– Un solo instante de ti valía todas las eternidades.
Zofia se acurrucó contra él.
Luego, Lucas tomó a Zofia entre sus brazos y, en la intimidad de la noche, la amó tiernamente.
Jules entró en el hospital. Fue hasta los ascensores sin que nadie reparara en él; los Ángeles Verificadores sabían hacerse invisibles cuando querían… Pulsó el botón de la cuarta planta. Cuando pasó por delante de la sala de guardia, la enfermera no vio la silueta que avanzaba en la penumbra del pasillo. Se detuvo ante la puerta de la habitación, se colocó bien los pantalones de tweed con estampado príncipe de Gales, llamó suavemente y entró de puntillas.
Se acercó, levantó la gasa que rodeaba la cama donde Reina dormía y se sentó a su lado. Reconoció la chaqueta que estaba en el perchero y la emoción le nubló la mirada. Acarició el rostro de Reina.
– Te he echado tanto de menos… -susurró Jules-. Diez años sin ti son muchos.
Depositó un beso en sus labios y la pequeña pantalla verde que estaba sobre la mesilla de noche rubricó la vida de Reina Sheridan con una larga raya continua.
La sombra de Reina se levantó y los dos partieron de la mano…
… En Central Park era medianoche y Zofia se dormía con la cabeza apoyada en un hombro de Lucas.
Y atardeció y amaneció…
En Central Park soplaba una tenue brisa. La mano de Zofia resbaló sobre el respaldo del banco y cayó. El frío del amanecer la hacía estremecerse. Amodorrada, se subió el cuello del abrigo y recogió las piernas acercando las rodillas al pecho. La claridad del alba se filtraba a través de sus párpados cerrados. Se rebulló. No lejos de allí, un pájaro chilló en un árbol; Zofia reconoció el grito de una gaviota emprendiendo el vuelo. Se estiró y sus dedos buscaron a tientas la pierna de Lucas. Su mano fue subiendo por el asiento de madera sin encontrar nada. Zofia abrió los ojos para descubrir la soledad de su despertar.
Inmediatamente empezó a llamar, sin que nadie le respondiera. Entonces se levantó y miró a su alrededor. Las avenidas estaban desiertas; el rocío, intacto.
– Lucas… Lucas… Lucas…
Su voz sonaba cada vez más inquieta, más frágil, más desamparada. Giraba sobre sí misma gritando el nombre de Lucas hasta sentir vértigo. Un murmullo de hojas delataba que la brisa era la única presencia.
Zofia se acercó febrilmente hasta el puentecillo, tiritando de frío. Caminó junto al muro de piedra blanca y encontró una carta metida en un intersticio.
Zofia:
Cuando duermes estás preciosa. Esta última noche, te rebulles y te estremeces; yo te estrecho contra mí, te tapo con mi abrigo. Me habría gustado poder taparte con él todos los inviernos. Tus facciones están serenas, te acaricio una mejilla y, por primera vez en mi vida, me siento triste y feliz a la vez.
Es el fin de nuestro momento, el principio de un recuerdo que para mí durará eternamente. Cuando estábamos juntos, había en cada uno de nosotros tanta perfección y tanta imperfección al mismo tiempo…
Me marcharé al amanecer, me alejaré paso a paso para seguir disfrutando cada segundo de ti, hasta el último instante. Desapareceré detrás de este árbol para rendirme a la razón de lo peor.
Dejando que acaben conmigo, proclamaremos la victoria de los tuyos y, sean cuales sean las ofensas, te perdonarán. Regresa, amor mío, regresa a tu casa, que es donde debes estar. Me habría gustado tocar las paredes de tu morada con olor de sal, ver a través de tus ventanas las mañanas que amanecen sobre horizontes que no conozco, pero que sé que son los tuyos. Has logrado lo imposible, has cambiado una parte de mí. Ahora quisiera meterme en tu cuerpo y no volver a ver jamás la luz del mundo sino a través del prisma de tus ojos.
Donde tú no existes, yo tampoco existo. Nuestras manos unidas inventaban una de diez dedos; la tuya, al posarse sobre mí, se volvía mía, hasta tal punto que cuando tus ojos se cerraban, yo me dormía.
No estés triste, nadie podrá robarnos nuestros recuerdos. Ahora me basta cerrar los ojos para verte, dejar de respirar para notar tu olor, ponerme de cara al viento para percibir tu respiración. Así que, presta atención: allí donde esté, percibiré tus risas, veré la sonrisa de tus ojos, oiré tu voz. Saber simplemente que estás en algún sitio de la tierra será, en mi infierno, mi pequeño rincón de paraíso.
Tú eres mi Bachert.
Te quiero.
Lucas
Zofia se acurrucó lentamente sobre la alfombra de hojas apretando la carta entre los dedos. Levantó la cabeza y miró el cielo cubierto de tristeza. En medio del parque, el nombre de Lucas sonó como jamás se había oído sonar en la Tierra: con los brazos estirados lo máximo posible hacia el cielo, Zofia desgarraba el silencio y su llamada interrumpía el curso del mundo.
– ¿Por qué me has abandonado? -murmuró.
– ¡Tampoco hay que exagerar! -contestó la voz de Miguel, que apareció bajo el arco del puentecillo.
– Padrino…
– ¿Por qué lloras, Zofia?
– Te necesito -dijo la joven, corriendo hacia él.
– He venido a buscarte, Zofia, tienes que volver conmigo, esto se ha acabado.
Le tendió la mano, pero ella retrocedió.
– No voy a volver. Mi paraíso ya no está en casa.
Miguel avanzó hacia ella y le pasó un brazo por los hombros.
– ¿Quieres renunciar a todo lo que tu Padre te ha dado?
– ¿De qué servía darme un corazón y dejarlo vacío, padrino?
Él se colocó frente a ella y le puso las manos sobre los hombros; la miró atentamente y sonrió, lleno de compasión.
– ¿Qué has hecho, Zofia?
Ella sumergió los ojos en los suyos. Con los labios contraídos por la tristeza, le sostuvo la mirada y dijo:
– He amado.
Entonces la voz de su padrino se hizo más débil, su mirada se volvió evanescente y la luz del día atravesó su rostro a medida que éste desaparecía.
– Ayúdame -suplicó Zofia.
– Es una alianza…
Zofia no oyó el final de la frase porque él había desaparecido, ya no volvería a oírlo.
– … sagrada -dijo ella, alejándose sola por la avenida.
Miguel salió del ascensor, pasó por delante de la recepcionista saludándola con un gesto impaciente y avanzó apresuradamente por el pasillo. Llamó a la puerta del gran despacho y entró sin esperar respuesta.
– ¡Houston, tenemos un problema!
La puerta se cerró a su espalda.
Unos minutos más tarde, la voz atronadora del Señor hizo temblar las paredes del edificio. Miguel salió poco después e indicó a cuantos encontraba a su paso que todo iba sobre ruedas y que podían volver a su puesto de trabajo. Se metió detrás del mostrador de recepción y miró nerviosamente por la ventana.
En su inmenso despacho, el Señor observaba, iracundo, el tabique de enfrente. Abrió el cajón de su derecha y, dentro de éste, el compartimiento secreto; luego desconectó bruscamente el dispositivo de segundad del interruptor.
Dio un puñetazo sobre el botón y el tabique se deslizó despacio sobre un riel, dejando a la vista el despacho del Presidente. Las dos mesas formaron una sola, desmesurada, y ellos estaban uno en cada punta, cara a cara.
– ¿Puedo hacer algo por ti? -preguntó el Presidente, dejando su baraja.
– ¡No puedo creer que te hayas atrevido!
– ¿Atrevido a qué? -susurró Satán.
– ¡A hacer trampas!
– Ah, o sea que he sido yo el que ha hecho trampas primero -replicó el Presidente con arrogancia.
– ¿Cómo has podido atentar contra el destino de nuestros enviados? ¿Es que ya no tienes límites?
– ¡Esto es el mundo al revés! ¡Era lo último que me faltaba por oír! -dijo Satán en tono burlón-. Has sido tú quien ha empezado a hacer trampas, amigo.
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