Estamos en el mundo para esperar. Pero todo tiene límite. Jamás habíamos atacado; pero ellos construyen, destrozándolo todo. Ya no podemos escoger. Hay que poner coto. Dar lección. Bien está la humildad, no la humillación. Aquí, siempre, donde hubo una piedra, hubo una serpiente. Aquí, siempre, donde hubo una piedra, hubo el temor de la muerte. Aquí, siempre, donde más serpientes hubo, se tuvo en menos la vida. Gran lección.
Bastábanos la tierra tal como Dios la creó; pedregales, laderas riscosas, espesuras con algunos claros para gozar del sol -nuestro padre-, la maleza y las ruinas. La tierra tal como es. Nosotras, siempre idénticas a nosorras mismas.
¿Quién puede describirnos? No hay entre millones de millones dos iguales. ¿Quién diría nuestros matices blancos, grises, cenicientos, verdes, amarillos, pardos, azules, negros, rojos? Base y ejemplo de la pirámide.
La ofensiva fue organizada para el 10 de mayo, cuando la temperatura era más favorable. Dividido el ejército en tres cuerpos, contaba el primero con treinta y seis millones, el segundo con cuarenta y dos millones y el tercero con veinre y seis millones de serpientes de todas clases. Discutieron mucho si debían organizarse según sus especies o atacar revueltas. Por razones de manutención, acordaron lo último.
Las jefes de las distintas especies las exhortaron exagerando las esperanzas, disminuyendo los peligros, empleando los medios que excitan a la guerra. Diéronles a entender, en verdad, que de esc día y de las batallas dependía una época de libertad o de servidumbre eterna. Cada palabra estremecía, todas juraron no retroceder, vencer o morir.
Conocían el terreno como nadie lo conoció jamás. Los desiertos, los montes escarpados les eran familiares. El ejército estaba desparramado de la Sierra de los Presidios a Ojinaga. El ala derecha, por el río Conchos, apoyada en el llano de Chilicote, penetró en Texas, hacia Alpone. El centro, partió de Los Lamentos. La izquierda invadió El Paso. Dejando en el centro los Montes Apaches y la Sierra de Guadalupe, llegaron en tres días al río Pecos y precipitándose por el Llano Estacado, asolaron Dallas a fines de mayo. Por la llanura del Mississippi cayeron el 6 de junio sobre Houston y Gálveston. Decidieron los norteamericanos defenderse en el delta, frente a Nueva Orléans. Pero El Gran Ejército, torciendo a la izquierda, cruzó el río Rojo, el 18 de junio, por Shevreport,
Cundió el pánico. Fueron evacuados los estados de Colorado, Oklahoma, Misuri, Arkansas, Louisiana. Las sierpes se arrojaron sobre Tulsa -el 30 de junio-, Springfield -el 7 de julio-, San Louis -el 22 del mismo mes-, y abalanzándose sobre Bloomington -el 6 de agosto-, llegaron a las orillas del lago Michigan -el 2 de septiembre- partiendo en dos el país.
Y creció de nuevo la hierba.
Primero era el silencio. Nadie por la llanura. A la derecha, unos cerros bajos. No se veía nada que no fuese de todos los días. Todo normal, pero nadie respiraba como de costumbre. Nos ataban las exageraciones del temor. El ejército, presa fácil del miedo, no tenía más idea que huir. Los oficiales superiores no tenían fuerza para combatir los terrores y abandonaban todas sus funciones militares. Lo único que se les ocurría era enviar partes pidiendo refuerzos para salvar sus banderas y los tristes restos de un ejército destruido por el pavor. Prometían esperar, defenderse hasta morir. Mentían, sabiéndolo. La cobardía se enseñoreaba. Todo eran reuniones vanas.
El horizonte se movía. Surgían las terribles voces infernales:
– ¡Estamos cercados!- Todos salían huyendo según sus medios.
Soy de los pocos que, desde cierta altura, ha visto adelantar el ejército enemigo. La impresión de advertir cómo se mueve y anda la tierra es irresistible. El pelo se eriza, las piernas de piedra. Todo se vuelve pasivo. La sensación del riesgo, de la inminencia del peligro incontenible, la amenaza de sentirse vencido sin remedio, de estar con el agua al cuello, paralizado, puede más que todo. Porque la muerte no basta para ellos. Son más. Todos nuestros artificios son inútiles: son más. La mortandad debió ser espantosa, pero pasan, adelantan: son más.
El pánico se retorcía en el aire, como una serpiente enorme, se lo llevaba todo por delante. Pavor, no ante lo desconocido, sino ante lo visible, lo palpable. Ojalá hubiera sido una fabulosa manada de bisontes. Pero esa humanidad fría avanzando, incontenible… Espeluzno invencible.
Yo las he visto, avanzan como un mar, recubriéndolo todo, a ras de tierra. Nada les detiene, menos el agua: pasan los ríos a nado, elegantemente, como si nada.
Todos acoquinados, inútiles, clavados por el horror, mutilados. La vergüenza, la timidez, la cobardía, los temores se anudan y machihembran. ¿Dónde meterse? ¿Quién no se amedrenta viéndolas progresar ininterrumpidamente? Y no tienen problemas de abastecimiento: teniendo hambre se entredevoran y siguen. Es el diablo. ¡Quiera Dios salvarnos!
Avanzan, se rebasan, progresan, renovando sin cesar la vanguardia. Nunca se rezagan, su movimiento progresa uniforme. Millones de cabezas, de ojos, de lenguas, ganando tierra, siempre idénticas, cubriendo cuanto se ve con sus ondulados cuerpos viscosos.
Contaminan la tierra, emponzoñan las mejores obras, revuelven el mundo, tronchan, arruinan estados, asuelan las más principales grandezas, destruyen, deshacen, anonadan, acaban. Progresan. Instrumentos de aniquilación, vuelven en nada, desbaratan, vencen cualquier hueste. Humillan.
Con las cabezas cortadas aún son capaces de matar.
De Historias de mala muerte (1965)
Traducido del francés
por Max Aub
Informe del Excelentísimo Señor Hamami Numaruh
acerca de la ayuda a los pueblos subdesarrollados
Pronunciado ante el Parlamento de su país el 28 de septiembre de 1962
Texto radiofónico
Locutor; Amables radioyentes: Nos ha parecido mejor ofrecer el texto grabado de la sesión celebrada en Turandú, el 28 de septiembre de 1962, a las 18.45 p.m. O.C.T., y no las resoluciones publicadas, que no reflejaron exactamente el sentir de la mayoría, de acuerdo con la tesis del señor Hamamí Numaruh [8] . Se impuso la experiencia al Presidente M'Kru Doval.
Murmullos. Tres golpes de mazo.
El Presidente de la Cámara: Se abre la sesión. Por ser extraordinaria y secreta, ruego que se retiren cuantos no tengan derecho a estar presentes. (Pausa.) Cierren las puertas. (Tres golpes de mazo.) Señor Presidente del Consejo, señores presidentes de las comisiones de Presupuesto, Finanzas, Ejército y Relaciones Exteriores: el honorable Hamamí Numaruh tiene la palabra para dar cuenta del resultado de su misión. Es mi deber recordar a los honorables representantes, que nada de lo que aquí se diga y oiga puede ni podrá ser divulgado, a menos que el Gobierno lo juzgue conveniente. (Pausa.) Nuestro representante ante la ONU, Excelentísimo señor Hamamí Numaruh, tiene la palabra.
Hamamí Numaruh: Honorable Gobierno, Honorables Representantes: la misión que me fue encargada ha sido cumplida en la medida de mis débiles fuerzas. Hice lo que pude; pido perdón si no llegué a más.
Seguramente, otro lo hubiera hecho mejor. Ahora bien, puedo asegurar que dediqué mis horas a la resolución de nuestros problemas fundamentales. Ojalá que lo que vengo a proponer demuestre que no he perdido el tiempo. Por otra parte, sabéis que la oratoria no es mi fuerte. Sólo el amor a la patria me obligó a dejar mis ocupaciones comerciales. No creo que esté de más el recordarlo.
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