Que en los países civilizados el uso correcto, con ventajas certificadas por la experiencia, es que los cuerpos permanezcan bajo tierra unos cuantos años, cinco en general, al final de los cuales, salvo milagro de incorrupción, se retirará lo poco que haya sobrado del trabajo corrosivo de la cal viva y de la digestión de los gusanos, para dar espacio a los nuevos ocupantes. En los países civilizados no existe esta práctica absurda de los lugares a perpetuidad, esta idea de considerar para siempre intocable cualquier sepultura, como si, no habiendo podido ser definitiva la vida, la muerte lo pudiese ser. Las consecuencias están a la vista, este portón condenado, la anarquía de la circulación interna, el rodeo cada vez mayor que los entierros tienen que dar por fuera del Cementerio General antes de llegar a su destino, en un extremo cualquiera de uno de los sesenta y cuatro tentáculos del pulpo, que nunca lograrían alcanzar si no llevasen delante un guía. De la misma manera que la Conservaduría del Registro Civil, aunque la correspondiente información, por deplorable olvido, no fuera dada el momento adecuado, la divisa no escrita de este Cementerio General es Todos los Nombres, aunque deba reconocerse que, en realidad, es a la Conservaduría a la que estas tres palabras le sientan como un guante, por cuanto en ella todos los nombres efectivamente se encuentran, tanto los de los muertos como los de los vivos, mientras que el Cementerio, por su propia naturaleza de último destino y último depósito, tendrá que contentarse siempre con los nombres de los finados. Esta evidencia matemática, sin embargo, no es suficiente para reducir al silencio a los curadores del Cementerio General, que, ante lo que llaman su aparente inferioridad numérica, suelen encoger los hombros y argumentar, Con tiempo y paciencia aquí vendrán todos a parar, la Conservaduría del Registro Civil, bien vistas las cosas, no pasa de un afluente del Cementerio General. Excusado será decir que para la Conservaduría es un insulto llamarla afluente. A pesar de estas rivalidades, de esta emulación profesional, las relaciones entre los funcionarios de la Conservaduría y del Cementerio son claramente amistosas, de respeto mutuo, porque, en el fondo además de la colaboración institucional a que están obligados por la comunidad formal y contigüidad objetiva de sus respectivos estatutos, saben que andan cavando en los dos extremos de la misma viña, esta que se llama vida y está situada entre la nada y la nada.
No era la primera vez que don José aparecía en el Cementerio General.
La necesidad burocrática de realizar algunas verificaciones, el esclarecimiento de discrepancias, la confrontación de datos, la dilucidación de diferencias obligan a trasladarse, con relativa frecuencia, a los funcionarios de la Conservaduría al Cementerio, casi siempre los escribientes, poco los oficiales y nunca, ni necesario sería referirlo, los subdirectores o el conservador. También los escribientes y alguna que otra vez los oficiales del Cementerio General, por motivos semejantes, van a la Conservaduría, también allí lo reciben con la misma cordialidad con que van a acoger aquí a don José. Tal como la fachada, el interior del edificio es una copia fidelísima de la Conservaduría, debiendo en todo caso precisarse que los funcionarios del Cementerio General suelen afirmar que es la Conservaduría del Registro Civil la copia del Cementerio, y además, considerando que le falta el portón, incompleta, a lo que los de la Conservaduría responden que buen portón es ése, que está siempre cerrado. Sea como sea, aquí se encuentra el mismo mostrador largo que atraviesa el enorme salón, las mismas altísimas estanterías, la misma disposición del personal, en triángulo, con los ocho escribientes en la primera línea, los cuatro oficiales a continuación, los dos subcuradores, que así es como se llaman aquí, y no subdirectores, tal como el curador, en el vértice, no es conservador, y sí curador. Sin embargo, el personal burocrático no es todo el personal del Cementerio. Sentados en dos bancos corridos, a un lado y a otro de la puerta de entrada, frente al mostrador, están los guías. Hay quien, crudamente, sigue llamándoles enterradores, como en los primeros tiempos, pero la designación de su categoría profesional, en el boletín oficial de la ciudad, es guía-de-cementerio, lo que, reparando mejor, y al contrario de lo que se podría imaginar no corresponde a un eufemismo bien intencionado que pretendiese disimular la brutalidad dolorosa de una azada excavando un agujero rectangular en la tierra, antes bien es la expresión correcta de una función que no se limita a bajar al muerto a la profundidad, pues lo conduce también por la superficie. Estos hombres, que trabajan en pareja, esperan sentados, en silencio, que vengan los cortejos fúnebres, y después, pertrechados de la respectiva guía de marcha, rellenada por el escribiente a quien le tocó el difunto, se meten en uno de los coches de servicio que esperan en el aparcamiento, aquellos que tienen en la parte de atrás un letrero luminoso que se enciende y se apaga y que dice Sígame, como se usa en los aeropuertos, por lo menos en este punto tiene toda la razón el curador del Cementerio General cuando afirma que están más avanzados en la moderna tecnología que la Conservaduría del Registro Civil, donde la tradición todavía manda escribir con pluma de mojar en el tintero. Realmente, cuando se ve al coche fúnebre y a sus acompañantes siguiendo obedientemente a los guías por las cuidadas calles de la ciudad y por los malos caminos de los arrabales, con la luz dale que dale hasta el sitio donde será la sepultura, Sígame, Sígame, Sígame, es imposible no concordar que las mudanzas del mundo no siempre son para peor. Y, aunque el pormenor no sea de especial importancia para la comprensión global del relato, viene a propósito explicar que una de las características más significativas de la personalidad de estos guías es que creen que el universo está efectivamente regido por un pensamiento superior permanentemente atento a las necesidades humanas, porque si así no fuese, argumentan ellos, los automóviles no habrían sido inventados precisamente en el momento en que comenzaban a ser más necesarios, o sea, cuando el Cementerio General se había vuelto tan extenso que sería un verdadero calvario llevar al difunto al gólgota por medios tradicionales, fuese el palo y la cuerda, fuese la carreta de dos ruedas. Cuando sensatamente se les observa que deberían ser más cuidadosos con las palabras, pues gólgota y calvario son una y la misma cosa, y que no tiene sentido usar términos que anuncian el dolor a propósito del transporte de alguien que ya no tendrá que sufrir más, es seguro y garantizado que nos responderán con malos modos, que cada uno sabe de sí y sólo Dios sabe de todos.
Entró pues don José y avanzó directamente al mostrador, lanzando al pasar una mirada fría a los guías sentados, con quienes no simpatizaba porque su existencia desequilibraba numéricamente la relación de personal a favor del Cementerio. Siendo conocido de la casa, no necesitaría presentar el carné que lo identificaba como funcionario del Registro Civil, y, en cuanto a la famosa credencial, ni siquiera se le había pasado por la cabeza traerla, porque hasta el más inexperto de los escribientes, de un golpe de vista, sería capaz de percatarse de que era falsa desde la primera a la última línea. De los ocho funcionarios que se alineaban tras el mostrador, don José escogió uno de los que mejor le caían, un hombre algo mayor que él, con el aire ausente de quien ya no espera otra vida. Tal como a los otros, cualquiera que fuese el día, siempre lo habían encontrado allí. Al principio llegó a pensar que los funcionarios del cementerio no disfrutaban de descanso semanal ni de vacaciones, que trabajaban todos los días del año, hasta que alguien le dijo que no era así, que había grupos de eventuales contratados para trabajar los domingos, ya no estamos en el tiempo de la esclavitud, don José.
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