Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«He expuesto torpemente mi argumento -se disculpó Sufyan tristemente-. Yo sólo quería consolarle.»
«¿Qué consuelo puede haber para un hombre cuyo viejo amigo y salvador es también el amante de su esposa -respondió Chamcha con amarga retórica, mientras su ironía se aplastaba bajo el peso de su dolor-, con lo que favorece, como sus viejos libros confirmarán sin duda, el desarrollo de los cuernos?»
Jumpy Joshi, el viejo amigo, era incapaz de olvidar ni durante un momento de sus horas de vigilia que, por primera vez desde que tenía uso de razón, le faltaba la fuerza de voluntad para acomodar su forma de vida a sus normas de moral. En el centro deportivo en el que enseñaba técnicas de artes marciales a un número creciente de alumnos, haciendo hincapié en el aspecto espiritual de las disciplinas, con gran regocijo del alumnado («Ah, sí, mi pequeño saltamontes -se burlaba Mishal Sufyan, su alumna estrella-, cuando honolable celdo fascista salta soble ti en osculo callejón, enséñale doctlina de Buda antes de pateal honolables huevos»), empezó a manifestar tan apasionada intensidad que los alumnos, comprendiendo que ello expresaba cierta angustia interior, se alarmaron. Cuando Mishal le interrogó al final de una sesión que los había dejado a los dos magullados y jadeantes, durante la cual maestro y alumna aventajada se habían lanzado uno contra otro como enamorados anhelantes, él, con insólita falta de franqueza, respondió a sus preguntas con evasivas. «Mira tú quién habla -dijo él-. La paja y la viga.» Estaban al lado de las máquinas automáticas de bebidas. Ella se encogió de hombros. «Está bien -dijo-. Confieso, pero guárdame el secreto.» Él alargó el brazo hacia su Coke. «¿Qué secreto?» El inocente de Jumpy. Mishal le susurró al oído: «Tengo un amante y es tu amigo Mister Hanif Johnson, abogado.»
Él se escandalizó y esto la irritó. «Anda ya. Que no tengo quince años.» Él respondió débilmente: «Si tu madre llegara…», y nuevamente ella se impacientó: «Si quieres que te diga la verdad, la que me preocupa es Anahita, que siempre quiere hacer todo lo que yo hago. Y ella, por cierto, sí que tiene quince años.» Jumpy observó que había volcado su vaso de papel y tenía Coke en las zapatillas. «Ahora te toca a ti -insistió Mishal -. Yo lo he reconocido. Ahora, tú.» Pero Jumpy no podía; todavía sacudía la cabeza por lo de Hanif. «Esto sería su ruina», dijo. Esto fue la guinda. Mishal levantó la barbilla. «Ya te entiendo -dijo-. Soy muy poca cosa para él, ¿verdad? -y, por encima del hombro, mientras se alejaba-: Dime, Saltamontes: ¿los hombres santos no folian?»
No tan santo. Él no tenía más madera de santo que el David Carradine de Kung Fu: Jumpy era como el Saltamontes. Todos los días se agotaba tratando de mantenerse alejado del caserón de Notting Hill, y todas las noches terminaba delante de la puerta de Pamela, con el pulgar en la boca, mordiéndose las pieles, ahuyentando al perro y sus propios remordimientos y entrando directamente en el dormitorio. Y allí se arrojaban el uno sobre el otro, buscando con la boca el sitio por el que habían optado, o aprendido, a empezar: los labios de él, en los pezones de ella y los de ella, en el otro pulgar de más abajo de él.
Ella había llegado a adorar esta impaciencia, porque era seguida por una paciencia como no había conocido en su vida, la paciencia del hombre que nunca ha sido «atractivo» y, por lo tanto, agradece todo lo que se le ofrece, o así lo creía ella al principio; pero luego aprendió a valorar la consideración y atención que él dedicaba a las tensiones internas de ella, porque comprendía la dificultad que su cuerpo fino, huesudo, de pechos pequeños, tenía para descubrir un ritmo, acompasarse y, finalmente, rendirse a él: su sentido del tiempo. Ella le quería también por su abnegación; amaba en él, aunque comprendía que no era una buena razón, la prontitud con que él vencía sus escrúpulos para estar con ella; amaba en él el deseo que había arrollado todos sus imperativos anteriores. Lo amaba sin querer ver, en este amor, el principio del fin.
Hacia el final del acto del amor, ella se agitaba: «¡Youu! -gritaba, con toda la aristocracia de su acento concentrada en las sílabas incoherentes de su abandono-. ¡Buaa! ¡Jai! Hah.»
Todavía bebía copiosamente, bourbon escocés, y una franja roja le atravesaba la cara. Bajo el efecto del alcohol, su ojo derecho se reducía a la mitad del tamaño del izquierdo, y él advirtió con horror que empezaba a repugnarle. Pero no se podía hablar de su afición a la bebida: la única vez que lo intentó, él se encontró en la calle, con los zapatos en la mano derecha y el abrigo sobre el brazo izquierdo. Después de aquello él volvió: y ella le abrió la puerta, y subió directamente al dormitorio, como si nada hubiera ocurrido. Los tabúes de Pamela: chistes sobre su ascendencia, mención de las «víctimas» de la botella de whisky y toda insinuación de que su difunto esposo, el actor Saladin Chamcha, estaba con vida y habitaba al otro lado de la ciudad en una casa de huéspedes, bajo la forma de una bestia sobrenatural.
Ahora, Jumpy -que en un principio la atosigaba con el tema de Saladin, diciendo que lo que ella tenía que hacer era divorciarse, que aquella pretensión de viudez era intolerable: ¿y los bienes de él, su derecho a una parte de la propiedad y demás? Ella no querría dejarlo en la miseria, ¿verdad?-, ahora, Jumpy ya no le reprochaba su conducta poco razonable. «Yo tengo confirmación de su muerte -le dijo ella la única vez que se avino a decir algo sobre el tema-. ¿Y qué tienes tú? Un macho cabrío, un fenómeno de circo, eso no tiene nada que ver conmigo.» Y también esto, al igual que la bebida, empezaba a distanciarlos. Las clases de artes marciales de Jumpy se hacían más vehementes a medida que estos problemas se agigantaban en su espíritu.
Paradójicamente, mientras Pamela se negaba rotundamente a afrontar los hechos relacionados con su marido ausente, se vio involucrada, a causa de sus actividades en el comité de relaciones de la comunidad del barrio, en la investigación de presuntos casos de brujería entre los agentes de policía de la comisaría del distrito. De vez en cuando se hablaba de ciertas «irregularidades» en determinadas comisarías -Notting Hill, Kentish Town, Islington-, pero ¿brujería? Jumpy se mostraba escéptico. «Tu problema -le dijo Pamela con su voz más altiva y displicente- es que todavía tienes la idea de que la normalidad es lo normal. Dios mío, mira lo que pasa en este país. Un puñado de policías pirados que se quitan la ropa y beben orina en los cascos no es algo insólito. Si quieres, puedes llamarlo francmasonería de la clase trabajadora. Todos los días vienen a verme negros locos de miedo hablando que si el obeah, que si la tripa del pollo, qué sé yo. Los muy cerdos disfrutan con esto: asustan a los pobres diablos con sus propios abracadabras y, al mismo tiempo, pasan una noche movidita. ¿Que no? ¡Despierta ya, puñeta!» Al parecer, la persecución de brujas era cosa de familia: de Matthew Hopkins a Pamela Lovelace. En la voz de Pamela, cuando hablaba en las reuniones públicas, en la radio e, incluso, en los programas regionales de la televisión, vibraba todo el celo y autoridad del viejo Cazabrujas General, y sólo gracias a su voz de Gloriana siglo veinte su campaña no se extinguió instantáneamente entre el regocijo general. Se necesita escoba para barrer a las brujas. Se hablaba de una investigación oficial. Pero lo que indignaba a Jumpy era la negativa de Pamela a relacionar sus argumentos acerca de los policías ocultistas con el caso de su propio marido: porque, al fin y al cabo, la transformación de Saladin Chamcha tenía que ver precisamente con la idea de que la normalidad ya no estaba compuesta (si alguna vez lo estuvo) por triviales elementos «normales». «No tiene nada que ver», dijo ella categóricamente cuando él apuntó la posibilidad; autoritaria como el juez de la horca, pensó él.
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