De cualquier manera, ni Judd ni Waterford estuvieron casados jamás con ninguna mujer que se llamara «Pam» ni «Serena Joy». Este último nombre parece haber sido una maliciosa invención de nuestra autora. El nombre de la esposa de Judd era Bambi Mae, y el de la esposa de Waterford era Thelma. Sin embargo, esta última había sido una figura de la televisión, del tipo que describe la narración. Nos enteramos de ello a través del material de Limpkin, que hace varias observaciones sarcásticas al respecto. El propio régimen se esmeró en cubrir las desviaciones de la ortodoxia por parte de las esposas de las clases privilegiadas.
Las pruebas inclinan la balanza a favor de Waterford. Sabemos, por ejemplo, que murió probablemente poco después de los acontecimientos que nuestra autora describe, en una de las primeras purgas; fue acusado de tener tendencias liberales y de estar en posesión de una importante colección no autorizada de material pictórico y literario de tipo herético, y de encubrir a una persona subversiva. Esto ocurrió antes de que el régimen empezara a celebrar los juicios en secreto, y por lo tanto aún los televisaban, de manera que ese juicio fue grabado en Inglaterra por vía satélite y se encuentra en los depósitos de grabaciones de nuestros archivos. Las tomas de Waterford no son muy buenas, pero sí lo suficientemente claras para asegurar que su pelo era en efecto gris.
En cuanto a la persona subversiva que Waterford fue acusado de encubrir, podría haber sido la propia «Defred», ya que su huida puede haberla colocado en esa categoría. Como demuestra la existencia misma de las casetes, lo más probable es que fuera «Nick» quien ayudara a «Defred» a escapar. El modo en que lo hizo lo señala como un miembro de la organización clandestina Mayday, que no era la misma que el Tren Metropolitano de las Mujeres, pero que tenía relaciones con éste. Lo último fue una simple operación de rescate cuasi militar. Se sabe que una serie de componentes de Mayday se habían infiltrado en los más altos niveles de las estructuras del poder gileadiano y que la colocación de uno de sus miembros como chófer de Waterford habría sido ciertamente un golpe; un golpe doble, ya que «Nick» debió de ser al mismo tiempo un miembro de los Ojos, como solía ocurrir en el caso de los chóferes y los sirvientes personales. Waterford, por supuesto, debía de saberlo; pero, como todos los Comandantes de alto nivel, automáticamente era director de los Ojos y no debió de haber prestado mucha atención ni debió de dejar que ello interfiriera en su infracción de lo que él consideraba reglas menores. Como la gran mayoría de los primeros Comandantes de Gilead que posteriormente fueron purgados, él consideraba que su posición estaba por encima de cualquier ataque. El estilo del periodo medio de Gilead fue más cauteloso.
Éstas son nuestras conjeturas. Suponiendo que sean correctas, es decir, suponiendo que Waterford fuera efectivamente el «Comandante», aún quedan muchas incógnitas. Algunas de ellas podrían haber sido despejadas por nuestra autora anónima, si hubiera tenido una manera diferente de ver las cosas. Si hubiera tenido instinto de periodista, o de espía, podría habernos explicado muchas cosas acerca del funcionamiento del imperio gileadiano. ¡Qué no daríamos ahora por veinte páginas escritas del ordenador privado de Waterford! De cualquier manera, debemos estar agradecidos por las migajas que la Diosa de la Historia se ha dignado concedernos.
En cuanto al destino final de nuestra narradora, permanece en las tinieblas. ¿Fue pasada clandestinamente por la frontera de Gilead hasta lo que entonces era Canadá, y se las arregló para ir de allí a Inglaterra? Ésta habría sido una decisión inteligente ya que el Canadá de aquella época no deseaba enemistarse con su poderoso vecino y organizaba redadas y extraditaba a los refugiados. En ese caso, ¿por qué no se llevó consigo la narración grabada? Tal vez su viaje se decidió en el último momento; tal vez temía que la detuvieran en el camino. Por otro lado, puede que la hubieran vuelto a capturar. Si realmente llegó a Inglaterra, ¿por qué no dio a conocer su historia, como hicieron muchos una vez que llegaron al mundo exterior? Puede que temiera que tomaran represalias contra «Luke», suponiendo que él aún estuviera vivo, lo cual es improbable, o incluso contra su hija; porque el régimen gileadiano no era incapaz de tales medidas, y las tomaba con el fin de desalentar la publicidad adversa en los países extranjeros. Se sabe que más de un refugiado incauto recibió una mano, una oreja o un pie envasado al vacío y oculto, por ejemplo, en un bote de café. O tal vez se contaba entre las Criadas que huyeron y que tuvieron dificultades para adaptarse al mundo exterior, después de la vida protegida que habían llevado. Como ellas, puede haberse convertido en una solitaria. No lo sabemos.
Sólo podemos hacer deducciones también con respecto a las motivaciones de «Nick» para organizar la fuga. Podemos suponer que una vez descubierta Deglen, su compañera de asociación con Mayday, él mismo corría peligro porque, como muy bien sabía en tanto miembro de los Ojos, la misma Defred sería interrogada. La pena por actividad sexual no autorizada con una Criada era severa, y su categoría de Ojo tampoco lo protegía. La sociedad gileadiana era en extremo bizantina y cualquier transgresión podía ser utilizada en contra de uno por los enemigos no declarados pertenecientes al régimen. Por supuesto, él podría haberla asesinado, lo que habría sido el camino más inteligente, pero el corazón humano sigue siendo un factor decisivo y, como sabemos, ambos pensaban que ella podía estar esperando un hijo de él. ¿Qué varón del período gileadiano podía resistirse a la posibilidad de ser padre, algo tan impregnado de categoría y tan preciado? En cambio, llamó a un equipo de rescate de los Ojos, que pueden haber sido auténticos o no, pero en cualquier caso trabajaban bajo sus órdenes. Con esto también puede haber provocado su propia caída. Jamás lo sabremos.
¿Nuestra narradora llegó sana y salva al mundo exterior y construyó una nueva vida? ¿O fue descubierta en su escondite del ático, arrestada, enviada a las Colonias o a Jezebel’s, o incluso ejecutada? Nuestro documento, aunque a su modo elocuente, no da respuesta a estas cuestiones. Podríamos convocar a Eurídice desde el mundo de los muertos, pero no podríamos lograr que respondiera; y cuando nos giramos para mirarla, la divisamos sólo un momento, antes de que se nos deslice de las manos y se desvanezca. Como todos los historiadores sabemos, el pasado es una gran tiniebla llena de resonancias. Desde ella pueden llegarnos algunas voces; pero lo que nos dicen está imbuido de la oscuridad de la matriz de la cual salen. Y, por mucho que lo intentemos, no siempre podemos descifrarlas e iluminarlas con la luz prístina de nuestro propio tiempo.
Aplausos.
¿Alguna pregunta?