Mario Levrero - El lugar

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Un hombre se despierta en una habitación desconocida. Se halla acostado sobre el suelo, a oscuras, vestido con ropa de calle. De pronto, descubre alarmado que ignora cómo llegó hasta ese sitio. Pese a tratar de recordar, no puede. Su mente comienza a barajar una serie de hipótesis sin encontrar ninguna que se ajuste a la lógica de su situación. Entonces decide investigar. Tras examinar el sitio en donde está, sale de él y entra en otra habitación similar a la primera. La novela recuerda, en ciertos aspectos de su argumento, a la película de ciencia ficción El cubo, pero haciendo la salvedad de que, en este caso, Levrero publicó la presente obra en el año 1982, siendo el film citado producido en el año de 1997.
Es, en términos generales, una novela de ciencia ficción, aunque presenta atributos oníricos, cierta percepción disolvente que trabaja con la lógica reversible del sueño. Según Julio Ortega, aquí Levrero nos describe un mundo en estado natural de fábula, sólo que no se trata de uno maravilloso sino de uno a punto del absurdo.

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Yo me sentí, a pesar de todo, obligado a alertar al Farmacéutico sobre los peligros de buscar el gallinero; manifesté que la cacería me parecía un riesgo menor, y que no valía la pena meterse en un lugar de salida difícil, laberíntico, por unas gallinas. A pesar de ciertas experiencias vividas también por ellos en el interior de la construcción, no eran, con todo, capaces de sensibilidad ante lo que consideraban peligros menores; para ellos no había riesgo mayor que los gorilas y los elefantes; pensé que tal vez tenían razón.

Les costó mucho ponerse de acuerdo: finalmente convinieron en posponer la búsqueda del gallinero y salir de cacería Bermúdez, Silvia, y el Alemán: el Farmacéutico se quedaría en el campamento, con el revólver. Afortunadamente no se les ocurrió interferir en nuestros planes de partida.

Volvimos a dormir los tres bajo una misma manta. Me costó mucho, nuevamente, conciliar el sueño; en mi cabeza daba vueltas sin cesar la historia contada por Alicia, casi susurrada, cuando ya estábamos bajo la manta y el niño dormía profundamente.

En su propia casa -contó- al entrar a su dormitorio, notó que ya no era la misma habitación de todos los días, sino una mucho más amplia y vacía, con sólo una gruesa alfombra sobre el piso. Aterrada, descubrió que en un rincón había un hombre: estaba completamente desnudo y avanzaba hacia ella, con una mirada como de borracho o enfermo, los brazos colgando flojamente. Intentó abrir la puerta por la que había entrado, pero no lo consiguió; entonces corrió hasta otra puerta, que veía justo enfrente de ésta; pero el hombre la atrapó antes de que lograra alcanzarla, y la arrojó brutalmente al suelo.

De inmediato, insensible a sus gritos y a los golpes que intentaba o que realmente conseguía darle, le arrancó las ropas con furia e intentó violarla; ella resistió con tenacidad, pero el hombre comenzó a castigarla sistemáticamente, cubriéndole de golpes de puño la cara y el cuerpo; ella se espantó al sentir que los labios le sangraban y que apenas podía abrir los ojos, y el dolor se volvía insoportable, le parecía que tenía las costillas rotas, y al fin se entregó.

En un estado de semiinconsciencia fue poseída varias veces, hasta que el hombre, cansado, se echó a dormir. Quiso matarlo, pero no tenía con qué, ni fuerzas. Arrastrándose, logró alcanzar la puerta, y se encontró en otra habitación, desconocida, con muebles; colocó una silla bajo el pestillo y se tendió en la cama.

Durmió durante largo tiempo, y creía haber notado una presencia que velaba, a veces, junto a ella, y al despertar encontró alimentos y ropa a su alcance.

Después había vagado por aquella serie de apartamentos, y se había instalado en uno de ellos, cansada de vagar, y aprovechando que estaba vacío y le resultaba cómodo. Hacía poco que estaba allí cuando apareció el Farmacéutico; creyó que intentarían violarla nuevamente y, presa del pánico, huyó.

Yo me dormí cuando estaba por amanecer, y el cielo mostraba ya una claridad gris.

A las ocho vimos partir el grupo de la cacería: nosotros permanecimos hasta cerca del mediodía, porque yo no lograba despertarme del todo. Cuando al fin estuvimos dispuestos, el Farmacéutico pareció olvidar rencores, y nos estrechó ceremoniosamente la mano y nos deseamos mutuamente buena suerte: éramos sinceros.

La despedida del resto del grupo había sido menos emotiva; ellos estaban nerviosos y yo con mucho sueño. Con todo, el apretón de manos de Bermúdez había sido fuerte y prolongado. Y se mostró emocionado al besar al niño.

– Espero que volvamos a encontrarnos -había dicho Bermúdez, en el momento de partir, y ahora yo repetía esta frase para el Farmacéutico.

Elegimos un pasillo que tenía puerta, sin inconvenientes para ser abierta, y que aún no había sido transitado por ninguno de nosotros. Coloqué una gran piedra junto a la puerta abierta, para evitar que se cerrara, pensando que quizá nos viésemos obligados a regresar.

El niño estaba contento ante la perspectiva de una nueva aventura, y había espacio suficiente en el pasillo para que fuera tomado de la mano de ambos.

22

Fue, aproximadamente, un día y una noche el tiempo que nos llevó recorrer la larga serie de pasillos que se bifurcaban sin ofrecer otra posibilidad que las bifurcaciones; yo dejaba la elección librada al gusto de Alicia, o a veces del niño. Dormimos muy mal, y muy poco.

La nerviosidad que me había entrado al internarnos en el corredor había variado de tono; al principio se trataba de emprender una aventura, largar, se nuevamente hacia lo desconocido, dejando atrás lo que había sido un refugio bastante seguro y la compañía de otros seres humanos: y aunque la decisión de partir había sido bien meditada, no podía evitar la angustia, después de tantos días de pasividad.

Había otra sensación desagradable: por más que hubiese aclarado perfectamente los términos de mi alianza con Alicia, no dejaba de sentirme con el peso de la responsabilidad, por ella y por el niño. Me hubiese sentido más tranquilo de encontrarme solo; al menos mi angustia tendría un matiz distinto, menos opresivo.

Luego me fue invadiendo el cansancio de andar, y nuevamente la claustrofobia; era el pasillo más largo que había recorrido, parecía no terminar nunca; ni siquiera presentaba orificios ni, a pesar de que en realidad se podía respirar bien, eran visibles otros sistemas de ventilación.

Cuando llegamos al final nos encontramos, con alegría, en el aire libre; y mi alegría fue acompañada de algo nuevo, una nueva confianza, una especie de seguridad. Ello se debía sin duda a lo familiar del paisaje: era campo, extenso, sin murallas visibles, y había detalles que, si bien no los noté enseguida, inconscientemente los recogí y en ellos se afianzó mi nuevo estado de ánimo: un caminito, algunos árboles -eucaliptus- y más allá un alambrado y más lejos aún, apenas visible, una vaca. El pasto era muy verde y el aire tenía el aroma de la tierra.

El pasillo había desembocado en una escalerita que llevaba a un agujero rectangular en la tierra; por allí emergimos y empezamos a caminar, luego de haber echado un amplio vistazo en derredor, sobre la calma del paisaje.

El caminito, apenas una huella de hombres y animales, pronto nos llevó cerca de un lugar poblado; algunos ranchos y casitas dispersos en un área grande; luego, a la distancia, parecía que las construcciones se hacían más nutridas y más próximas entre sí.

Recorrimos algunos ranchos; tres de ellos estaban desocupados, dando idea de abandono; el cuarto también lo estaba, pero había señales de haber sido habitado recientemente.

Seguimos andando, y al fin decidimos detenernos en una casita próxima. No había nadie, pero se notaba claramente que alguien vivía allí, pues había alimentos frescos.

Comimos, y tomamos leche, y nos sentamos a esperar que llegaran los dueños de casa.

Al caer la noche, no habían aparecido.

Me sentí alarmado. Hasta ese momento, el cansancio y la angustia pasada no me habían permitido hacerme una composición de lugar; pero cuando encendí el farol y contemplé cómo Alicia acostaba al niño en una cama pequeña, y vi más allá una cama de matrimonio, empecé a sacar conclusiones; si bien yo estaba aún a la expectativa y no me había hecho demasiadas ilusiones concretas, había creído, tal vez por tratarse de un lugar tan abierto, que estábamos en algo distinto; ahora veía que el sistema empezaba a repetirse. La casa parecía estar esperándonos. Los elementos estaban dispuestos para que nos fuera cómoda; había, además, un escritorio, con una máquina de escribir y abundante papel.

Salí afuera y contemplé la noche estrellada, serena. No había en ella nada de particular, nada distinto a tantas otras noches vividas en el campo. El canto de los grillos, el silencio dominando todos los pequeños ruidos; el ladrido de un perro a la distancia, contestado por otro más lejano; el aire limpio, la calma. Una noche como para sentirme bien; no me faltaba nada. Ni siquiera una compañera. Todo estaba en orden.

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