los pies.
Seguramente debí de hacer algún movimiento brusco, quizás un brinco, cuando pude reaccionar, porque el yeti chilló de pronto, se volvió y se alejó dando saltos. Me pareció que daba los saltos con una sola pierna. Mi reacción fue también salir corriendo… en la dirección opuesta, claro está.
Luego, cuando pude pensar con calma sobre aquel encuentro, llegué a la conclusión de que había batido el récord tibetano de sprint para altitudes su periores a siete mil metros. Luego vimos varios yetis a lo lejos. Se apresuraron a esconderse en cuanto nos divisaron y nosotros, por supuesto, no los perseguimos. El lama Mingyar Dondup nos dijo que estos yetis eran precedentes de la raza humana que habían tomado un camino diferente en la evolución y que sólo podían vivir en los sitios más recónditos. Con gran frecuencia hemos oído historias de yetis que han abandonado estas regiones para hacer incursiones cerca de los sitios habitados. Se habla también de yetis machos que han raptado a mujeres solitarias. Quizá sea éste el procedimiento que siguen para perpetuar su especie. Algunas monjas tibetanas nos lo han confirmado. Concretamente recuerdo que en un monasterio de monjas nos dijeron que una de ellas fue raptada por un yeti una noche en que se había alejado. Sin embargo, no es de mi competencia escribir sobre estas cosas. Sólo puedo decir que he visto yetis y crías de yetis, y también esqueletos de estos seres casi fabulosos.
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