Miguel Silva - Casas muertas

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– ¿Qué hay de nuevo? -decía ella por romper un largo silencio.

– Nada. Se le murió la burra negra a la señora Socorro, de una gusanera…

Y se mordía los labios al comprender que estaba diciendo una torpeza, una vulgaridad inadecuada.

– Anoche se cayó la pared más alta de la casa de los Vargas en la calle real -decía, cambiando de tema-. ¿Te acuerdas?

Se acordaba Carmen Rosa. Celestino la llevó una vez a las ruinas de esa casa que conservaba intactas la puerta principal y una ventana por la cual asomaban a la calle las ramas desesperadas de un árbol. Al trasponer la puerta, el interior derrumbado explicaba la fuga del árbol, su atormentado afán de escapar de aquella desolación. Quedaba una pared muy alta, al fondo, cubierta de grietas y costras amarillas, arañada por enredaderas salvajes. De la pared emergía una viga rota, como un brazo partido, como un oscuro muñón implorante. Celestino se perdió entre los escombros y volvió al rato con un pichón de paloma poncha que había cazado para ella.

Ahora también le traía regalos: doradas naranjas de San Sebastián, un peine que le compró al turco Samuel, gonzalitos en castaño y amarillo, paraulatas en sepia y gris.

– Gracias, Celestino -decía Carmen Rosa, muy seria.

Pero no sonreía cuando él le hablaba, ni cuando la paraulata rompía a cantar sobre el mostrador, y Celestino comprendía una vez más que era mejor no decirle nada porque, al responderle ella que no lo quería, tendría que renunciar a todo, inclusive a la esperanza.

Capítulo V. Parapara de Ortiz

13

Un día de Santa Rosa apareció Sebastián. No porque las casas se estuvieran cayendo, ni porque la gente hubiera huido o muerto, dejaba de celebrarse en Ortiz el día de Santa Rosa. Cura había, iglesia había, campanas había y también tocadores de cuatro y maracas. Epifanio, el de la bodega, pulsaba aceptablemente el arpa y Pericote cantaba galerones. Se jugaba a los gallos, no en gallera pública sino en el corral de la casa del jefe civil, cuando no en la trastienda enladrillada de la bodega de Epifanio. Y por la tarde salía Santa Rosa en procesión, con treinta mujeres, quince niños y diez hombres, casi todos enfermos, pero salía.

Panchito y Celestino, de liquiliquis almidonados, entraron a la casa de las Villena cuando reverberaba el sol del mediodía. Venían de los gallos, hablando de Sebastián.

– Es un muchacho de Parapara -explicó Panchito a las mujeres- que trajo un zambo muy bonito para pelearlo aquí.

Le soltaron el mejor gallo del lugar, el marañón del coronel Cubillos, con cinco peleas ganadas y de nombre Cunaguaro. Al jefe civil se lo había enviado, como regalo de cumpleaños, desde San Juan de los Morros o desde el propio Maracay, un compadre y paisano suyo. Y había ganado ya, todas por muerte, esas cinco peleas a los gallos más bravos de Ortiz y San Sebastián.

El muchacho de Parapara extrajo su gallo calmosamente de la busaca blanca y dijo sopesándolo:

– ¿No habrá en Ortiz un gallo fino para este pollo ordinario?

– ¿Con cuánto quiere jugarlo? -retrucó el coronel Cubillos socarronamente.

– Traje diez pesos de Parapara -dijo Sebastián.

– Diez pesos son cuatro lochas.

– Yo también traje cinco pesos -intervino un primo de Sebastián que había venido acompañándolo.

– Bueno -accedió el jefe civil-. Van los quince pesos.

Y dirigiéndose a uno de los dos palúdicos agentes de policía del pueblo:

– Juan de Dios, vaya a buscar a Cunaguaro.

Mientras llegaba Cunaguaro, Sebastián soltó el zambo en el patio. Era un hermoso gallo de pelea. Alta la cabeza desafiante, de duro acero las afiladas espuelas, haz de plumas relucientes la cola altanera. El sol llanero arrancaba destellos de esmalte a los ardientes colores del plumaje.

Trajeron a Cunaguaro, el marañón de asesinos ojos vidriosos. Era un gallo de cría, de genuina raza española, altas las patas y largas las plumas de la cola. Juan de Dios lo cargaba con grandes miramientos, cual si le profesase al gallo tanto respeto y tanto miedo como al jefe civil.

Más que soltarlo, se le salió de las manos a Juan de Dios para hacerle frente al zambo de Sebastián que lo esperaba a pie firme. Se miraron un rato con ojos de candela, engrifadas las gorgueras del cuello, acechando la brecha para la herida. Y fue el zambo el primero en arrojarse al ataque, saltando con embestida de tigre al pecho del marañón, esgrimiendo como lanzas las espuelas en el ventarrón del asalto.

– ¡Vamos, mi zambo! -gritó Sebastián.

Cual si lo impulsara el grito familiar, el gallo de Parapara cargó con mayor saña. Esta vez el pico fiero se prendió del buche de Cunaguaro y la espuela del zambo abrió una honda puñalada en el cuello de su adversario. Una sangre oscura y bombollante se extendió sobre el grana vivo del pescuezo.

– ¡Vamos, mi zambo, que está mal herido! -volvió a gritar Sebastián.

Era un valiente el marañón del coronel Cubillos. Por el boquete de la herida fluía la sangre como el agua de un caño, y peleaba, sin embargo, con renovada furia, batiendo una y otra vez su pecho contra el pecho del zambo, saltando una y otra vez con las espuelas en ristre. El jefe civil, que lo veía perder sangre y presentía su debilitamiento, miraba el combate silencioso y ceñudo.

Súbitamente el marañón inició una extraña maniobra. Dio la espalda al contrario y comenzó a correr en círculos, simulando que huía. Sebastián comprendió la treta y temió por su gallo que, ya confiado en la victoria, perseguía impetuosamente a Cunaguaro para rematarlo.

– ¡Vamos, mi zambo, que está huido! -gritó sin mucha convicción.

Pero sabía muy bien que no estaba huido un gallo tan bizarro como aquel. Aliviado del ahogo detuvo en seco su fuga, dio frente al zambo que lo acosaba desprevenido y le clavó un tajante espolazo en el ojo derecho, vaciándole la cuenca. El gallo de Sebastián se tambaleó con el equilibrio perdido y fue a estrellarse contra la pared del patio.

Un griterío estremeció la gallera improvisada. Los partidarios de Cunaguaro, que ya habían considerado perdida su causa, reaccionaron clamorosamente ante el giro inesperado que tomaba la pelea. Sebastián, pálido y cruzado de brazos, apretaba los dientes con mantenida rigidez.

– Lo mató, coronel -chilló Juan de Dios servilmente.

El jefe civil tardó unos instantes en recuperar el grito, en estallar en actitud agresiva y despiadada:

– ¡Vamos, Cunaguaro, que ese pataruco no es pelea pa ti! ¡Acaba con esa mierda, Cunaguaro!

Y volviéndose hacia Sebastián y su primo:

– ¡De a catorce doy al marañón! ¡De a catorce doy a mi gallo!

Y, al recordar que Sebastián no tenía sino los diez pesos que ya había apostado, insistió implacable:

– ¡Fuertes a bolívar doy! ¡Y si tiene miedo no los apueste!

Sebastián se limitó a mirarlo fijamente. En los ojos de ambos espejeaba, no ya pasión de jugadores, sino odio, el mismo odio que fulguraba en los ojos de los gallos y los obligaba a herirse y a matarse sobre la tierra del patio.

Pero la pelea no había concluido. El zambo de Sebastián, tuerto y sangriento, volvía en busca de Cunaguaro. Y éste lo esperaba en el centro del corro de hombres, ya consciente de su ventaja, dispuesto a asestar el segundo golpe mortal.

– ¡Vamos, mi zambo! -gritó fieramente Sebastián, pero ya no mirando a los gallos sino al coronel Cubillos.

– ¡De a catorce doy a mi gallo! -insistía el jefe civil.

El zambo, apoyándose en el muro, juntando en un solo impulso todas sus restantes energías desesperadas, se había lanzado cual relámpago de sangre y plumas al pecho del marañón. La cuchillada de la espuela, centuplicada por la velocidad del envión y por el peso del gallo zambo, se hundió en el oído de Cunaguaro, dando con él en tierra, la cola abierta como un abanico roto, el cuello torcido y tembloroso. Después se tendió agarrotado, rígido, muerto.

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