Boris Vian - El Lobo-Hombre

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El protagonista es un lobo, pero no un lobo cualquiera, sino un lobo pacífico y culto.
Este lobo, llamado Denís, vive en los alrededores de París, sabe leer, y no mata para comer, sino que es vegetariano. De vez en cuando roba una botella de leche de un repartidor, pero le desagrada enormemente, por ser de origen animal. El caso es que le gusta observar a los humanos, y colecciona todo aquello que tenga relación con ellos: neumáticos, ropa, libros…
Muchas veces ha observado cómo las parejas buscan lugares solitarios para poder estar tranquilas en `sus asuntos`, y Denis se marcha recatadamente para no molestar. Un día se acerca a los alrededores de un bar y ve cómo el `Mago del Siam` (Siam es una especie de juego en Francia) sale en compañía
de una joven, para… en fin, os imagináis para qué, ¿no? Pues bien, en eso que Denís les está mirando, el mago se da cuenta, y se lanza tras él, arreándole un mordisco a nuestro pobre lobo.
A partir de ahí, a Denís le sucede algo muy extraño. Durante las horas diurnas de aquellos días en los que hay luna llena, Denís se transforma en humano. Cuando descubre esto, decide sacarle partido, y en su primer día como humano se viste con las ropas que había ido recogiendo con su forma lupina, y se dirige a París, donde compra una bicicleta para desplazarse. Entra en un restaurante para comer, y allí conocerá a una muchacha, con la que finalmente se irá a su hotel y mantendrán una apasionada relación. Pero lo que Denís interpreta como algo sin importancia, para la muchacha es un negocio, e intenta cobrarle a Denís sus servicios.

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Por el poderoso perfume que lograba franquear la lacticinosa barrera, Orvert reconoció que se acercaba a él.

– Solamente a la hora del cocido no resulta demasiado cómodo -prosiguio ella-. Pero no deja de ser divertida la nieblecita… Casi se podría decir que alimenta. Como usted sabe, yo como bastante bien… Pues bueno, desde hace tres días, con un vaso de agua y un trozo de pan me basta.

– Va a adelgazar -observó Orvert.

– ¡Ja, ja, ja! -cacareó la portera con su risa parecida a un saco de nueces cayendo por la escalera desde el sexto piso-. Compruébelo por sí mismo, señor Latuile. Nunca me había sentido tan en forma. Incluso los melones se me están volviendo a poner en su sitio… Compruébelo, compruébelo por sí mismo…

– Esto…, yo… -dijo Orvert.

– Palpe, palpe, le digo que palpe.

Y cogiendo la mano del sentenciado, la colocó sobre el remate de uno de los melones en cuestión.

– ¡Asombroso! -constató Latuile.

– Y eso que tengo cuarenta y dos años -informó la portera-. ¿Eh? ¿Quién lo diría? ¡Ah…! y es que las que son como yo, un poquito gruesas por donde es debido, tienen esa ventaja…

– ¡Pero por todos los santos! -exclamó Orvert asombrado-, ¡Está usted desnuda…!

– ¡Claro! ¡Lo mismo que usted! -replicó ella.

– Cierto -musitó Orvert para sí-. Brillante idea he tenido.

– Han dicho los del arradio -prosiguió la portera-, que se trata de un aerosol cafronisíaco .

– ¡Ah…! -dijo Latuile.

Con la respiración entrecortada, la portera buscaba contacto. Por un instante, el hombre tuvo la sensación de que la dichosa calina le permitiría escamotearse.

– Escuche, por favor, señora Panuche -le imploró-. No somos animales. Aunque se trate de un aerosol afrodisíaco hay que comportarse con mesura.

– ¡Oh, oh! -se limitó a decir la señora Panuche con voz jadeante, mientras se servía de las manos con precisión nada mesurada.

– ¡Está bien! -dijo finalmente Orvert con dignidad-. Arrégleselas como pueda. Yo no quiero saber nada.

– Oiga -murmuró la portera sin perder su presencia de ánimo-, el señor Lerond es mucho más amable que usted. Con usted, según parece, es una quien tiene que hacerlo todo.

– Escuche -le dijo Latuile-. Acabo de despertarme hoy. Por lo tanto, me falta entrenamiento.

– Descuide, le enseñaré -aseguró la portera.

A Continuacion ocurrieron cosas sobre las que será mejor echar el piadoso manto de este desdichado mundo como sobre las miserias de Noé, de Salambó y el velo de Tanit en la encerrona.

Orvert salió muy vivaracho de la portería. Una vez en la calle aguzó el oído. En efecto, se echaba en falta el ruido de los automóviles. Pero, en su defecto, se dejaban oír innumerables canciones. Y las risas chisporroteaban por todas partes.

Un poco aturdido, se adentró algunos pasos en la calzada. Sus oídos no estaban acostumbrados a un horizonte sonoro de tal profundidad y se sentía un algo extraviado. De repente se percató de que estaba pensando en voz alta.

– ¡Dios mío! -decía-. ¡Una niebla afrodisíaca!

Como se puede ver, sus reflexiones sobre el particular habían progresado poco. Pero es preciso ponerse en el lugar de un hombre que duerme durante once días y que despierta en medio de una oscuridad total, complicada además por una especie de generalizado y licencioso envenenamiento, para constatar que su obesa y ruinosa portera se ha transformado en una valquiria de senos puntiagudos y abundantes, en una ávida Circe en su antro de placeres imprevistos.

– ¡Caramba! -dijo todavía Orvert para precisar algo más su pensamiento.

Y dándose cuenta de repente de que estaba a pie firme en la misma mitad de la calle, sintió miedo y retrocedió hasta la altura del muro, bajo cuya cornisa caminó a lo largo de un centenar de metros. A esa distancia se encontraba la panadería. Como una dietética estrictamente aplicada le constreñía a consumir algún alimento después de cualquier esfuerzo físico notorio, entró en ella para procurarse un panecillo.

Una gran algazara parecía reinar dentro del establecimiento.

Orvert era hombre de pocos prejuicios. Pero cuando comprendió lo que exigía la panadera de cada cliente y el panadero de cada clienta, sintio como se le erizaban los cabellos en la cabeza.

– ¡Por todos los diablos! ¡Si le doy un pan de dos libras -estaba diciendo aquélla- tengo derecho a exigir de usted un formato equivalente!

– Pero señora… -protestaba la aguda voz de un viejecillo en quien Latuile reconoció al señor Curepipe, anciano organista de la iglesia del muelle- pero señora…

– ¡Y usted es el que toca el órgano de tubos! -exclamó la panadera.

El señor Curepipe se enfadó.

– ¡Ya le enseñaré yo a reírse de mi órgano! -dijo amenazadoramente dirigiéndose con paso apresurado hacia la salida, pero ante ésta estaba Latuile, a quien el choque cortó la respiración.

– ¡El siguiente! -ladró la panadera.

– Quisiera un pan… -dijo Orvert con esfuerzo, dándose masaje en el estómago.

– ¡Un pan de cuatro libras para el señor Latuile! -vociferó la expendedora.

– No, no… -gimió Orvert-. Apenas un panecillo…

– ¡Grosero! -le espetó la tahonera.

Quien, dirigiéndose a su marido, dijo a continuacion:

– ¡Oye, Lucien, ocúpate de éste! ¡Así aprenderá lo que es bueno!

Los cabellos se le volvieron a erizar a Orvert sobre la cabeza. Y al emprender la huida a toda pastilla, fue a darse de lleno contra la luna del escaparate, que resistió.

Recorriéndola por completo, consiguió salir finalmente. En la panadería la orgía continuaba. El aprendiz se ocupaba de los niños.

– ¡En fin, caramba! -refunfuñaba Orvert en la acera-. ¿Qué pasa? ¿Y si a uno le gusta elegir, qué? ¡Pues menuda boca de horno ha de tener la tal panadera…!

A continuación le vino a la cabeza la repostería cercana al puente. La dependienta tenía diecisiete años, la boquita de piñón y un coqueto delantalillo estampado… Quizá en aquel momento no llevase más que el delantalillo…

Sin pensarlo dos veces, partió a grandes zancadas hacia dicho establecimiento. En tres ocasiones al menos tropezó con amasijos de cuerpos entrelazados de los que ni siquiera le interesó detenerse a descubrir las respectivas composiciones. Pero, en uno de los casos, el conglomerado, como mínimo, se componía de cinco palmitos.

– ¡Roma! -se limitó a farfullar-. Quo Vadis ? ¡Fabiola! Et cum spiritu tuo! ¡Las orgías! ¡Oh!

Había cosechado de su contacto con la luna del escaparate un chichón de los mejor puestos y se frotaba la cabeza. Lo que no le impedía precipitar la marcha, pues determinada presencia que participaba de su persona, pero que le precedía a mucha distancia, le incitaba a llegar a la meta lo antes posible.

Cuando creyó que ya se acercaba al objetivo, optó por caminar junto a las fachadas de las casas para guiarse por el tacto. Por el redondo disco de contrachapado sujeto con pernos, que mantenía en su sitio una de las rajadas cristaleras, pudo reconocer el establecimiento del anticuario. Dos numeros más allá, la repostería.

De repente topó con todo el cuerpo con otro que, inmóvil, le daba la espalda. Sin que pudiera evitarlo, se le escapó un grito.

– ¡No empuje! -le respondió una voz profunda-. Y apresúrese a separar esa cosa de mis posaderas, si no quiere que le parta ahora mismo la cara.

– Esto… yo… ¿No pensará que…? -dijo Orvert.

Y giró a la izquierda para salvar el obstáculo.

Segundo choque.

– ¿Qué le pasa a éste? -se interesó una segunda voz de hombre.

– ¡A la cola, como todo el mundo!

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