Margaret Atwood - El cuento de la criada

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En el estado de Gilead las criadas forman un estrato social pensado para conservar la especie. Las mujeres fértiles que integran esta clase, y que destacan por el hábito rojo con que se cubren hasta las manos, desempeñan una función esencial: dar a luz a los futuros ciudadanos de Gilead. Sin embargo, en un mundo antiutópico asolado por las guerras nucleares, gobernado por un código extremadamente severo y puritano, que castiga con la pena de muerte a quien se aparta del sistema y en el cual la mayoría de la población es estéril, engendrar no resulta fácil. Existe siempre el temor al fracaso y la amenaza de la confinación en la isla de seres inservibles más allá de las alambradas que rodean a la ciudad y del alto muro donde cuelgan, para que sirva de ejemplo, los cadáveres de los disidentes.

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Deglen y yo hemos llegado hasta el mostrador. Entregamos les vales y uno de los Guardianes registra en ellos un número con el Compuperfo, mientras el otro nos entrega nuestra compra, la leche y los huevos. Los guardamos en nuestros cestos y volvemos a salir, pasamos junto a la embarazada y su compañera que, comparada con la primera, parece raquítica y arrugada… igual que todas nosotras. El vientre de una mujer preñada es como un fruto inmenso. Somoflafla, una palabra de mi infancia. Ella apoya las manos en él, como si quisiera defenderlo, o como si en su interior buscara calor y fuerza.

Cuando paso, me mira directamente a los ojos, y entonces la reconozco. Estaba conmigo en el Centro Rojo, era una de las preferidas de Tía Lydia. Nunca me gustó. En aquellos tiempos, su nombre era Janine.

Janine me mira y en las comisuras de sus labios asoma una sonrisa afectada. Baja la vista hasta mi vientre -una tabla debajo del traje rojo- y la toca le cubre la cara. Sólo puedo ver un pequeño trozo de su frente y la punta rosada de su nariz.

Después entramos en Todo Carne, rotulada con una enorme chuleta de cerdo que cuelga de dos cadenas. Aquí no hay mucha cola: la carne es cara y ni siquiera los Comandantes pueden comerla todos los días. Sin embargo -y es la segunda vez esta semana-, Deglen coge filetes. Se lo contaré a las Marthas: éste es el tipo de comentarios que les encanta oír. Les interesa sobremanera saber cómo se administran las otras casas; estos cotilleos triviales les dan la oportunidad de sentirse orgullosas o disgustadas.

Cojo el pollo, envuelto en papel parafinado y atado con un cordel. Ya no quedan muchas cosas de plástico. Recuerdo aquellas bolsas blancas de plástico que daban en los supermercados; como odiaba desperdiciarlas, las amontonaba debajo del fregadero hasta que llegaba un momento en que había tantas que al abrir la puerta del armario resbalaban hasta el suelo. Luke solía quejarse y de vez en cuando las sacaba todas y las tiraba.

Ella podría coger una y ponérsela en la cabeza, me advertía. Ya sabes las cosas que hacen los niños cuando juegan. Nunca lo haría, le decía yo. Ya es grande. (O inteligente, o afortunada.) Pero sentía un escalofrío, y luego culpa por haber sido tan imprudente. Era verdad, yo lo daba todo por sentado, en aquellos tiempos confiaba en la suerte. Las guardaré en un armario más alto, decía. No las guardes, repetía Luke. Nunca las usamos. Como bolsas de basura, insistía yo, y él me decía…

Aquí no. La gente está mirando. Me vuelvo y veo mi silueta en la luna del escaparate. O sea que hemos salido, estamos en la calle…

Un grupo de personas se acerca a nosotras. Son turistas, parecen del Japón, tal vez forman parte de una delegación comercial y están visitando los lugares históricos o admirando el color local. Son pequeños y van pulcramente vestidos. Cada uno lleva una cámara y una sonrisa. Lo observan todo con mirada atenta, inclinando la cabeza a un costado, como los petirrojos; su alegría resulta agresiva y no soporto mirarlos. Hacía mucho tiempo que no veía mujeres con faldas como éstas. Les llegan exactamente debajo de las rodillas, y por debajo de las faldas se ven sus piernas casi desnudas con esas medias tan finas y llamativas, y los zapatos de tacón alto con las tiras pegadas a los pies como delicados instrumentos de tortura. Ellas se balancean, como si llevaran los pies clavados a unos zancos desparejos; tienen la espalda arqueada a la altura del talle y las nalgas prominentes. Llevan la cabeza descubierta y el pelo al aire en toda su oscuridad y sexualidad; los labios pintados de rojo, delineando las húmedas cavidades de sus bocas como los garabatos de la pared de un lavabo público de otros tiempos.

Me detengo. Deglen se para junto a mí y comprendo que ella tampoco puede quitarles los ojos de encima a esas mujeres. Nos fascinan y al mismo tiempo nos repugnan. Parece que fueran desnudas. Qué poco tiempo han tardado en cambiar nuestra mentalidad con respecto a este tipo de cosas.

Entonces pienso: yo solía vestirme así. Aquello era la libertad.

Occidentalización, solían llamarle.

Los turistas japoneses se acercan a nosotras, inquietos; volvemos la cabeza, pero ya es demasiado tarde: nos han visto la cara.

Los acompaña un intérprete, vestido con el traje azul clásico y corbata estampada en rojo con un alfiler en forma de alas. Da un paso adelante, apartándose del grupo y bloqueándonos el paso. Los turistas se apiñan detrás de él; uno de ellos levanta una cámara fotográfica.

– Disculpadme -nos dice en tono cortés-. Preguntan si os pueden tomar una foto.

Clavo la vista en la acera y sacudo la cabeza negativamente. Ellos sólo deben ver un fragmento de rostro, mi barbilla y parte de mi boca. Pero no mis ojos. Me guardo muy bien de mirar al intérprete a la cara. La mayoría de los intérpretes son Espías, o eso es lo que se rumorea.

También me cuido muy bien de decir que sí. Recato e invisibilidad son sinónimos, decía Tía Lydia. No lo olvidéis nunca. Si os ven -si os v en es como si os penetraran, decía con voz temblorosa. Y vosotras, niñas, debéis ser impenetrables. Nos llamaba niñas.

Deglen, que está a mi lado, también guarda silencio. Ha escondido las manos enguantadas dentro de las mangas.

El intérprete se vuelve hacia el grupo y habla entrecortadamente. Sé lo que les estará diciendo, conozco el paño. Les estará contando que las mujeres de aquí tienen costumbres diferentes, que ser observadas a través de la lente de una cámara es para ellas una experiencia de violación.

Aún tengo la vista clavada en la acera, hipnotizada por los pies de las mujeres. Una de ellas lleva unas Sandalia que le dejan los dedos al aire, y tiene las uñas pintadas de rosa. Recuerdo el olor del esmalte de uñas, y cómo se arrugaba si pasabas la segunda capa demasiado pronto, la textura satinada de las medias transparentes en contacto con la piel, y el roce de los dedos empujados hacia la abertura del zapato por el peso de todo el cuerpo. La mujer de las uñas pintadas se apoya primero en un pie y luego en otro. Casi siento sus zapatos en mis propios pies. El Olor del esmalte de uñas me ha abierto el apetito.

– Disculpadme -dice otra vez el intérprete para llamar nuestra atención. Muevo la cabeza, dándole a entender que lo he oído-. Preguntan si sois felices -continúa. Puedo imaginarme la curiosidad de esta gente: ¿Son felices? ¿Cómo pueden ser felices? Siento sus ojos brillantes sobre nosotras, cómo se inclinan un poco hacia delante para captar nuestra respuesta, sobre todo las mujeres, aunque los hombres también: somos un misterio, algo prohibido, los excitamos.

Deglen no dice nada. Reina el silencio. Pero a veces, no hablar es igualmente peligroso.

– Sí, somos muy felices -murmuro. Tengo que decir algo. ¿Qué otra cosa puedo decir?

CAPÍTULO 6

A una manzana de distancia de Todo Carne, Deglen se detiene, como si no pudiera decidir qué camino coger. Tenemos dos posibilidades: volver en línea recta, o dando un rodeo. Ya sabemos cuál elegiremos porque es el que cogemos siempre.

– Me gustaría pasar por la iglesia -anuncia Deglen en tono piadoso.

– De acuerdo -respondo, aunque sé tan bien corno ella misma lo que pretende.

Caminamos tranquilamente. Ya se ha puesto el sol, y en el cielo aparecen nubes blancas y aborregadas, de esas que parecen corderos sin cabeza. Con la toca que llevamos -las anteojeras- es difícil mirar hacia arriba y tener visión completa del cielo, o de cualquier cosa. Pero igual lo logramos, un poco cada vez, con un pequeño movimiento de la cabeza arriba y abajo, a un costado y hacia atrás. Hemos aprendido a ver el mundo en fragmentos.

A la derecha se abre una calle que baja hasta el río. Hay un cobertizo -dónde antes guardaban los barcos de remo -, algún que otro puente, árboles, verdes lomas donde uno podía sentarse a contemplar el agua o a los jóvenes de brazos desnudos que levantaban sus remos mientras jugaban a las carreras. En el camino hacia el río se encuentran los antiguos dormitorios -que ahora se utilizan para alguna otra cosa-, con sus torres de cuento de hadas pintadas de blanco, dorado y azul. Cuando evocamos el pasado, escogemos las cosas bonitas. Nos gusta creer que todo era así.

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