– ¿Qué decía?
– Ah, bobadas… Que te cuidaban mal, ¡qué sé yo! Se sentía un hombre muy puro… Pero siéntate a mi lado, aquí, un poquito, ¿eh? Sí, hay que ser precavidos.
Yo podría contarte muchas cosas con mi experiencia…
Marta estaba sentada justo en el extremo de un incómodo sofá, lo más lejos posible de Daniel, en la habitación cuya penumbra atravesaba un rayo de sol. Su corazón golpeaba como una puerta a la que alguien llama. Aquellos golpes los oía claramente. Se confundieron haciéndose agudos, con la campanilla de la verja del patio. Comprendió que llegaban sus tías de la calle. Entonces miró a Daniel y vio que el viejo la estaba contemplando con la cabeza inclinada hacia un lado. La cara de Marta quedó iluminada por aquel rayo de sol que atravesaba la estancia y era una cara tan carente de picardía, con tal atontamiento en la expresión que Daniel perdió su entusiasmo.
Sus tías no le dijeron nada de lo que Daniel había insinuado. Venían un poco excitadas porque habían estado tratando de averiguar en qué día podrían volverse a la península. Habían estado hablando con José. También con Pablo.
– Pablo estaba medio convencido de venirse con nosotros. Primero dijo que era demasiado pronto, porque quiere tomar unos apuntes en el sur de la isla. Luego, cuando le contamos que quizá tengamos que aguardar un mes para tener pasaje, dijo que era demasiado tarde. ¡Cualquiera lo entiende!
Marta no comió aquel día casi nada. De cuando en cuando la sangre refluía a su corazón, como cuando hablaba con Daniel y producía aquellos extraños sonidos, golpeaba con aquellos fuertes aldabonazos que le impedían, ensordecida, hacer otra cosa cualquiera que sentirlos.
Dentro de este ruido, cuando salía con su cartera al brazo hacia el Instituto, aun oyó a Daniel, malicioso, amical, susurrando a su oído:
– … No lo olvides. Todo es la forma… La forma…
Aquella tarde recibió, asombrada, algunas bromas de sus amigas sobre el mismo asunto de su noviazgo, y quizá para este asombro no había ningún motivo. Pero algo de lo que dijo Daniel hizo que la mañana en la playa quedara tan atrás en su vida como si todas las cosas sucedidas en ella, aquellas inocentes conversaciones, aquel sol, el agradable contacto de unas manos y unos labios quedaran en un año lejanísimo, casi irrecordable. Otras cosas la mortificaban. Otras la complacían.
"Pablo estaba indignado."
Este pensamiento era capaz de hacerla llorar de gratitud, de alegría y de vergüenza a la vez. Él se interesaba. Era cierto entonces que no había querido seguir su amistad porque nadie pudiera hablar de ella. Porque nadie la ofendiera a ella.
"Yo le explicaré."
Cuando pensaba esto, sus ojos se iluminaban. Casi le parecía que nunca fue cierto que ella hubiese tenido el principio de un amorío… Algo durante algún tiempo había suavizado aquel obsesionante y doloroso sentimiento de pensar en Pablo, pero de pronto se descorría, desaparecía aquello como un telón y quedaba otra vez su alma desnuda. Sola su alma, limpia de todo. Sin más imagen en ella que la imagen de Pablo. Al cabo de un momento estos descubrimientos le causaban pesar en vez de alegría, o un dolor horrible, si recordaba las palabras de Honesta: "Le dijimos que aún tardaríamos un mes en conseguir los pasajes y dijo que entonces era demasiado tarde".
Fueron unas horas muy malas. Es muy difícil sentir el alma revuelta de esta manera, tener ganas de llorar o de reír tontamente y estar mientras tanto exteriormente tranquila, sentada durante toda una tarde en el Instituto escuchando a diferentes profesores explicar distintas asignaturas, y para colmo estar expuesta a que le pregunten algo que de ninguna manera puede recordarse en momentos así.
Por la noche, al llegar a la finca, José preguntó por su hermana. Pino había bajado a Las Palmas aquella tarde y venía con él.
Había acudido Lolilla, la criadita flaca, que le informó:
– Llegó hace un momento. Subió a estudiar.
– ¡Llámela!
Marta, que con un espíritu muy alejado se esforzaba en tener delante un trozo latino, como si estuviera en condiciones de descifrarlo, acudió a aquella llamada y bajó las escaleras contemplando angustiada y aburrida el gran comedor y la mesa puesta para la cena. Después de cenar podría estar sola por completo. Apagaría la luz y no entraría nadie a molestarla.
José estaba junto a un ventanal. Pino, en traje de calle, sentada en una silla, se estaba quitando allí mismo en el comedor los zapatos de tacones altísimos, que le hacían daño. La miró de reojo y vio que Pino la miraba también desafiante. Pino siempre parecía desafiante, como si estuviera en lucha perpetua y sus enemigos encarnasen sucesivamente en Marta, en las criadas, en José, en cualquiera… Todo aquello preparaba una escena decisiva en la vida de Marta. Algo que quizás años después ella recordaría vivamente. Pero no lo presintió.
Se acercó, como siempre, hacia su sitio en la mesa. No se sentó, pero se apoyó rígidamente en el respaldo de la silla. Frente a ella estaba el locero tan bonito, tan conocido. Lo miraba como tantas y tantas veces lo había mirado, cuando en aquel silencio su hermano la llamó, en voz muy alta, brusco. Sólo entonces comprendió que sucedía algo extraño. José demostraba un enfado tan verdadero, que Marta tuvo ganas de retroceder.
– Te he llamado para que me expliques delante de Pino todas tus trapisondas, tus engaños y tus tonterías…
Marta sintió miedo. Por un momento fue un miedo tan grande que le hizo temblar las rodillas con violencia. Se apoyó en un extremo de la mesa. Luego apretó los dientes, como en los últimos tiempos se había acostumbrado a hacer. Pensó: "Este rato pasará en seguida. Luego no tendrá importancia".
Hubo un silencio. Marta miró ahora a su hermano con la cabeza alta, muy fija, insolente.
– ¡Estoy esperando! -dijo José.
Marta descubrió que no podía hablar. No podía despegar aquellos dientes apretados, ni bajar la cabeza. Le parecía que nunca había visto a José tan colérico, y le había visto muchas veces. Nunca estuvo tan desarmada delante de él, porque allá en su fondo ella veía una razón de su enfado. Por eso, aterrada, seguía fija en su actitud insolente.
Pino se levantó de pronto, descalza como estaba, con el collar de Teresa en el cuello, adornada con anillos y pendientes de Teresa.
– ¿Pero no ves que es una…? ¡No eres hombre si no la matas!
Marta perdió su rigidez, furiosa, al oír el insulto de aquella voz.
– ¡Tú no te metas!
Pino dio una especie de chillido en el momento en que José cogió a su hermana por el cuello de la blusa y la tiró materialmente contra la pared. Luego se plantó ante ella con los ojos saltones, con una actitud tan terrible que ya tocaba en lo cómico.
Entonces Marta, que se había golpeado la cabeza, que veía a Pino dislocada, que notaba un extraño baile en las paredes, hizo una mueca a la que se había acostumbrado en los últimos tiempos. Sonrió.
José perdió la cabeza y empezó a cruzarle la cara a bofetones.
Marta sentía aquel dolor quemante, y sonreía. Este gesto era inconsciente. De allá adentro, de una parte de su ser que no razonaba sino presentía, le venía quizás esta sonrisa. Ahora era la única serena, la única fuerte.
Su hermano la insultó con la misma palabra que le había lanzado Pino. Luego se detuvo jadeante.
– No te atreves a contestar, ¿verdad? Nos has estado engañando a todos con la porquería de los estudios… A la playa todos los días con ese idiota… Después de enterarme de lo que corre de boca en boca por todas partes he hablado con el padre de Sixto esta tarde… ¡El buen hombre no tiene inconveniente en la boda…! Pero ¿qué te has creído…? ¿Quién te crees que soy yo para reírte de mí? ¿Qué boda ni qué porquerías a mis espaldas? -Yo no quiero casarme. Marta dijo esto muy fuerte, muy segura. José se desconcertó un instante. Luego volvió a la carga.
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