Parece inútil decir que el deseo de los funcionarios del Cementerio General, desde hace mucho tiempo, es que los eventuales se encarguen también de las tardes de sábado, pero, por alegadas razones de presupuesto y partida económica, la reivindicación no ha sido aún satisfecha, no sirviéndole de nada al personal del Cementerio la invocación del ejemplo de la Conservaduría del Registro Civil, que los sábados sólo trabaja por la mañana, por cuanto, según el sibilino despacho superior que negó el requerimiento, Los vivos pueden esperar, los muertos no. De todos modos, era insólito que un funcionario de la Conservaduría apareciese por allí de servicio precisamente en una tarde de sábado, cuando se suponía que estuviera disfrutando del ocio semanal con la familia, paseando por el campo u ocupado en ajustes domésticos que se guardan para cuando haya tiempo, o apenas vagueando, o, todavía, preguntándose para qué sirve el descanso cuando no sabemos qué hacer con él. Con el fin de evitar inoportunas extrañezas, que fácilmente se tornarían embarazosas, don José tuvo el cuidado de adelantarse a la curiosidad del interlocutor, dando la justificación que ya traía preparada, es un caso excepcional, de urgencia, mi subdirector necesita esta información el lunes a primera hora, por eso me pidió que viniese hoy al Cementerio General, en mis horas libres, Ah, bien, dígame de qué se trata, Es muy simple, sólo queríamos saber cuándo fue enterrada esta mujer.
El hombre tomó la ficha que don José le presentaba, copió en un papel el nombre y la fecha de fallecimiento y fue a consultar con el oficial respectivo. Don José no entendió lo que decían, aquí, tal como en la Conservaduría, sólo se puede hablar en voz baja, en este caso hay que contar también con la distancia, pero vio que afirmaba con la cabeza y, por el movimiento de los labios, no tuvo dudas de que decía, Puede informar. El hombre buscó en el fichero que se encontraba debajo del mostrador, donde estaban archivadas las fichas de los fallecidos en los últimos cincuenta años, los otros llenan las altas estanterías que se prolongan hacia el interior del edificio, abrió uno de los cajones, encontró la ficha de la mujer, copió en el papel la fecha necesaria y volvió donde se hallaba don José, Aquí tiene, dijo, y añadió, como si creyese que la información podía ser útil, Está en los suicidas. Don José sintió una contracción súbita en la boca del estómago, que es, más o menos, el lugar donde, según un artículo que leyera tiempos atrás en una revista de divulgación científica, existe una especie de estrella de nervios con muchas puntas, un enlace irradiante al que llaman plexo solar, sin embargo consiguió disimular la sorpresa con un fingimiento automático de indiferencia, la causa de la muerte constaría forzosamente en el certificado de defunción perdido, que él nunca ha visto, pero que, como funcionario de la Conservaduría, y más viniendo al Cementerio en misión oficial, no podía mostrar que desconocía. Con todo cuidado dobló el papel y lo guardó en la cartera, dio las gracias al informador, no olvidándose de añadir, entre oficiales del mismo oficio, manera simple de decir, pues no pasaban ambos de escribientes, que quedaba a su disposición para todo lo que necesitase de la Conservaduría y estuviese a su alcance. Cuando ya había dado dos pasos en dirección a la puerta se volvió, Se me ha ocurrido ahora una idea, aprovechar un rato de la tarde para dar un paseo por el Cementerio, si me autorizasen a entrar por aquí, evitaría dar un rodeo, Espere que voy a preguntar, dijo el escribiente. Comunicó la petición al oficial con quien antes había hablado, pero éste, en lugar de responder, se levantó y se dirigió al subcurador de su sección.
A pesar de que la distancia era mayor, don José entendió por el gesto de la cabeza y por el movimiento de los labios que iba a ser autorizado para servirse de la puerta interior.
El escribiente no volvió en seguida al mostrador, abrió primero un armario de donde retiró un gran cartón que después colocó debajo de la tapa de una máquina que tenía unas lucecitas de colores. Presionó un botón, se oyó el ruido de un mecanismo, se encendieron otras luces y luego salió una hoja de papel más pequeña por una abertura lateral. El escribiente volvió a guardar el cartón en el armario y por fin regresó al mostrador, Es mejor que se lleve un mapa, ya hemos tenido casos de personas que se pierden, después es una enorme complicación encontrarlas, los guías tienen que andar buscándolas con los coches y por esa causa se entorpece el servicio, se juntan los funerales ahí fuera a la espera, Las personas entran en pánico fácilmente, bastaría que siguiesen siempre en línea recta en una misma dirección, a alguna parte llegarían, en el archivo de los muertos de la Conservaduría General sí que es difícil, no hay líneas rectas, En teoría tiene razón, pero las líneas rectas de aquí son como las de los laberintos de corredores, están constantemente interrumpiéndose, cambiando de sentido, se da la vuelta a una sepultura y de pronto dejamos de saber dónde estamos, En la Conservaduría solemos usar el hilo de Ariadna, nunca falla, Hubo también una época en que nosotros lo utilizamos, pero duró poco tiempo, el hilo apareció cortado en varias ocasiones y nunca se llegó a saber quién había sido el autor de la tropelía ni la razón que tuvo para cometerla, Los muertos no fueron, seguro, Quién sabe, Esas personas que se perdieron eran gente sin iniciativa, podrían haberse guiado por el sol, Alguna lo habrá hecho, lo malo es que ese día el cielo estuviera cubierto, En la Conservduría no tenemos de aquellas máquinas, Pues le digo que dan mucho apaño al servicio. La conversación no podía proseguir por más tiempo, el oficial ya había mirado dos veces, y la segunda con el ceño fruncido, fue don José quien lo observó en voz baja, Su oficial ya nos ha echado dos miradas, no quiero que tenga problemas por mi causa, Le indico sólo el lugar donde la mujer está enterrada, repare en el extremo de este ramal, la línea ondulada que se ve aquí es un riachuelo que todavía va sirviendo de frontera, la sepultura se encuentra en este recodo, la identificará por el número, Y por el nombre, Sí, si, ya lo tiene, pero son los números lo que cuentan, los nombres no cabrían en el mapa, sería necesario uno del mismo tamaño del mundo, Escala uno por uno, Sí, escala uno por uno, e incluso así habría superposiciones, Está actualizado, Lo actualizamos todos los días, Y ya puestos, dígame qué le induce a imaginar que pretendo ver la sepultura de esta mujer, Nada, tal vez porque yo habría hecho lo mismo si estuviera en su lugar, Por qué, para tener la certeza, de que está muerta, No, la certeza de que estuvo viva. El oficial miró por tercera vez, hizo el movimiento de quien se va a levantar, pero no llegó a terminarlo, don José se despidió precipitadamente del escribiente, Gracias, gracias, dijo, a la vez que inclinaba ligeramente la cabeza en dirección al curador, entidad a quien las reverencias debían ir siempre encomendadas, como cuando se da gracias al cielo, aunque esté cubierto, con la importante diferencia de que en aquel caso la cabeza no se baja, se levanta.
La parte más antigua del Cementerio General, la que se ensanchaba unas cuantas decenas de metros por la parte trasera del edificio administrativo, era la que los arqueólogos preferían para sus investigaciones. Las vetustas piedras, algunas tan gastadas por el tiempo que sólo se conseguía distinguir en ellas unas rayas medio desvanecidas que tanto podrían ser restos de letras como el resultado de desvíos de un escoplo torpe, continuaban siendo objeto de intensos debates y polémicas en las que, perdida definitivamente, en la mayor parte de los casos, la esperanza de saber quién había sido puesto bajo ellas, apenas se discutía, como una cuestión vital, la datación probable de los túmulos. Diferencias tan insignificantes como unos míseros cien años para atrás o para delante eran motivo de larguísimas controversias, tanto públicas como académicas, de las que resultaban, casi siempre, no sólo violentas rupturas de relaciones personales, sino algunas mortales enemistades. Las cosas, si es posible, iban a peor cuando los historiadores y los críticos de arte aparecían metiendo la cuchara en el asunto, pues si era relativamente fácil, todavía, poner de acuerdo al cuerpo de arqueólogos sobre un concepto amplio de antigüedad aceptable para todos, dejando las fechas para después, ya la cuestión de lo bello y de lo verdadero situaba a los hombres y a las mujeres de la estética y de la historia tirando cada uno para su lado, no siendo nada raro ver a un crítico mudar súbitamente de opinión sólo porque la mudanza de opinión de otro crítico hiciera coincidir las dos. A lo largo de los siglos, la inefable paz del Cementerio General, con sus alas de vegetación espontánea, sus flores, sus trepadoras, sus densos macizos, sus festones y guirnaldas, sus ortigas y sus cardos, los poderosos árboles cuyas raíces muchas veces desenterraban las piedras tumulares y hacían subir hasta la luz del sol unos sorprendidos huesos, había sido objetivo y testigo de feroces guerras de palabras y de uno u otro paso a vías expeditivas. Siempre que incidentes de esta naturaleza sucedían, el curador comenzaba ordenando a los guías disponibles que acudiesen a separar a los ilustrados díscolos, dándose el caso, cuando alguna situación de imperiosa necesidad lo exigió, de presentarse en persona y figura para recordar irónicamente a los peleadores que no valía la pena despeinarse por tan poco en vida, puesto que, tarde o temprano, allí se reunirían todos calvos.
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