La Gran Canaria era la isla a la que iban, la antigua Tamarán de los guanches. Estaba casi en el centro del archipiélago. En el mapa aparecía redondeada en forma de cabeza de gato que sólo tuviera una oreja, en el noroeste. Esta oreja es la isleta; el istmo que la une al resto de la isla da lugar, al este, a la gran rada origen del Puerto de la Luz; al oeste, a la hermosa playa natural de Las Canteras, que no es la única de la ciudad de Las Palmas.
La ciudad se extiende desde las estribaciones de la isleta formando el barrio del puerto, por todo istmo, en una barriada jardín frente al puerto, y sigue luego a lo largo de la costa hasta alcanzar los barrios de Triana y Vegueta, que son su verdadero corazón. A espaldas de estos barrios se alzan riscos que forman calles populares, escalonadas, de casitas terreras, encaladas o pintadas de colores.
Todo esto lo ignoraban los forasteros. Matilde señaló solamente en el mapa el lugar aproximado donde debían encontrarse en aquel momento: dando la vuelta a la isleta, para entrar en el Puerto de la Luz.
Se oyó su voz precisa, de profesora consciente:
– Gran Canaria… Estamos en el centro del archipiélago. Entre los 27° 44' y los 28° 12' de latitud Norte, y los 9º 8' 30" y 9° 37' 30" de longitud Oeste.
Cerró el mapa y comentó de nuevo:
– Unamuno no se explicaba por qué llamaban a este archipiélago el de Las Afortunadas, y Paul Morand dijo que Las Palmas, precisamente Las Palmas, era el rincón más feo del mundo.
Pablo sonrió. Matilde le hacía gracia, sobre todo viéndola junto a su marido. Ella le miraba aguda, con sus ojos grandes, redondos y feos.
– Matilde, ¡qué cosas dices! ¡Si aquí hay un clima estupendo! Muchas montañas de gran altura y, según mis noticias, toda clase de cultivos, desde las plantas tropicales junto al mar hasta los árboles de tierras frías… Mira ahora. No parece que esto sea el rincón más feo del mundo.
Estaban entrando en el puerto. La ciudad parecía bella, envuelta en aquella luz de oro.
Los soldados, apiñados en las cubiertas, se conmovían, lanzaban vivas. Todo el viaje lo habían pasado en continuas juergas, acompañándose con guitarras o con simples canciones de la tierra: isas y folías.
– Siempre me parecieron terribles las islas… Y las islas volcánicas, más. No puedo remediarlo: me pone nerviosa pensar que de pronto pueda haber una erupción.
Hones se volvió a Pablo mientras un suspiro hinchaba su pecho. Sonrió muy aniñada.
– Si eso le pasa a Matilde, que es valiente, figúrate a mí, Pablito… Pero prefiero imaginarme bosques de cocoteros y ukeleles y todo lo demás, aunque sé que no existen… ¡Y soy como una niña!
Daniel dijo, con una voz tenue, que no iba a conocer a su sobrino.
– ¡Oh, Daniel! No creo que aquel niño pueda haber cambiado tanto. Ya era muy alto cuando lo dejamos de ver…
Esto lo decía Hones. Matilde no conocía a José.
– Mi pobre hermano Luis -explicó Daniel para Pablo- se empeñó en venirse a estas islas porque tenía la mujer tuberculosa y le dijeron que el clima sería bueno. Se vino aquí con ella y con el hijo; pero a los pocos meses su esposa murió. Más tarde contrajo nuevas nupcias y de ellas quedó un bebé, una nena, a la que no conocemos.
Matilde interrumpió, mientras oteaba con sus ojos saltones a aquel horizonte del puerto y los muelles que se les acercaban por minutos:
– Algo más que un bebé será, si tu hermano murió ya hace diez años.
– Sí, murió en un accidente de automóvil. Su segunda mujer está delicada, según nos escriben, y el nene…, quiero decir mi sobrino José, a quien siempre llamamos así, es ya un señor casado y todo… Creo incluso que tiene más edad que tú, Pablo.
Hones levantó la cabeza, que llevaba envuelta en una gasa verde, bajo la que brillaba el cabello oxigenado. Le molestaba oír hablar de edades.
– ¡Qué hermoso día, Pablito…! Ya llegamos.
– ¡Ahí está! -dijo Daniel, excitado-. Es inconfundible.
Honesta miró. Vio en el puerto la flaca figura oscura, rematada por una cabeza albina, y vio que aquel hombre les saludaba con un pañuelo. En la mano centelleaba algo, una sortija.
Ella también agitó el pañuelo y lo llevó luego a los ojos, conmovida.
– La familia, Pablito… ¡Es conmovedor! ¡La voz de la sangre! Comprendo que soy tonta…
Pablo se reía sencillamente, enseñando unos dientes blancos. Muy interesado, al mismo tiempo que escuchaba a Hones, por el espectáculo del puerto. La familia Camino siempre le divertía muchísimo.
Él dilató la nariz al olor de la tierra, que después de varios días de navegación dejaba sentir su perfume. Se sintió cautivado por el espectáculo de los muelles y achicó los ojos inconscientemente para recoger mejor las gradaciones de la luz. Después de unos años muy angustiosos tuvo una sensación grata, como si en verdad hubiera llegado a un refugio. Tuvo la impresión liberadora de que estaba empezando a zafarse de ciertas obsesiones íntimas y amargas.
Marta Camino vio bajar por la pasarela del barco a Honesta y a Pablo, y detrás de ellos a Matilde y Daniel. Pablo fue presentado rápidamente y se despidió en seguida.
– Es un amigo -dijo Honesta-. Un pintor célebre… en realidad, genial…
Marta siguió con los ojos durante un momento a aquel joven pequeño y enjuto, de cabellos rizados, que, a pesar de su cojera, se alejaba ágilmente apoyado en su bastón y seguido por los maleteros. No le sorprendía que sus tíos madrileños fuesen amigos de las gentes más interesantes y geniales del mundo. El mismo Daniel, a pesar de su sorprendente aspecto a un tiempo atildado e insignificante, era director de orquesta y compositor: un músico extraordinario. En cuanto a Matilde… Marta la miró anhelante y casi con miedo. Aquella mujer alta, joven, de facciones acusadas, que tenía una hermosa trenza castaña rodeándole la cabeza, era una poetisa célebre. Marta, que estudiaba el Bachillerato y que pasaba con síntomas de gran virulencia el sarampión literario, se sentía transportada a la idea de que en su casa iba a vivir una escritora "de verdad". Honesta, muy rubia y rebosante, llena de gestos lánguidos y afectados, era hermana de ellos. Respiraba desde siempre aquel ambiente de arte, de preocupaciones intelectuales en que Marta imaginaba que los forasteros estaban como sumergidos; participaba en el encanto de aquellos seres mágicos.
Los seres mágicos hicieron poco caso a su tímida y enmudecida sobrina. Solamente Hones, como si hubiese esperado verla en mantillas a pesar de los dieciséis años que Marta tenía, se asombró de que hubiese crecido tanto. Mucho más se dedicaron todos a José y a Pino, y contemplaron con agrado el magnífico automóvil que les esperaba.
Daniel era muy viejo. No tenía una sola cana en los cabellos rojizos y rizosos que encubrían algunas calvas, no tenía grandes arrugas en la cara gordinflona, pero era muy viejo. Quizás esta impresión se recibía al oír su voz aflautada llena de notas falsas. Decía:
– No está mal el cochecito, José. ¿Último modelo?
José enseñó sus dientes feos.
– Lo cambio cada dos años.
El automóvil era amplio. Conducía José, y Daniel y Marta iban a su lado holgadamente en el asiento delantero. Detrás, las otras tres mujeres.
Marta sentía que estaba flotando en una especie de niebla de dicha. Casi no podía oír las conversaciones de los otros porque aquella dicha la ensordecía. La ciudad desfilaba, se abría al paso del parabrisas.
"¿Cómo será una ciudad que no se ha visto nunca?", pensó Marta. Trató de imaginarse que ella misma era una viajera recién llegada. Le pareció, sólo de pensarlo, que el cielo se hacía más profundamente azul, las nubes blancas más inquietantes, los jardines más floridos.
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