Miguel Silva - Casas muertas

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Carmen Rosa estaba maravillada. Aquel había sido, sin duda alguna, el cementerio de la gente rica de Ortiz, cuando Ortiz fue flor de los Llanos y capital del Estado Guárico. Del mar de plantas ásperas surgían, aquí y allá, las grandes masas blancas de las tumbas. Había una de más de cinco metros de altura cuyo tope se alzaba como torre de piedra por encima de la ramazón del cují más crecido. Por el suelo, tiradas, cual si un ventarrón las hubiera arrancado de su base, yacían cuatro enormes copas truncas. Otra gran tumba remataba en una cruz de hierro, y colgante de un brazo de la cruz, se mantenía una corona. Era una corona de metal, con florecillas negras hechas de una pasta vidriada que inexplicablemente había resistido al tiempo y a los rigores de aquel descampado. Pero no se leían nombres ni inscripciones en ninguna de las tumbas. Carmen Rosa y los otros buscaron afanosamente una palabra escrita, un apellido, una fecha, pero no los hallaron. Era un cementerio anónimo, impersonal, tanto que la ausencia absoluta de caracteres hacía sospechar por un instante que ahí no estaba enterrado nadie y que aquel era apenas un antiguo y desamparado modelo ornamental de cementerio.

Los pasos infantiles resonaron largo rato, en diversas direcciones, sobre las hojas secas y resecas que cubrían el suelo. Eran hojas de varios veranos, desde la recién caída, hasta la que ya era parte de la tierra, tierra misma. Los detuvo la pared del fondo, que no era propiamente una pared sino una múltiple tumba vertical, agujereada de bóvedas. Panchito introdujo la mano derecha, el brazo entero, por una de aquellas oquedades y, despertando el grito entusiasta de sus compañeros, extrajo una calavera.

Carmen Rosa inició un gesto de desagrado. No tenía todavía un concepto definido de la muerte, pero no le caía en gracia la muerte, como no le caían en gracia el dolor, ni el llanto, ni la melancolía. Martica, por su parte, rompió a llorar, aterrada. Olegario gruñó una reprimenda:

– ¡Ah, muchacha más zoqueta!

Pero Panchito sepultó nuevamente la calavera en el negro boquete que la anidada y se acercó a consolar a la afligida:

– Si yo hubiera sabido que te ibas a poner a llorar, no la saco. Pero ¿sabes? Ese hombre se murió hace como cien años. A lo mejor no era ningún hombre sino un araguato. ¿Tú no has oído decir que los araguatos tienen los huesos igualitos a los hombres? Además, Martita, te pones muy fea, cuando lloras. Y a mí no me gusta verte fea.

Este último argumento resultó tal vez el más poderoso. Martica dejó de llorar, enjugó las dos últimas lágrimas con el extremo de la manga de su vestido y esbozó una tenue y confiada sonrisa.

Para aquel entonces Panchito tenía once años y Martica no pasaba de ocho.

8

El padre de Carmen Rosa estaba vivo. Estuvo vivo mucho tiempo, sin estarlo. Antes de «la tragedia», que así decían todos en el pueblo al referirse al suceso que mató en vida al señor Villena, el padre de Carmen Rosa fue uno de los hombres más importantes de Ortiz, tal vez el más importante en la balanza del respeto público. El señor Cartaya se le había repetido muchas veces:

– Tu padre era un hombre recto como el tronco del tamarindo. Y trabajaba como no ha trabajado jamás nadie en este país de zánganos. Aunque nació muchos años después que yo, la verdad es que yo lo trataba con la consideración que se debe a los mayores.

Pero no era solamente el señor Cartaya. Carmen Rosa oía hablar en todas partes de su padre como si estuviera muerto, aunque en realidad seguía estando vivo y comiendo con ellos en la misma mesa y paseándose al despuntar la mañana por entre las matas del jardín. Y en todas partes elogiaban por igual su extinta laboriosidad infatigable, su extinto corazón frente a la vida, su extinta lucidez de pensamiento.

Su padre había sido agricultor, ganadero, comerciante. Tuvo una hacienda, entre Ortiz y San Francisco de Tiznados, de café y tabaco. Dentro de la hacienda estaba el hato, con cincuenta vacas lecheras. A Carmen Rosa la llevaron una vez a la hacienda, cuando tuvo la tos ferina. Pero sólo le quedaron dos recuerdos gratos: el bucare florecido que moteaba la grana el anchuroso verdor del cafetal y el llanto afanoso de los becerros en demanda de la ubre. Lo demás fue ahogarse de tos entre las faldas de su madre.

Además de la hacienda y el hato, don Casimiro Villena tenía el almacén de Ortiz, «La Espuela de Plata. Detal de Licores», encajado en un ángulo de la casa con puertas hacia la calle lateral y hacia la plaza Las Mercedes. Aquí y allá se prodigaba con singular diligencia. Se levantaba de madrugada, montaba el caballo ensillado por Olegario y llegaba al hato con el amanecer, a vigilar el ordeño de las vacas, a cooperar en el ordeño con sus propias manos. Llevaba él mismo las cuentas de la hacienda y sabía exactamente el número de matas, dónde estaban sembradas, cuánto producían en cada cosecha. Iba hasta Villa de Cura en mula, a negociar los productos de la hacienda y a comprar mercancías para «La Espuela de Plata». Despachaba tras el mostrador, cuando estaba en la casa, quitándole el puesto a Olegario.

– ¡Medio de manteca, don Casimiro! -y servía la manteca.

– ¡Dos torcos, don Casimiro! -y llenaba los vasitos de torco.

– ¡Una vara de zaraza, don Casimiro! -y medía la vara de zaraza.

Y cuando no había nada que hacer en la tienda, o era domingo, don Casimiro desclavaba cajones, fabricaba taburetes y repisas, curaba el moquillo a las gallinas o desarmaba un despertador maltrecho para hacerlo marchar de nuevo.

Carmen Rosa recordaba solamente las postreras manifestaciones de aquella permanente, febril actividad, de aquel siempre estar haciendo algo útil que delineaba la imagen de su padre, no como la de un ser humano con debilidades y desfallecimientos, sino como la de una operante maquinaria con apariencia de hombre.

Después sobrevino «la tragedia». La tragedia se produjo durante la peste española, al concluir la guerra europea. Sobre aquel pobre pueblo llanero, ya devastado por el paludismo y la hematuria, ya terrón seco y ponedero de plagas, cayó la peste como zamuro sobre un animal en agonía. Murieron muchos orticeños, cinco por día, siete por día, y fueron enterrados quién sabe dónde y quién sabe por quién. Otros, familias enteras, huyeron despavoridos, dejando la casa, los enseres, las matas del patio, el perro. Desde entonces adquirió definitivamente Ortiz ese atormentado aspecto de aldea abandonada de ciudad aniquilada por un cataclismo, de misterioso escenario de una historia de aparecidos.

Don Casimiro Villena cayó enfermo. La peste lo derribó con una fiebre que iba más allá del límite previsto por los termómetros. Su piel quemaba a quienes la tocaban, como las piedras de un fogón encendido. A las pocas horas de aquella ininterrumpida combustión interior, don Casimiro comenzó a delirar, a balbucir frases incoherentes, a relatar episodios que nunca habían sucedido, a ver fantasmas en los rincones del cuarto.

– ¡Déjame en paz, alma de Julián Carabaño, déjame en paz!

Incluso voceaba palabras soeces que doña Carmelita jamás había escuchado antes y que oía entonces sin entenderlas, sacudida de espanto, acurrucada en el mecedor de esterilla y encomendándose a las ánimas del purgatorio.

Finalmente, después de muchos días de arder como un pabilo, cedió la fiebre. Pero quedó el delirio, el desvarío, la ausencia. Don Casimiro Villena dejó de ser quien era para transformarse en una sombra que vagaba por los corredores de la casa gruñendo murmullos que no llegaban a palabra, articulando palabras que no llegaban a frase. Doña Carmelita sostenía que no fueron la peste ni la fiebre las causas verdaderas de «la tragedia», sino el tanto trabajar, el escaso dormir, el demasiado hacer y pensar, la preocupación trascendental de don Casimiro por los problemas grandes o pequeños de este mundo. Ella lo aseaba, lo vestía, le servía la comida en la boca como a un niño. Ella interpretaba a su manera los gruñidos y sostenía con él extraños diálogos:

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