Lorenzo Silva - La mirada femenina
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Y sin embargo, la obra de Jane Austen se ocupa principalmente de reflejar la vida de las muchachas que nacían en el seno de la baja aristocracia rural inglesa, con sus monotonías, sus pequeñas intrigas y sus expectativas cifradas, casi siempre, en el matrimonio con un joven de valía y posición que, al mismo tiempo, no resultara demasiado insoportable. De baile en baile, de vacaciones en vacaciones, de compromiso en compromiso, de boda en boda. Confieso que cuando abrí por primera vez mi pequeño ejemplar inglés de Orgullo y prejuicio, cuya portada está decorada con una especie de diseño florido de papel pintado y con un joven y una joven de aspecto aristocrático conversando al pie de un carruaje, no me las prometía demasiado felices. Pero de pronto me vi envuelto por la elegancia de la prosa, y ya desde la primera página, por el principal mérito de Jane Austen: una ironía inagotable que convierte en oro todos los pequeños sucesos sobre los que resbala. Cuando sólo tenía dieciséis años, Jane escribió una Historia de Inglaterra, parodia ingeniosa del texto más o menos oficial de Goldsmith que la joven escritora, como todos los escolares de su país, había debido soportar. El subtítulo del texto ya es significativo: "Escrita por una historiadora parcial, ignorante y cargada de prejuicios". El texto, que rezuma malicia por todas partes, tiene como finalidad fundamental reivindicar la memoria de María Estuardo. Y así describe, por ejemplo, la muerte del Duque de Somerset, regente durante el reino de Eduardo VI:
"Fue decapitado, de lo que habría podido con razón sentirse orgulloso, si hubiera sabido que también ésa fue la muerte de María, reina de Escocia; pero como era imposible que tuviera conciencia de lo que aún no había sucedido, no consta que se sintiera particularmente feliz con aquel método".
Sobre esta joven Jane Austen escribió Virginia Woolf, por cierto, algo que bien puede extender su vigencia a toda la obra de la escritora:
"Las chicas de quince años están siempre riendo. Pero lo mismo están llorando al momento siguiente. No tienen un apostadero fijo desde el que puedan ver que hay algo eternamente risible en la naturaleza humana. Jane Austen, sin embargo, era diferente. A los quince años tenía pocas ilusiones acerca del resto de la gente y ninguna acerca de sí misma. Cualquier cosa que escribe está acabada y cerrada y puesta en relación, no con el personaje sino con el universo. Es impersonal, inescrutable".
Quizá sea eso lo que más sorprende de esta escritora, que escribiera acerca de una peripecia vital relativamente estrecha, en la que ella misma estaba encerrada, con semejante despego, remontándose por encima de sus limitaciones para ejecutar las más despiadadas y sarcásticas disecciones del alma humana. Es de notar que todos los personajes que aparecen en sus ficciones, los masculinos y los femeninos, aparecen traspasados hasta los huesos por la mirada de la narradora. Normalmente no soy entusiasta de estas superioridades del autor sobre sus personajes, pero es difícil no ser partidario de hallazgos tan espléndidos como la grotesca declaración del clérigo Mr Collins a Elizabeth Bennett en cierto pasaje de Orgullo y prejuicio, en una de las más eficaces sátiras de la vanidad masculina que nunca hayan sido escritas.
De la mirada de Jane Austen, en fin, me quedo con esa minuciosidad gozosa y profunda con que nos desvela la potencia universal de la inteligencia y también del sentimiento. Ambos se entrecruzan en sus páginas para elevar sus aparentemente rutinarias historias rurales a la categoría de representaciones perfectas de las aspiraciones y las zozobras de los seres humanos. Y entre sus protagonistas, me abandono con idéntico placer a los encantos de Elizabeth Bennett, una de las más exquisitas chicas corrientes de la historia de la literatura, y a la maldad tenaz de Lady Susan, la protagonista de la novela epistolar del mismo título. Un aviso para quienes aún no conozcan a esta última: una femme fatale creada por una modosa habitante de la campiña inglesa a la que todo escritor debería mirar con atención, antes que dejarse impresionar por tantas otras mujeres fatales de cartón piedra que pululan por ahí.
Virginia Woolf
Esta escritora es para mí una especie de amor de juventud. Un amor que incluso llegó a los celos, por cuya influencia le suprimí durante un tiempo su apellido de casada y preferí referirme a ella con su nombre de soltera, Virginia Stephen. Este amor se alimentaba al principio de alguno de los retratos de juventud que de ella se conservan, en los que resplandece su belleza lacia y distinguida, reflejo pálido de la belleza rotunda de su audaz hermana Vanessa (de quien se dice que gustaba de bailar desnuda de cintura para arriba en las fiestas del grupo de Bloomsbury). Pero lo que de verdad me hizo querer a Virginia fue la lectura de un libro magistral que lleva por título Las olas.
Las olas consta de seis monólogos diferentes que van alternándose para construir la historia de seis personajes, tres hombres y tres mujeres, desde su juventud hasta su madurez. Cualquiera de los seis personajes es un caso ejemplar de construcción literaria, y eso vale en primer lugar para los tres hombres, Bernard, Louis y Neville, cuyos discursos son otros tantos ejemplos de creíble y compleja masculinidad. Desde la responsabilidad problemática y un tanto insoluble de Bernard, hasta la sutil fragilidad de Neville, la escritora navega con pulso, sin incurrir nunca en la caricatura desmañada, por la psicología de los hombres. Incluso apunta un cuarto personaje, Percival, que no llega a mostrarnos su voz nunca, pero en el que queda plasmada admirablemente la inutilidad trágica que constituye a veces el destino de los varones más dotados.
Igualmente notable es el elenco femenino, en el que la escritora despliega un abanico de mujeres tan posibles como sugerentes. Dos de ellas son abiertamente ordinarias: Susan, destinada a convertirse en madre y juiciosa gobernante de un hogar, y Jinny, entregada fervorosamente al juego de seducción a que la aboca su atractivo físico en una sociedad dominada por el hombre. La tercera, Rhoda, es excepcional; lírica y recóndita, indefensa y a la vez inflexible. Todas sus frases están atravesadas por la sombra de lo extraño y lo fatídico, como si padeciera a su pesar una lucidez que no se detiene ante el dolor. Cuando yo estaba enamorado de Virginia Woolf, me gustaba imaginar que Rhoda tenía el mismo rostro que Virginia y que los pensamientos más íntimos de Virginia eran las palabras de Rhoda. Pero del mismo modo que la magia de Rhoda resulta veraz, quizá el acierto mayor esté en el encanto que posee la veracidad cotidiana de Jinny y de Susan. El pragmatismo de Susan termina siendo la balanza que pesa los acontecimientos y la conciencia que busca y en parte encuentra el sentido de toda la historia. De esa forma, la escritora logra el equilibrio entre la fascinación y la realidad.
Virginia Woolf también es autora de una traviesa historia titulada Orlando, que trata de un muchacho que se va convirtiendo en mujer al tiempo que presencia el transcurso de varios siglos de la historia inglesa. Acaso ese libro sea un símbolo, en su armonía y sutileza, de la forma en que su autora supo cruzar y descruzar la barrera mental entre el hombre y la mujer. Aunque su conciencia era sin duda feminista, antes que emprender una refriega sangrienta opta por procurar una síntesis cargada de compasión, en el mejor sentido de la palabra: coloca los sentimientos femeninos y masculinos a una misma altura y trata de aproximarse lealmente a las causas de la incomprensión de tantos siglos. Las tres mujeres de Las olas están tan perdidas como los tres hombres, y nadie tiene la fuerza ni la dureza suficiente para imponerse a otro. A los hombres no les salva la ventaja social de que disfrutan; las mujeres no se doblegan bajo el peso de su postergación tradicional. Su destino es común, mirar la vida desde los recodos del camino y sopesar la vulnerabilidad de toda convicción.
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