Julio Cortazar - Rayuela

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Rayuela: краткое содержание, описание и аннотация

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Considerada un clásico de la literatura moderna en lengua castellana, Rayuela (1963) es una de las obras más innovadoras de las últimas décadas. La clave de su ruptura con el orden clásico del relato radica en la postulación de una estructura inorgánica: el libro puede leerse en forma normal del capítulo 1 al 56 y terminar ahí, después están los capítulos?prescindibles?, del 57 al 155. Estos se leen alternadamente según un orden que el autor va dando, mezclados con los primeros. De esa manera la novela comienza en el Nº 73. Entre estos artículos prescindibles, algunos de difícil lectura, hay cosas que tienen que ver con la trama principal, pero también aparecen otros personajes, lugares y reflexiones. El capítulo 62, por ejemplo, dio luego origen a otra novela de Cortázar: 62/Modelo para armar. Amor, ternura, amistad, humor, geografía urbana, música, constituyen algunos de sus temas recurrentes, en un ámbito de de exploración estética que recuerda a la improvisación de los grandes maestros del jazz.

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«Es curioso», pensó viendo pasar la soga sobre su cabeza. «Todo se encadena perfectamente si a uno se le da realmente la gana. Lo único falso en esto es el análisis.»

– Ya estás llegando -anunció Traveler-. Ponete de manera de poder atar bien los dos tablones, que están un poco separados.

– Vos fijate lo bien que la enlacé -dijo Oliveira-. Ahí tenés, Manú, no me vas a negar que yo podría trabajar con ustedes en el circo.

– Me lastimaste la cara -se quejó Talita-. Es una soga llena de pinchos.

– Me pongo un sombrero tejano, salgo silbando y enlazo a todo el mundo -propuso Oliveira entusiasmado-. Las tribunas me ovacionan, un éxito pocas veces visto en los anales circenses.

– Te estás insolando -dijo Traveler, encendiendo un cigarrillo-. Y ya te he dicho que no me llames Manú.

– No tengo fuerza -dijo Talita-. La soga es áspera, se agarra en ella misma.

– La ambivalencia de la soga -dijo Oliveira-. Su función natural saboteada por una misteriosa tendencia a la neutralización. Creo que a eso le llaman la entropía.

– Está bastante bien ajustado -dijo Talita-. ¿Le doy otra vuelta? Total hay un pedazo que cuelga.

– Sí, arrollala bien -dijo Traveler-. Me revientan las cosas que sobran y que cuelgan; es diabólico.

– Un perfeccionista -dijo Oliveira-. Ahora pasate a mi tablón para probar el puente.

Tengo miedo -dijo Talita-. Tu tablón parece menos sólido que el nuestro.

– ¿Qué? -dijo Oliveira ofendido-. ¿Pero vos no te das cuenta que es un tablón de puro cedro? No vas a comparar con esa porquería de pino. Pasate tranquila al mío, nomás.

– ¿Vos qué decís, Manú? -preguntó Talita, dándose vuelta.

Traveler, que iba a contestar, miró el punto donde se tocaban los dos tablones y la soga mal ajustada. A caballo sobre su tablón, sentía que le vibraba entre las piernas de una manera entre agradable y desagradable. Talita no tenía más que apoyarse sobre las manos, tomar un ligero impulso y entrar en la zona del tablón de Oliveira. Por supuesto el puente resistiría; estaba muy bien hecho.

– Mirá, esperá un momento -dijo Traveler, dubitativo-. ¿No le podés alcanzar el paquete desde ahí?

– Claro que no puede -dijo Oliveira, sorprendido-. ¿Qué idea se te ocurre? Estás estropeando todo.

– Lo que se dice alcanzárselo, no puedo -admitió Talita-. Pero se lo puedo tirar, desde aquí es lo más fácil del mundo.

– Tirar -dijo Oliveira, resentido-. Tanto lío y al final hablan de tirarme el paquete.

– Si vos sacás el brazo estás a menos de cuarenta centímetros del paquete -dijo Traveler-. No hay necesidad de que Talita vaya hasta allá. Te tira el paquete y chau.

– Va a errar el tiro, como todas las mujeres -dijo Oliveira- y la yerba se va a desparramar en los adoquines, para no hablar de los clavos.

– Podés estar tranquilo -dijo Talita, sacando presurosa el paquete-. Aunque no te caiga en la mano lo mismo va a entrar por la ventana.

– Sí, y se va a reventar en el piso, que está sucio, y yo voy a tomar un mate asqueroso lleno de pelusas -dijo Oliveira.

– No le hagás caso -dijo Traveler-. Tirale nomás el paquete, y volvé.

Talita se dio vuelta y lo miró, dudando de que hablara en serio. Traveler la estaba mirando de una manera que conocía muy bien, y Talita sintió como una caricia que le corría por la espalda. Apretó con fuerza el paquete, calculó la distancia.

Oliveira había bajado los brazos y parecía indiferente a lo que Talita hiciera o no hiciera. Por encima de Talita miraba fijamente a Traveler, que lo miraba fijamente: «Estos dos han tendido otro puente entre ellos», pensó Talita. «Si me cayera a la calle ni se darían cuenta.» Miró los adoquines, vio a la chica de los mandados que la contemplaba con la boca abierta; dos cuadras más allá venía caminando una mujer que debía ser Gekrepten. Talita esperó, con el paquete apoyado en el puente.

– Ahí está -dijo Oliveira-. Tenía que suceder, a vos no te cambia nadie. Llegás al borde de las cosas y uno piensa que por fin vas a entender, pero es inútil, che, empezás a darles la vuelta, a leerles las etiquetas. Te quedás en el prospecto, pibe.

– ¿Y qué? -dijo Traveler-. ¿Por qué te tengo que hacer el juego, hermano?

– Los juegos se hacen solos, sos vos el que mete un palito para frenar la rueda.

– La rueda que vos fabricaste, si vamos a eso.

– No creo -dijo Oliveira-. Yo no hice más que suscitar las circunstancias, como dicen los entendidos. El juego había que jugarlo limpio.

– Frase de perdedor, viejito.

– Es fácil perder si el otro te carga -la taba.

– Sos grande -dijo Traveler-. Puro sentimiento gaucho. Talita sabía que de alguna manera estaban hablando de ella, y seguía mirando a la chica de los mandados inmóvil en la silla con la boca abierta. «Daría cualquier cosa por no oírlos discutir», pensó Talita. «Hablen de lo que hablen, en el fondo es siempre de mí, pero tampoco es eso, aunque es casi eso.» Se le ocurrió que sería divertido soltar el paquete de manera que le cayera en la boca a la chica de los mandados. Pero no le hacía gracia, sentía el otro puente por encima, las palabras yendo y viniendo, las risas, los silencios calientes.

«Es como un juicio», pensó Talita. «Como una ceremonia.»

Reconoció a Gekrepten que llegaba a la otra esquina y empezaba a mirar hacia arriba. «¿Quién te juzga?», acababa de decir Oliveira. Pero no era a Traveler sino a ella que estaban juzgando. Un sentimiento, algo pegajoso como el sol en la nuca y en las piernas. Le iba a dar un ataque de insolación, a lo mejor eso sería la sentencia. «No creo que seas nadie para juzgarme», había dicho Manú. Pero no era a Manú sino a ella que estaban juzgando. Y a través de ella, vaya a saber qué, mientras la estúpida de Gekrepten revoleaba el brazo izquierdo y le hacía señas como si ella, por ejemplo, estuviera a punto de tener un ataque de insolación y fuera a caerse a la calle, condenada sin remedio.

– ¿Por qué te balanceás así? -dijo Traveler, sujetando su tablón con las dos manos-. Che, lo estás haciendo vibrar demasiado. A ver si nos vamos todos al diablo.

No me muevo -dijo miserablemente Talita-. Yo solamente quisiera tirarle el paquete y entrar otra vez en casa.

– Te está dando todo el sol en la cabeza, pobre -dijo Traveler- Realmente es una barbaridad, che.

– La culpa es tuya -dijo Oliveira rabioso-. No hay nadie en la Argentina capaz de armar quilombos como vos.

– La tenés conmigo -dijo Traveler objetivamente-. Apurate, Talita. Rajale el paquete por la cara y que nos deje de joder de una buena vez.

– Es un poco tarde -dijo Talita-. Ya no estoy tan segura de embocar la ventana.

– Te lo dije -murmuró Oliveira que murmuraba muy poco y sólo cuando estaba al borde de alguna barbaridad-. Ahí viene Gekrepten llena de paquetes. Éramos pocos y parió la abuela.

– Tirale la yerba de cualquier manera -dijo Traveler, impaciente-. Vos no te aflijas si sale desviado.

Talita inclinó la cabeza y el pelo le chorreó por la frente, hasta la boca. Tenía que parpadear continuamente porque el sudor le entraba en los ojos. Sentía la lengua llena de sal y de algo que debían ser chispazos, astros diminutos corriendo y chocando con las encías y el paladar.

– Esperá -dijo Traveler.

– ¿Me lo decís a mí? -preguntó Oliveira.

– No. Esperá, Talita. Tenete bien fuerte que te voy a alcanzar un sombrero.

– No te salgas del tablón -pidió Talita-. Me voy a caer a la calle.

– La enciclopedia y la cómoda lo sostienen perfectamente. Vos no te movás, que vuelvo en seguida.

Los tablones se inclinaron un poco hacia abajo, y Talita se agarró desesperadamente. Oliveira silbó con todas sus fuerzas como para detener a Traveler, pero ya no había nadie en la ventana.

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