– Ya iba siendo hora de que usted y yo nos encontráramos despacio, -dijo JD, con una voz extraordinariamente suave, con las dos manos juntas y las yemas de los dedos sobre la barbilla. Hablaba con frases muy cortas, y al final de cada una guardaba un reflexivo silencio-. En la intimidad, sin prisas. En las distancias cortas se conoce a los hombres. Al menos a los hombres como usted. Singulares. Decididos. Sabiendo lo que quieren. Y cómo conseguirlo. Admítame un elogio: no hay muchos. No somos muchos. Nos reconocemos en seguida. Pero los demás no nos conocen. Nos juzgan: equivocadamente. A usted, discúlpeme, lo conceptuaban de idiota. Fácil de engañar. De eliminar. “Se le tira por el Viaducto y santas pascuas”. Decía ese cretino. Dios lo tenga a él en su Gloria. Incompetentes: problemas de encargar trabajos delicados a terceros. Como las contratas y las subcontratas. Nos entendemos. A que sí. Segunda fase: Nikimura. Antiguo operador de vídeo. El Killer de más reputación en todo el Sudeste asiático. Supernumerario en la Yakuza de Tokio. Desarmado, usted lo elimina. Limpiamente, sin ruido, sin huellas. Más difícil todavía: se desamordaza, como Houdini, salta en marcha de una furgoneta en la M-40. Contratiempos: a su paisano le pica la codicia. Eliminación, no con la misma profesionalidad que usted emplea, pero bueno. El peligro sigue siendo usted: dispuesto a todo y libre por Madrid, atando cabos. La fuerza bruta, las armas, ¿qué valen sin la inteligencia? Última, casi desesperado recurso: cherchez la femme , como diría un amigo común. Amablemente, Olga coopera. Incluso los hombres como nosotros tienen un talón de Aquiles. Veo cómo ella le mira: también ahí hizo usted un trabajo perfecto. En estos tiempos, ellas añoran a un hombre verdadero. No los encuentran en las nuevas generaciones. Silencio: no quiera hablar todavía. Faltan detalles, flecos. Punto uno: la santa imagen, que usted me entregará, dado que financié la operación y soy su legítimo dueño. Punto dos: trabajará para mí. Me han contado que se hace pasar por periodista. Tapadera perfecta. Lo quiero desde ya en mi equipo de adquisiciones. Nada de contratas, nunca más. Su primera misión, en el extranjero: la sangre de San Gennaro. A los otros les parecía imposible: para usted nada lo es. Y una idea que me da vueltas: ¿se acuerda de los quince centímetros de colon que le extirparon hace poco a Su Santidad el Papa? Se rumorea que ya andan en el mercado negro, y que obran prodigios. Pero antes de que me responda quiero que vea algo…
JD oprimió un mando a distancia: la persiana, que ocupaba toda una pared, siguió levantándose, y el sol iluminó poco a poco la habitación entera, al tiempo que en los altavoces del hilo musical sonaba muy bajo el Adeste fideles. Lorencito no daba crédito a sus ojos: la otra mitad de la habitación no era o no parecía un despacho, sino la capilla más rica, la más abarrotada de imágenes de santos, crucifijos y relicarios que él había visto nunca. JD, orgulloso de su golpe de efecto, miraba con satisfacción a Lorencito y a Olga, los animaba a aproximarse. Eligió un relicario labrado en plata y lo sostuvo reverencialmente ante ellos con las dos manos, diciéndoles:
– ¿No se habían preguntando alguna vez dónde fue a parar el brazo incorrupto de Santa Teresa después de la muerte del Caudillo?
El millonario idólatra
Aquel hombre que poseía, y posee, una fortuna valorada por el Financial Times en dos mil millones de dólares; que cotiza las acciones de sus empresas en los mercados financieros de Wall Street, de la City de Londres, de la despiadada Bolsa de Tokio; que compra y vende solares y manzanas enteras de rascacielos como si jugara al Monopoly ; que fue recibido en audiencia privada por el Papa a los pocos días de su segunda boda, en compañía de su joven esposa, vestida para la ocasión con un ondulante traje negro y una clásica mantilla española, entregándole de paso el Sumo Pontífice un mensaje secreto de nuestro monarca; que ejerce una influencia al parecer terminante en varios gobiernos sudamericanos y africanos; que es confidente, amigo y asesor de las más altas jerarquías de la nación: aquel plutócrata, supo Lorencito, con asombro, incluso con terror, porque se veía claro que tras su voz tan suave y sus maneras delicadas se ocultaba una ambición sin límites, era también un ferviente y desatado católico, un buscador y coleccionista implacable de cuantas imágenes y reliquias milagrosas podía comprar o robar, sin importarle el precio o los medios necesarios para lograr sus fines. En las cátedras de Economía y en las revistas financieras se analizan sus operaciones inmobiliarias o especulativas con la misma admiración con que puede estudiarse en una Facultad de Arquitectura el Partenón de Atenas o la basílica del Valle de los Caídos: él, con una mezcla de soberbia y piedad, atribuyó ante Lorencito Quesada todos sus éxitos a la intercesión divina y de los santos, así como al efecto multiplicado y prodigioso de su colección de reliquias.
Uno por uno les fue mostrando a Lorencito y a Olga sus tesoros, entre los cuales el brazo incorrupto de Santa Teresa ocupaba un lugar secundario. Para tocarlos se puso unos guantes blancos de seda: vieron la pluma del arcángel San Gabriel y el fragmento de la roca donde se sentó la Virgen María durante la huida hacia Egipto que se veneraron en la Capilla Real de Granada hasta que desaparecieron tras un robo nunca esclarecido; se les permitió rozar con las puntas de los dedos las tres piedras que expulsó del riñón San Alfonso María Ligorio después de un cólico nefrítico; vieron las últimas gafas graduadas del Papa Pío XII, un trozo de siete centímetros del Lignum crucis , la cuchara con la que Santa Lucía se sacó los ojos, un alzacuellos usado de San Juan Bosco, una de las treinta monedas que recibió Judas, que era un denario con la efigie del emperador Augusto, la caña de una escoba de San Martín de Porres, la reja de hierro con la que fueron torturados los mártires San Bonoso y San Maximiano, así como una urna con los huesos de ambos, un peine de carey, con algunos cabellos, del beato José María Escrivá de Balaguer, una bolsita con serrín de la carpintería de San José, un paño de la Santa Faz que al parecer es el verdadero, a diferencia del que se venera en la catedral de Jaén, una cosa seca y negruzca que a la luz de las más modernas técnicas de investigación resultaba ser el auténtico Santo Prepucio, el único, entre los muchos que se disputan la adoración de la Cristiandad, que resistía satisfactoriamente la prueba incontrovertible del carbono 14…
– A los hombres de empresa se nos acusa siempre de materialismo -dijo JD, aún con los guantes blancos, uniendo las dos manos junto a la barbilla, bajo el labio inferior-. Yo le puedo decir, humildemente, que todo se lo debo a mi fe. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma? A la hora de tomar una decisión, el índice Dow Jones, las tablas input-output , sin la ayuda sobrenatural, son vanidad de vanidades. La descristianización, el paganismo, avanzan. Presidentes de gobiernos y hasta testas coronadas no dan un paso sin recurrir a las supersticiones de la quiromancia y el tarot. Si yo le contara… ¡Pero nada hay más eficaz que las reliquias certificadas por los rigurosos doctores de nuestra Iglesia Católica!
Lorencito no decía nada: lo miraba todo con los ojos y la boca muy abiertos, sin acordarse de que se había prometido a sí mismo no repetir más esa expresión. La mirada de Olga buscaba la suya: también se le había olvidado su voluntad de despreciarla. JD, tan ensimismado que parecía no verlos, circulaba entre sus tesoros frotándose suavemente las manos. Ahora había elegido una pequeña ampolla de cristal que tenía en su interior un líquido oscuro. La alzó ante los ojos de Lorencito y la luz del sol dio al líquido una tonalidad rojiza.
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