Miguel Silva - Casas muertas
Здесь есть возможность читать онлайн «Miguel Silva - Casas muertas» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Casas muertas
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Casas muertas: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Casas muertas»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Casas muertas — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Casas muertas», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
– Cuénteme la historia de Juan Ramón Rondón -le pedía Carmen Rosa una noche.
– Pero niña -rezongaba Cartaya complacido-. ¿Otra vez? Si ya te la debes saber de memoria.
Carmen Rosa esbozaba un ademán de protesta que sabía innecesario porque ya Cartaya se disponía a reiniciar aquel relato tan propicio a las noches sin luna, cuando las pocas luces del pueblo adquirían un brillo blanquecino y emanaba una tristeza recóndita de las casas caídas.
– Juan Ramón Rondón era un muchacho de Ortiz, buen jinete y buen gallero, que llevaba amores clandestinos con la esposa del hacendado Pedro Loreto…
»Cuando el marido ensillaba la mula y tomaba la trocha que conducía a la hacienda, Rondón la esperaba en la otra orilla del río, a la sombra de un bosque que la estación de lluvias salpicaba de pascuas moradas.
»Hasta que una vecina -contaba Cartaya-, extrañada por aquellos paseos de la señora, le fue con el cuento a Loreto. Y el marido, ya en sospechas, anunció un viaje largo de cinco días, se despidió de su mujer con el más tierno abrazo y, en la mula bien provista de bastimento, salió por el camino real que iba a La Villa.
»Los amantes decidieron encontrarse esa noche en la casa de ella. Era justamente su más hondo deseo, besarse entre cuatro paredes y no en el monte, no hostigados por las espinas de los cardones, no con la mitad del corazón puesta en el beso y la otra mitad encogida por el temor de que alguien, un cazador, un niño vagabundo, un caminante extraviado, los sorprendiese.
»Aquella misma noche -continuaba Cartaya- esperó Juan Ramón Rondón que se apagaran las luces de Ortiz, que se cerraran las puertas del billar, que se retiraran los conversadores de las esquinas, antes de tomar el camino de la casa de Pedro Loreto.
»Pasada la plaza de Las Mercedes, ya apagado a su espalda el rumor del Paya, Juan Ramón vio venir en sentido contrario una hamaca que cargaban dos hombres de larga sombra. Al principio supuso que traían un enfermo, pero luego, al observar el lado azul de la cobija hacia arriba, a la luz del farol que un tercer hombre llevaba, comprendió que se trataba de un cadáver.
»Ya se cruzaba con ellos. Se descubrió Juan Ramón y formuló sin detener el paso la pregunta ritual:
»-¿Quién es el difunto?
»Y el del farol, flaco bejuco embozado, respondió con voz ronca que se tornaba prolongado calderón en el arrastrar de las oes:
»-¡Juan Ramón Rondón!
»Su propio nombre. Se estremeció y preguntó luego, como si ya estuviera enterado de la forma en que había muerto aquel desventurado homónimo suyo:
»-¿Quién lo mató?
»-¡Pedro Loreto! -le respondió la espesa voz del hombre del farol.
»Y se alejaron en tanto que Juan Ramón Rondón proseguía su camino sin entusiasmo. Aquel muerto que tuvo su mismo nombre, asesinado por un hombre cuyo nombre era igual al del marido de su amante, lo había puesto caviloso y desazonado. En ese trance se hallaba cuando, al doblar un recodo, divisó un segundo farol que avanzaba a su encuentro.
»Era una hamaca idéntica a la primera, una cobija con el lado azul hacia arriba, un cadáver de iguales dimensiones. No así los cargadores, esta vez dos ancianos desharrapados, de franelas mugrientas: ni el farolero, esta vez un enano de hinchada, monstruosa cabeza.
»-¿Quién es el difunto? -volvió a decir impensadamente Juan Ramón, como movido por una voluntad ajena a la suya.
»Y el enano, con voz más ronca que la del primer farolero, aún más sostenido el calderón de las oes:
»-¡Juan Ramón Rondón!
»-¿Quién lo mató?
»Conocía de antemano la respuesta que se le venía encima:
»-¡Pedro Loreto!
»Otra vez su nombre y otra vez el del marido a quien burlaba. Los dedos fríos del miedo se cerraban en la garganta de Juan Ramón, le paralizaron el correr de la sangre, le espantaron el amor y el deseo. Conteniendo el aliento desanduvo lo andado y regresó a su casa.
»Cien pasos más allá de la segunda hamaca -concluía Cartaya- pasó Pedro Loreto toda la noche, con una lanza apureña en la mano, esperando a un hombre para clavársela en el costado.
A Carmen Rosa le agradaba en extremo aquella historia donde nada sucedía finalmente. Donde no obstante los augurios de muerte que la voz y los gestos de Cartaya sugerían mientras la relataba, las cosas continuaban como estuvieron y los amantes seguían viéndose y besándose asustados en un umbroso recodo del río.
Capítulo III. La señorita Berenice
7
Cuando Carmen Rosa nació ya Ortiz había comenzado a desplomarse. Entre ruinas dio sus primeros pasos y ante sus ojos infantiles fueron surgiendo nuevas ruinas. Aquella casa de dos pisos, frente a la plaza, no estaba todavía tumbada cuando Carmen Rosa hizo su primera comunión. Se derrumbó más tarde, cuando sus dueños la abandonaron y vinieron unos hombres desde San Juan a llevarse las tejas y las puertas. Carmen Rosa recordaba las sólidas puertas de oscura madera y las aldabas formadas por monstruos de metal con cuellos de serpientes en cuyos vientres de cabras se engarzaban las pesadas argollas.
Era una de sus travesuras favoritas hacer sonar las grotescas aldabas cuando regresaba con Marta de la escuela. Marta le tenía miedo al ruido bronco del golpe, le tenía miedo a las horribles quimeras de las aldabas, y a los dueños de la casa cuando la casa tuvo dueños y a los fantasmas de la casa cuando los dueños la deshabitaron. Pero tenía que quedarse en su sitio, porque también le daba miedo echar a correr, mientras Carmen Rosa tomaba con ambas manos aquellos feroces demonios de bronce y los dejaba caer una y otra vez sobre las chapas de metal de la puerta.
El recinto de la escuela era el corredor de la casa de la señorita Berenice, ocupado por tres largos bancos sin espaldar, la mesa de la maestra y un viejo pizarrón que la señorita Berenice encharolaba todos los años. Era una escuela de niñas. Las alumnas no pasaban de veinte en aquellos tiempos, pero muy rara vez asistieron todas juntas a clases. Siempre sucedía lo mismo:
– Manda a decir misia Socorro que Elenita no puede venir hoy porque está con calentura.
– Que la niña Lucinda no se pudo levantar hoy de la cama.
La que no se enfermaba nunca era Carmen Rosa. Y como, por añadidura, era la única que prestaba real atención a las cosas que la señorita Berenice decía, alguien hubiera podido pensar que la maestra dictaba las clases exclusivamente para ella.
– Como tú eres la consentida… -se lamentaba Marta, o Elenita o cualquier otra.
Y Carmen Rosa sonreía sin concederle importancia al dicho. Si ella gozaba el privilegio de venir diariamente a clase era porque el paludismo no le hacía arder la sangre; si podía estudiar en la casa era porque el anquilostomo no le había roído la voluntad. Y le sobraban fuerzas para saltar por sobre las hierbas que asomaban entre las grietas de las aceras y para encaramarse a las matas de guayaba y para nadar en el río y para lanzar piedras a los pájaros, como los varones.
Una vez fue con los varones y con Marta hasta el cementerio viejo. Marta, naturalmente, temblando de miedo se negó a acompañarlos. Pero Carmen Rosa le infundió ánimo, y como estaba con ellas la figura guardiana de Olegario, Marta concluyó por arrostrar la aventura.
Era preciso abandonar el camino y atravesar una siembra de frijoles para divisar la tapia del cementerio abandonado. Ya no existía el portal. La propia tapia se había derrumbado en muchos sitios, pero la trabazón de los bejucos, las pencas superpuestas de las tunas, los troncos y las ramas de los cujíes, ocultaban las tumbas. Olegario usó el machete y abrió una pequeña trocha para que pasaran las niñas. Ya los varones se habían escurrido por entre las lianas como cabras y uno de ellos, tenía que ser Panchito, se había trepado al mausoleo más alto y desde allá arriba silbaba imitando el canto de los turpiales.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Casas muertas»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Casas muertas» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Casas muertas» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.