– Una noche bonita, ¿eh? -observó. -Bueno, mí sargento, aquí no se la puede disfrutar mucho.
– Cómo que no. Mírala, Poveda. Tan limpia, tan serena. Es esta cosa rara que tiene África, esta paz que da mirarla cuando no hay moros alrededor dando por culo. Es jodida pero bonita, por eso los muy hijos de perra no quieren dejárnosla.
– No le digo que no. Pero estando aquí de plantón…
– También es bonito velar cuando nadie más vela. Estar solo con la noche.
Poveda escuchó, un poco mosca, la poética declaración del sargento.
– Ya ves, a mí nunca me fastidió estar de centinela -siguió Bermejo-. Coño, hasta te diría que lo echo de menos. Mirarle a la cara a la noche, solo con tus pensamientos, sabiendo quién cojones eres de verdad.
– Bueno, mi sargento, si esto fuera Murcia -observó Poveda-, pues a lo mejor, pero qué quiere, aquí a mí me pesa más la prevención de andar pendiente de que no vengan a pelarme el culo los sarracenos.
Bermejo se volvió al centinela.
– ¿Tienes miedo, Poveda?
– No, mi sargento. La muerte no es tan terrible como parece, lo peor es vivir siendo un cobarde -repuso el legionario, recitando de carrerilla el credo del cuerpo-. Pero eso no está reñido con tenerle respeto.
– Haces bien. Además, mientras estás aquí, no se trata sólo de tu vida. Están las de tus compañeros, por las que estás velando.
– Eso es lo que yo pienso, mi sargento.
– Eres buen elemento, Poveda. Tú tienes futuro aquí.
– ¿Usted cree, mi sargento?
– Pues claro. Ya sabes que en la Legión puedes prosperar, lo que la vida no te dejó hacer fuera. Si te lo propones, sargento como poco.
– No, si yo lo decía por el futuro. ¿Usted cree que alguno de nosotros tiene mucho futuro, con todo este país por delante lleno de moros?
El sargento se echó a reír. Tenía una risa bronca, demediada.
– Los moros sólo son algo cuando atacan por la espalda. Si no se les tiene miedo y se les da con brío, no hacen más que aullar y salir corriendo.
– Bueno, a veces aguantan.
– Dime cuándo y dónde, de verdad, desde que llegamos aquí.
El legionario quedó pensativo, pero no para hacer memoria y ofrecerle un ejemplo al sargento, entre los varios que recordaba de situaciones en las que se había visto desagradablemente expuesto a la resistencia enemiga, sino para comprender que no ganaba nada discutiéndole a su superior. En ese momento, reparó en otras sombras que se aproximaban al parapeto. Instintivamente, aferró el fusil.
– Eh, quién viene por ahí.
El sargento no se volvió. Apenas miró con el rabillo del ojo.
– Tranquilo, Poveda, que son de los nuestros. Los hombres llegaron al parapeto y sin mayores contemplaciones uno de ellos se encaramó a él y se dispuso a saltarlo.
– Oye, tú, dónde… -dijo Poveda.
El sargento le puso la mano en el antebrazo.
– Vienen conmigo, chaval. Vamos a ocuparnos de una Cosilla. No hace falta que nos ayudes, pero tampoco nos estorbes, ¿me explico?
Una segunda sombra franqueó la barrera del parapeto. Y luego una tercera. El centinela vio que todos llevaban el fusil colgado a la espalda.
– Mi sargento, usted sabe que no pueden llevarse el fusil -protestó.
Bermejo miró fijamente al legionario.
– ¿Qué fusil? Nadie ha sacado un fusil del campamento.
– Mi sargento -protestó débilmente Poveda-. Que como pase algo…
– No va a pasar nada que no deba pasar. Pero si pasara, lo único que tienes que hacer es hacerte el tonto. Tú no has visto nada. A nadie.
– Joder, mi sargento.
– Puedes elegir, Poveda: o callarte y arriesgarte sólo un poco, o putearnos y entonces asegurarte de que nosotros te putearemos a ti. ¿Entiendes?
Poveda seguía contando. Cuatro, cinco, seis, siete.
– Está bien, mi sargento. Espero que todos ésos sepan guardar un secreto.
– Saben, no te preocupes. Y también saben agradecer un favor a un compañero. Como yo. Anda, relájate y buen servicio.
El sargento saltó por donde lo habían hecho los demás. Al otro lado le esperaba Balaguer con su fusil. Una vez que se lo hubo colgado al hombro, Bermejo miró a su gente, respiró hondo y ordenó:
– Vamos. Cuanto antes estemos en el campo, mejor. Todavía no había salido la luna y las sombras los amparaban. En fila india, siguiendo al sargento que abría la marcha, los legionarios recorrieron un trecho de terreno irregular hasta enlazar con el camino. Iban descubriendo los matojos al aplastarlos, las piedras al tropezar con ellas y enviar las más pequeñas y sueltas contra el hombre de delante. En una de ésas, Gallardo tropezó y estuvo a punto de tirar a López, que marchaba precediéndole.
– Cuidado, tú -se quejó el serbio.
– Perdona, quillo.
– No hagáis tanto ruido, coño -dijo Bermejo.
Una vez en el camino, el sargento se arrimó a la cuneta, para avanzar lo más cerca posible del flanco que podía ofrecerles mejor protección en caso de que se encontrasen con algún obstáculo. La pequeña columna le imitó. Los hombres, que sabían lo que era caminar por aquellas veredas, y lo que valía ir midiendo el paso y las energías, respiraban con una cadencia cautelosa. Una marcha siempre era una marcha, pero aquélla, entre las sombras y bajo el frescor de la noche, tenía un cariz especial, al que ninguno podía sustraerse. No había mucho más ruido que el de sus pasos, sordos y amortiguados por el esparto de las alpargatas. Se oía algún grillo, a veces el ulular de alguna ave nocturna y, cada vez más tenue, el rumor del campamento. Al fondo, de cuando en cuando, los más finos de oído creían percibir el chasquido de un pacazo; algún tirador rifeño que probaba fortuna sobre un blocao o un centinela distraído. Pero muchas veces, lo sabían, era la imaginación la que, de tanto esperar oírlo, acababa poniendo ese ruido en el cerebro. No se oía, en cambio, fuego de artillería. Los moros no desperdiciaban sus disparos de cañón, y los artilleros españoles bombardeaban sólo de día, preparando el terreno a los infantes, salvo que la cosa estuviera demasiado revuelta. Pero el frente, a la sazón, se mantenía tranquilo. Agazapados en sus guaridas, los contendientes reorganizaban sus fuerzas, con vistas al siguiente asalto.
A nadie le gustaba mucho andar por el campo de noche. Aquella tierra, inhóspita y amenazante a plena luz del día, lo era aún más cuando esa luz se retiraba. La desventaja que en esos momentos tenían los invasores frente a los indígenas, por su peor conocimiento del terreno, era extrema. De noche aprovechaban los moros para hacer sus movimientos, sin aviones ni cañones que pudieran estorbárselos, así como para ejecutar sus golpes de mano más mortíferos. Por eso, porque era aumentar al máximo el peligro, el pillaje nocturno se convertía para los legionarios en el más prestigioso de los alardes. Por eso también, Bermejo y sus hombres avanzaban por el camino sin permitir que sus ojos dejaran ni por un segundo de escudriñar los montes que los dominaban, atentos a tropezarse en cualquier momento con alguna presencia indeseada. Lo que podían hacer en tal eventualidad, ninguno, ni siquiera el sargento, lo tenía muy claro. Sabían cómo reaccionar en una descubierta diurna, con vanguardia, flanqueo y retaguardia de apoyo. Pero aquello era diferente. Estaban solos, no había reglas. Si se presentaba algún contratiempo, tendrían que afrontarlo como viniera, al modo de los moros. A fuerza de combatirlos, y acaso sin quererlo, algo habían aprendido de ellos: a no pensar demasiado en el futuro y a encomendarse en cada ocasión a lo que el destino les deparase.
Fue Balaguer, que era el más alto, quien primero avistó las siluetas que se acercaban en dirección contraria. En voz baja, dio el aviso:
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