Salman Rushdie - Los Versos Satánicos

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Anahita sonrió a su vez con dulzura: «¿Nunca se te ha ocurrido pensar, Hanif, que a lo mejor la gente no te traga?» Cuando se supo que el Destrípador de Abuelas había vuelto a actuar, empezaron a oírse con frecuencia creciente las sugerencias de que el esclarecimiento de los espantosos asesinatos de ancianas por un «ser diabólico» -que invariablemente dejaba las vísceras de sus víctimas bien colocadas alrededor del cuerpo: un pulmón en cada oreja y el corazón, por razones obvias, en la boca- podía depender de que se investigara el ocultismo practicado por los negros de la ciudad, que tantos motivos de preocupación daba a las autoridades. Las detenciones e interrogatorios de «morenos» se intensificaron, al igual que la frecuencia de las redadas a los establecimientos «sospechosos de albergar células ocultistas clandestinas». Lo que ocurría, aunque nadie lo reconocía ni, al principio, comprendía, era que todos, negros indios blancos, habían empezado a ver en la figura del sueño a un ser real, un ente que había cruzado la frontera, eludiendo los controles normales, y ahora andaba suelto por la ciudad. Inmigrante ilegal, rey del hampa, criminal degenerado o héroe racial, Saladin Chamcha empezaba a ser verdad. Los rumores-circulaban en todas direcciones: un fisioterapeuta vendió a los dominicales un cuento acerca de un perro de lanas, nadie lo creyó, pero cuando el río suena, agua lleva, decía la gente; la situación se hacía más y más precaria y no tardaría en llegar el día en que la redada del Shaandaar Café descubriera todo el asunto. Intervinieron los sacerdotes, agregando otro elemento volátil -la relación entre el término negro y el pecado de blasfemia- a la mezcla. En su buhardilla, lentamente, Saladin Chamcha crecía.

* * *

Entre Lucrecio y Ovidio, Chamcha prefirió al primero. El alma inconstante, la mutabilidad de todas las cosas, das Ich, la última partícula. El ser, en su paso por la vida, puede convertirse en algo distinto de sí mismo, otro, separado, cercenado de su historia. A veces, pensaba en Zeeny Vakil, en aquel otro planeta, Bombay, en el confín más remoto de la galaxia: Zeeny, eclecticismo, hibridez. ¡El optimismo de aquellas ideas! ¡La certidumbre en la que se asentaban: libre albedrío, de posibilidad de elección! Pero, Zeeny mía, la vida es algo que, sencillamente, te ocurre: como un accidente. No: te ocurre como resultado de tu condición. Elección, no, sino -en el mejor de los casos- proceso y, en el peor, horror, el cambio total. Lo nuevo: él buscaba otra cosa y esto era lo que había conseguido.

Rencor, también, y odio, sentimientos ruines. Pues bien, él entraría en su nuevo yo: él sería aquello en lo que se había convertido: soez, fétido, repelente, descomunal, inhumano, poderoso. Le parecía que extendiendo el dedo meñique podía derribar los campanarios de las iglesias, merced a aquella fuerza que crecía en él, la cólera, la cólera, la cólera. Poderes.

Buscaba alguien a quien echar la culpa. También él soñaba y, en sus sueños, una forma, una cara, se acercaba flotando, todavía fantasmagórica, difusa, pero un día, muy pronto, podría llamarla por su nombre.

Yo soy, admitió, lo que soy. Sumisión.

* * *

Su vida de reclusión en el Shaandaar D y D terminó bruscamente la noche en que Hanif Johnson entró gritando que habían arrestado a Uhuru Simba por los asesinatos de las ancianas, y corría el rumor de que también le acusarían de la magia negra, que él sería el cabeza de turco sacerdote vudú baron samedi y ya empezaban las represalias: palizas, atentados contra la propiedad, lo de siempre. «Cerrad las puertas -dijo Hanif a Sufyan y Hind-. Va a ser una mala noche.» Hanif se había plantado en el centro del café, confiando en el efecto que causaría la noticia, por lo que cuando Hind se acercó y le abofeteó con todas sus fuerzas, el golpe le pilló tan desprevenido que se desmayó, más de la sorpresa que del dolor. Fue reanimado por Jumpy, que le echó un vaso de agua, como había aprendido de las películas, pero para entonces Hind ya estaba arriba, arrojando su material de oficina a la calle: las cintas de máquina y las cintas rojas utilizadas para atar documentos legales trazaban festivos arabescos en el aire. Anahita Sufyan, acuciada por la diabólica punzada de los celos, había delatado a Hind las relaciones de Mishal con el joven abogado y político en ciernes, y ya nada pudo detener a Hind, todos sus años de humillación se desbordaron; por si fuera poco estar atrapada en este país lleno de judíos y extranjeros que la equiparaban a los negros, por si fuera poco que su marido fuera un hombre débil que hacía la peregrinación pero no se preocupaba del decoro de su propio hogar, ahora, esto: fue en busca de Mishal con un cuchillo de cocina y su hija respondió con una serie de patadas y golpes, solo defensa propia, ya que de lo contrario habría sido matricidio. Hanif recobró el conocimiento y vio que Haji Sufyan lo miraba trazando con las manos pequeños círculos de impotencia a cada lado del cuerpo y llorando abiertamente, incapaz de hallar consuelo en la erudición, porque mientras para la mayoría de los musulmanes el viaje a La Meca es la mayor bendición, para él resultó el comienzo de una maldición. «Márchate -dijo-. Hanif, amigo, márchate», pero Hanif no estaba dispuesto a irse sin soltar lo que llevaba dentro, demasiado tiempo he callado, gritó, vosotros, con toda vuestra moralidad, no dudáis en enriqueceros explotando a los de vuestra propia raza, y entonces se descubrió que Haji Sufyan no sabía los precios que cobraba su esposa, que no se los decía y que se había asegurado el silencio de sus hijas con terribles juramentos, porque sospechaba que, si él llegaba a enterarse, encontraría la manera de devolver el dinero y la familia seguiría pudriéndose en la pobreza; y, después de aquello, él, el espíritu jovial del Shaandaar Café, perdió la ilusión de vivir. Entró Mishal en el café; oh, la vergüenza de la intimidad familiar, expuesta como un melodrama barato ante la mirada de los clientes -aunque, en realidad, la última bebedora de té ya se alejaba tan de prisa como sus viejas piernas se lo permitían-. Mishal traía maletas. «Yo también me marcho -anunció-. Probad de detenerme. Sólo faltan once días.»

Cuando Hind vio a su hija mayor a punto de salir de su vida para siempre, comprendió el precio que hay que pagar por dar asilo bajo el propio techo al Príncipe de las Tinieblas. Suplicó a su esposo que fuera sensato, que comprendiera que su bondad y su generosidad los habían arrojado a todos al infierno, y que si echaban de la casa a aquel diablo de Chamcha, tal vez pudieran volver a ser la familia feliz y trabajadora de antaño. Pero apenas acabó de hablar, la parte alta de la casa empezó a crujir y estremecerse y se oyó el ruido de algo que bajaba la escalera gruñendo y -por lo menos, eso parecía- cantando, con una voz tan ronca que era imposible entender la letra.

Al fin fue Mishal quien subió a su encuentro, Mishal, de la mano de Hanif Johnson, mientras Anahita, la traidora, miraba desde el pie de la escalera. Chamcha había crecido hasta alcanzar los dos metros y medio de estatura, y de sus fosas nasales salía humo de dos colores, amarillo de la izquierda y negro de la derecha. Ya no usaba ropa. Le cubría el cuerpo un pelo espeso y largo, la cola se agitaba airadamente y sus ojos tenían un tono rojizo pálido y luminoso. Tenía aterrorizada hasta la incoherencia a toda la población provisional del establecimiento de dormir y desayuno. Mishal, no obstante, no estaba tan asustada como para no poder hablar. «¿Adónde quieres ir? -le preguntó-. ¿Imaginas que durarías más de cinco minutos ahí fuera, con ese aspecto?» Chamcha se detuvo, se miró, observó la considerable erección que emergía de su vientre y se encogió de hombros. «Estoy contemplando entrar en acción», le respondió, utilizando la frase de ella, aunque, dicha con aquella voz de lava y trueno, ya no parecía propia de Mishal. «Quiero encontrar a cierta persona.»

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