Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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De todos modos, la información de la revista cinematográfica resultó excesivamente optimista y precipitada, por cuanto que, a los pocos días de su aparición, los periódicos locales daban la noticia del arresto de Billy Battuta en un bar japonés de Nueva York y de su acompañante femenina, Mildred Mamoulian, de profesión actriz y cuarenta años de edad. Al parecer, él se había dirigido a numerosas damas preeminentes, «dedicadas a actividades sociales», para pedirles «muy considerables» sumas de dinero que él decía necesitar para comprar su libertad a una secta de adoradores del diablo. Y es que de timador no te sales: sin duda Mimi Mamoulian habría calificado la operación de «hermoso dolo». Apuntando al corazón de la religiosidad americana, suplicando la salvación -«cuando se vende el alma, cuesta muy caro recuperarla»-, Billy había recaudado, alegaban los investigadores, «sumas de seis cifras». Hacia el final de los años ochenta, las congregaciones mundiales de fieles anhelaban el contacto directo con lo sobrenatural y Billy, al pretender haber conjurado poderes infernales (y, por consiguiente, precisar ser rescatado de ellos), ofrecía la mercancía más solicitada, especialmente dado que el diablo que él presentaba era democráticamente susceptible a los dictados del Todopoderoso Dólar. Lo que Billy ponía al alcance de las señoras de Nueva York a cambio de sus generosos cheques era la ratificación: sí, el diablo existe, yo lo he visto con mis propios ojos -¡Ay, Dios, qué horror!- y, si existía Lucifer, tenía que existir Gabriel; si se habían visto las llamas del infierno, entonces, en algún sitio, más allá del arco iris, tenía que resplandecer el Paraíso. Al parecer, Mimi Mamoulian había desempeñado un papel importante en el engaño, llorando y suplicando con todo su fervor. Los perdió el exceso de confianza, cuando fueron vistos en el bar Takesushi (carcajeándose y haciendo chistes con el chef) por una tal Mrs. Aileen Struwelpeter, que la tarde anterior había entregado un cheque de cinco mil dólares a la entonces atribulada y llorosa pareja. Mrs. Struwelpeter tenía influencia en el Departamento de Policía de Nueva York y, antes de que Mimi terminara su ensalada de marisco, ya estaban allí los azules. No se resistieron al arresto. En las fotos del periódico, Mimi llevaba un abrigo que Chamcha dedujo sería de visón de cuarenta mil dólares, y tenía en la cara una expresión que sólo admitía una lectura.
A hacer puñetas.
Durante algún tiempo, no volvió a hablarse de la película de Farishta.
Tal vez sí y tal vez no, a medida que la reclusión de Saladin Chamcha en el cuerpo de un demonio y la buhardilla del Shaandaar D y D se prolongaba durante semanas y meses, se hacía evidente que su condición iba de mal en peor. Sus cuernos (no obstante su única, momentánea e inadvertida disminución) se habían hecho más gruesos y más largos, enroscándose en artísticos arabescos, tocándolo con un turbante de asta cada vez más oscura. Tenía una barba cerrada y larga, incongruente en una persona cuya cara de luna siempre fue lampiña; pero ahora criaba más y más pelo en todo el cuerpo e, incluso, en la base de la espina dorsal le había salido una fina cola que se alargaba día tras día y que ya le impedía usar pantalones; ahora se metía el nuevo miembro dentro de holgadas calzas bombachas, requisadas por Anahita Sufyan del amplio surtido de su madre. Se imaginará fácilmente el sufrimiento que le causaba su continua metamorfosis en una especie de djinn embotellado. Incluso el apetito se le alteraba. Saladin siempre fue muy exigente con la comida, y ahora advertía con horror que su paladar se hacía más y más tosco, de manera que todos los alimentos tenían casi el mismo sabor y, en cuanto se descuidaba, empezaba a mordisquear las sábanas o el periódico. Cuando se daba cuenta, se sobresaltaba, abochornado por esta nueva prueba de su alejamiento de la condición humana y su degeneración en -sí- lo cabruno. Y, para colmo, necesitaba cada vez mayor cantidad de elixir bucal para mantener el aliento dentro de unos límites aceptables. Realmente intolerable.
Su presencia en la casa era una espina clavada en el costado de Hind, en quien al dolor por el alquiler que dejaba de ingresar se sumaban residuos de su terror inicial, aunque es cierto que el proceso de la habituación había obrado en ella su hechizo, induciéndola a considerar el estado de Saladin como una especie de enfermedad de Hombre Elefante, algo que repele pero que no da miedo. «Que no se ponga en mi camino y yo no me pondré en el suyo -dijo a sus hijas-. Y vosotras, que vais a ser la causa de mi desesperación, ¿por qué pasáis el tiempo ahí metidas con una persona enferma mientras os vuela la juventud? Yo no sé, pero en esta Vilayet parece que todo aquello que yo creía es mentira, como la idea de que las muchachas tienen que ayudar a su madre, pensar en el matrimonio, aplicarse en sus estudios y no sentarse por ahí con machos cabríos a los que nosotros solemos degollar en Big Eid.»
Su marido, no obstante, seguía mostrándose solícito, incluso después del extraño incidente que ocurrió cuando él subió a la buhardilla y sugirió a Saladin que quizá las niñas no estuvieran descaminadas, quizá la, cómo decirlo, la posesión de su cuerpo podría terminar por la intercesión de un mullah. Al oír mencionar al sacerdote, Chamcha se levantó sobre los pies, alzando los brazos sobre la cabeza y, por alguna causa, la habitación se llenó de un humo sulfuroso, y un trompeteo temblón, agudo y desgarrador perforó el tímpano de Sufyan como una lanza. El humo se desvaneció relativamente de prisa, porque Chamcha abrió una ventana y lo ahuyentó, al tiempo que pedía disculpas a Sufyan, violento y sofocado. «Realmente, no sé lo que me pasó, pero hay momentos en los que temo estar convirtiéndome en algo, algo realmente malo.»
Sufyan, alma compasiva, se acercó a Chamcha, que estaba sentado con las manos en los cuernos, le dio palmadas en el hombro y trató de animarlo. «La cuestión de la mutabilidad de la esencia del ser ha sido objeto de profundo debate – dijo con azoramiento-. Por ejemplo, el gran Lucrecio, en De rerum natura nos dice: quodcumque suis mutatum finibus exit, continuo hoc mors est illius quod fuit ante. Que, traducido, y disculpe la torpeza, quiere decir: "Aquello que, por la mutación, sale de su demarcación", que se sale de madre, vaya (o, quizá, que traspasa sus límites), que, por así decirlo, desobedece sus propias leyes, aunque es una traducción excesivamente libre, yo pienso… "esa cosa", de todos modos, dice Lucrecio "con ello produce la muerte inmediata de su ser anterior". Ahora bien -y el ex maestro de escuela levantó el dedo-, el poeta Ovidio, en las Metamorfosis, sustenta una opinión diametralmente opuesta. Él afirma: "Como la cera dúctil", o sea, caliente, de la que se usa para sellar un documento o cosa así, "puede ser marcada con nuevos cuños. Y cambia de forma y no parece la misma. Y no obstante es la misma, así también nuestra alma" (¿oye usted esto, señor mío? ¡Nuestro espíritu! ¡Nuestra esencia inmortal!) "sigue siendo siempre la misma, pero adopta en sus migraciones formas siempre cambiantes".»
Sufyan descansaba el cuerpo ora en un pie, ora en el otro, enardecido por el encanto de las viejas palabras. «Para mí no hay más que Ovidio y Lucrecio -declaró-. Su alma, mi pobre señor, es la misma. Es sólo que, en su migración, ha adoptado esta forma diferente.»
«Flaco consuelo. -Chamcha consiguió imprimir a sus palabras un vestigio de su vieja causticidad-. O bien acepto a Lucrecio y saco la conclusión de que en lo más hondo de mí se opera una mutación demoníaca e irreversible, o me quedo con Ovidio y concedo que todo lo que ahora emerge de mí no es sino una manifestación de lo que ya había antes.»
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