– No debes hacer caso cuando te digan que tu padre fue un mal hombre y un gandul… Era un poco desgraciado, ¿sabes? Había anclado aquí en la isla, y él no estaba hecho para eso. Era un tipo algo bohemio y vagabundo… Por eso seguramente se enfadó con su familia de Madrid. A veces un hombre sale así, y entonces es una desgracia: no puede parar en ningún sitio. Siempre tiene ganas de marcharse.
– ¿Y una mujer?
El abuelo se echó a reír y le acarició la cabeza.
– No, una mujer no… Nunca oí eso. Iría contra la naturaleza.
Sin embargo, Marta se estaba convenciendo de que, a pesar de todo, algo de vagabunda tenía ella. Siempre soñaba con ver países lejanos. Las sirenas de los barcos le arañaban el corazón de una manera muy extraña.
Cuando su abuelo murió, José, que era su tutor, le permitió seguir sus cursos de Bachillerato; pero durante dos años no lo hizo oficialmente, sino en un internado de monjas. Le hubiera gustado estar allí, porque se acomodaba con facilidad a todas las circunstancias, si no hubiese sido por aquella opresión de saberse encerrada en un edificio. Más tarde, José, que nunca dejó de vivir en la finca, se casó con una enfermera de Teresa. Esto había sucedido la primavera anterior, y Marta volvió a la casa con el matrimonio, y a sus estudios oficiales.
Marta, mientras se desnudaba, veía los cajones de su escritorio descuidadamente abiertos, vacíos por completo. Aquella misma tarde había trasladado los libros y los papeles a un escritorio de la salita de música, un cuarto en la planta baja de la casa donde ella pensaba dormir cuando llegaran los parientes. Iba a ceder su alcoba a la tía Honesta. En la casa sólo había un cuarto de huéspedes, que debería ser ocupado por Daniel y su mujer. Apagó la luz y quedó con los ojos abiertos, pensando mil cosas insensatas. Veía brillar las estrellas en el recuadro de la ventana. Llegó un ligero rayo de luz desde la lejanía del jardín; Marta sabía que Chano, el jardinero, se estaba acostando en su camareta sobre el garaje. Aquella luz se apagó en seguida.
Marta no podía suponer que el grandullón jardinerillo era miedoso y estaba pasando el peor rato de la jornada. Atrancaba con cuidado las maderas y se quedaba escuchando los negros golpes del viento en los muros del aislado garaje. Las paredes de su cuarto, llenas de fotografías de artistas de cine que el muchacho recortaba de revistas, le parecían en aquel momento hostiles. Miraba cuidadosamente debajo de la cama antes de meterse en ella, y al apagar la luz se tapaba la cabeza con la sábana. Nadie supo nunca estos terrores del muchacho.
Al poco rato, tanto él como Marta, como seguramente todos los de la casa, dormían aquella noche.
Se abrió una puerta del jardín y los perros ladraron furiosamente. Chano se encogió entre sueños. Los perros dejaron la ladrar en seguida, y el muchacho dormido se tranquilizó.
En aquel momento fue cuando se despertó Marta. Nunca le sucedía esto, y hubiera jurado que ni siquiera había dormido, tan espabilada, viva y trémula se sentía. Era como si hubiera oído de nuevo las sirenas de los barcos, o como si la hubieran llamado por su nombre angustiosamente.
Se había dormido pensando en sus cuadernos, en sus papeles. No los había trasladado todos al cuarto de música. Hacía mucho que parte de ellos los escondía entre unos libros viejos olvidados en una caja de embalaje en el desván. Hacía eso desde que supo que Pino solía registrar sus cajones. Además, aquella habitación, el desván, tuvo siempre un particular atractivo para la niña. La descubrió en la época en que aún vivía con su abuelo. Todos los domingos, durante aquellos años, el viejo y la niña, acompañados por el médico, subían al Monte a ver a la enferma, y pasaban el día allí. Marta encontró aquel cajón de embalaje con los libros que habían pertenecido a su padre, y sintió un gran placer de irlos leyendo uno a uno en secreto. Ni a su abuelo, que fiscalizaba cuidadosamente sus lecturas, se atrevió a decirle nada de esto. Más tarde, cuando ella empezó a escribir fantasías, le gustaba escribirlas allí.
Aquella noche pensó en sus "leyendas". Desde que supo la llegada de los forasteros, estas leyendas habían tomado cuerpo en ella. Inventaba cosas de la isla mezclando en los relatos a su propia persona con los demonios y los dioses guanches, y esto lo hacía como una especie de ofrenda a los que iban a llegar, para los que Gran Canaria era un país desconocido y sin descubrir. Últimamente estas cosas que ella escribía se convirtieron en una gran ilusión para Marta. Le gustaban. Pensaba que por hacerlas quizá fuera digna de aquellos artistas, de aquellos creadores de belleza que eran sus tíos.
El deseo de escribir se le hizo tan fuerte que la envolvió en una ola cálida de entusiasmo. Se lanzó de la cama, descalza y en camisón, como un pequeño fantasma. Sin encender las luces se encontró en el corredor de las alcobas. Dos ventanas dejaban pasar la tenue claridad del cielo. Al final de aquel corredor, una escalerilla de caracol, muy oscura, subía hasta el desván. A cada paso aquellos escalones crujían. En la negrura, Marta sintió un ligero vértigo y se agarró a la barandilla para no caer, pero el deseo que la llenaba era muy grande. Siguió subiendo, y suspiró de alivio al encontrar la puerta y la gran llave puesta en ella. La puerta chirrió al abrirse, y en el silencio de la noche aquel ruido resultaba estremecedor. Un aire frío y negro le dio en la cara. Buscó el interruptor de la luz con cierto nerviosismo.
Muchos años atrás, aquella habitación, que era una especie de torrecilla en la casa, con cuatro ventanas, le había gustado a Luis Camino, y pensó instalar en ella su biblioteca. El proyecto quedó abandonado, como tantos otros, en la abulia que presidió la última época de aquel hombre. Sus libros quedaron en el cajón de embalaje, entre muebles y maletas viejos.
Marta fue hacia aquel cajón y levantó hábilmente dos tablas. Allí estaba el cuaderno con su diario y el otro de las leyendas. El corazón le golpeaba. Allí tenía siempre un lápiz preparado. Lo mordió y luego empezó a escribir con cierto arrebato:
"Gran Canaria…
"La luz de la mañana, verde, tiene una frescura salobre, marina, como si la isla saliese de las aguas cada amanecer.
"Marta, después de una noche inquieta, llena de proyectos, se duerme al fin. El pequeño mar de sus sábanas crece hasta cubrirla y es el océano infinito y brillante del día en que Alcorah, el viejo dios canario, sacó de su fondo azul las siete islas afortunadas. Una oleada cálida y húmeda viene de las tierras recién creadas. El corazón palpita brutalmente, ciego, entre la bruma pegajosa del mar. Hay imágenes y sombras de islas que danzan.
"La voz de Alcorah llena de oro los barrancos, crea nombres y deshace nieblas. Las palmeras, los picachos, los volcanes, surgen en una luminosa, imponente soledad… Marta se llama Marta en un campo de viñas calientes de Tamarán, la isla redonda.
"Leyendas de gigantes y de montañas suben a su alrededor como el vaho de la calina a mediodía.
"Así, Bandama, la montaña negra, la que Marta tiene delante de sus ojos, aparece con su historia antigua. Bandama es el gigante que instaló en los días del caos de la isla la gran caldera, donde hizo hervir el fuego infernal los primeros componentes de la vida de los diablos. Hervor y locura que no resistieron a la sonrisa de Alcorah. La gran caldera hirviente se convirtió, con este conjuro, en un inmenso nido de pájaros.
"«Así pasará con tu corazón», dice Alcorah a Marta en esta noche de sueños.
"Sombras de nubes cruzan sobre el viejo volcán apagado y la voz del dios de las islas se va por los barrancos dejando ecos imprecisos y angustia. Marta se ha visto al pie de la Caldera, cerca de su casa, que aún no existe, sola, entre el dolor de las viñas y de las higueras.
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