Marc Levy - Siete Días Para Una Eternidad

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Por primera vez, Dios y el diablo están de acuerdo. Cansados de sus eternas disputas y deseosos de determinar de una vez por todas quién de los dos debe reinar en el mundo, deciden entablar una última batalla. Las reglas son las siguientes: cada uno de ellos enviará a la Tierra un emisario que contará con siete días para decantar el destino de la humanidad hacia el Bien o el Mal. Dios y Lucifer establecen que el enfrentamiento se producirá en la ciudad de San Francisco y eligen a sus mediadores. Dios escoge a Zofia, una joven competente, con el encanto de un ángel. Lucifer se decide por Lucas, un hombre atractivo sin ningún tipo de escrúpulos. La tarde de su primer día en la Tierra, los destinos de Zofia y Lucas se cruzan, pero para consternación de Dios y el diablo, el encuentro, lejos de provocar un altercado, toma unos derroteros insospechados.
Marc Levy nos ofrece una irresistible comedia romántica protagonizada por dos seres procedentes de mundos dispares que nunca deberían haberse encontrado, pero irremediablemente predestinados a hacerlo.

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– Zofia, es un camino sin retorno, ¿sabes lo que haces?

– ¡Gracias por todo, Pedro!

El hombre meneó la cabeza y tiró de una empuñadura que colgaba en el extremo de una cadena. Las campanas de Grace Cathedral sonaron y Zofia y Lucas apenas tuvieron tiempo de entrar en el estrecho corredor antes de que todas las puertas del gran vestíbulo se cerraran.

Unos instantes más tarde, salieron por una abertura practicada en la valla de un solar.

El sol inundaba con sus rayos la pequeña calle bordeada de edificios de tres o cuatro pisos con la fachada descolorida. Lucas puso cara de preocupación al mirar a su alrededor. Zofia se dirigió al primer hombre que pasó por su lado.

– ¿Habla nuestra lengua?

– ¿Tengo pinta de idiota? -repuso el hombre, ofendido, alejándose.

Zofia no se desanimó y se acercó a otro peatón que se disponía a cruzar.

– Estoy buscando…

Antes de que tuviera tiempo de acabar la frase, el hombre ya había llegado a la acera de enfrente.

– ¡La gente no es muy acogedora para vivir en una ciudad santa! -dijo Lucas con ironía.

Zofia hizo caso omiso del comentario y abordó a una tercera persona, un hombre completamente vestido de negro, sin duda alguna un religioso.

– Padre -dijo-, ¿puede indicarme el camino para ir al monte Sinaí?

El sacerdote la miró de arriba abajo y se marchó encogiéndose de hombros. Lucas, apoyado en una farola con los brazos cruzados, sonreía. Zofia se volvió hacia una mujer que caminaba en su dirección.

– Señora, estoy buscando el monte Sinaí.

– No tiene ninguna gracia, señorita -contestó la transeúnte, alejándose.

Zofia se acercó al vendedor de salazones que estaba arreglando el escaparate de su tienda mientras hablaba con un repartidor.

– Buenos días, ¿alguno de ustedes podría indicarme cómo ir al monte Sinaí?

Los dos hombres se miraron, intrigados, y reanudaron su conversación sin prestar la menor atención a Zofia. Al cruzar la calle, ésta estuvo a punto de ser atropellada por un automovilista, que le dio un sonoro bocinazo.

– Son de lo más encantadores -dijo Lucas en voz baja.

Zofia giró sobre sí misma en busca de alguna ayuda. Sintió que la sangre se le subía a la cabeza, recogió una caja de madera vacía del comercio, bajó a la calzada para plantarse en medio del cruce, se subió al pequeño estrado improvisado y, con las manos en jarras, gritó:

– ¿Tendría alguien la amabilidad de prestarme atención un minuto? Tengo que hacer una pregunta importante.

La calle se paralizó y todas las miradas convergieron en ella. Cinco hombres que pasaban en comitiva se acercaron y dijeron al unísono:

– ¿Cuál es la pregunta? Nosotros tenemos una respuesta.

– Debo ir al monte Sinaí. Es urgente.

Los rabinos formaron un círculo a su alrededor. Se consultaron unos a otros y, gesticulando mucho, intercambiaron opiniones sobre la dirección más apropiada que indicar. Un hombre bajito se deslizó entre ellos para acercarse a Zofia.

– Acompáñeme -dijo-, tengo un coche, puedo llevarla. Acto seguido, se dirigió hacia un viejo Ford aparcado a unos metros de allí. Lucas se apartó de la farola y se sumó al cortejo.

– Dense prisa -añadió el hombre, abriendo las portezuelas-. Deberían haber dicho de entrada que se trataba de una urgencia.

Lucas y Zofia tomaron asiento detrás y el coche salió disparado. Lucas miró a su alrededor, frunció de nuevo el entrecejo y se inclinó hacia Zofia para decirle al oído:

– Sería más prudente tumbarse en el asiento. Me parece una estupidez dejar que nos descubran cuando estamos a punto de llegar.

Zofia no tenía ningunas ganas de discutir. Lucas se encogió y ella apoyó la cabeza en sus rodillas. El conductor echó un vistazo por el retrovisor. Lucas le devolvió una amplia sonrisa.

El coche circulaba a toda velocidad, zarandeando a los pasajeros. Una media hora más tarde, frenó en seco en un cruce.

– Al monte Sinaí querían ir y al monte Sinaí los he traído -dijo el hombre volviendo la cabeza, encantado.

Zofia, sin salir de su asombro, se incorporó. El conductor le tendía una mano.

– ¿Ya? Creía que estaba mucho más lejos.

– Pues resulta que estaba mucho más cerca -contestó el conductor.

– ¿Por qué me tiende la mano?

– ¿Que por qué? -dijo el hombre, levantando la voz-. ¡Porque de Brooklyn al 1.470 de la avenida Madison son veinte dólares!

Zofia miró por la ventanilla y abrió los ojos con asombro al descubrir que la gran fachada del hospital Monte Sinaí de Manhattan se alzaba ante ella. Lucas suspiró.

– Lo siento, no sabía cómo decírtelo.

Pagó al taxista e hizo salir del vehículo a Zofia, que no decía ni media palabra. Fue tambaleándose hasta el banco de la parada del autobús y se sentó, alelada.

– Te has equivocado de monte Sinaí -dijo Lucas-. Has escogido la llave de la pequeña Jerusalén de Nueva York.

Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.

– Zofia, déjalo ya… Si en miles de años no han conseguido resolver cuál debe ser la suerte del mundo, ¿de verdad crees que teníamos alguna posibilidad en siete días? Mañana a mediodía nos separarán, así que no perdamos ni un minuto del tiempo que nos queda. Conozco muy bien la ciudad. Déjame convertir este día en nuestro momento de eternidad.

La arrastró y caminaron por la Quinta Avenida en dirección a Central Park.

La llevó a un pequeño restaurante del Village. El jardín trasero estaba vacío en aquella época del año y pidieron que les sirviesen allí una comida de fiesta. Fueron hasta el SoHo, entraron en todas las tiendas, se cambiaron diez veces de ropa y les dieron las prendas del instante anterior a los vagabundos que encontraban por la calle. A las cinco, a Zofia le apeteció pasear bajo la lluvia; Lucas la hizo bajar por la rampa de un aparcamiento, encendió el mechero debajo de una alarma contraincendios y subieron tomados de la mano bajo un chaparrón único. Escaparon corriendo al oír las primeras sirenas de los bomberos. Se secaron ante la reja de un gigantesco extractor de aire y se refugiaron en un multicine. ¡Qué importaba el final de las películas! Para ellos, sólo contaba el principio. Cambiaron siete veces de sala sin perder ni una sola palomita durante sus carreras por los pasillos. Cuando salieron, la noche ya había caído sobre Union Square. Un taxi los dejó en la calle Cincuenta y siete. Entraron en unos grandes almacenes que cerraban tarde. Lucas escogió un esmoquin negro; ella se inclinó por un moderno traje de chaqueta.

– Los pagos con tarjeta no los cargan hasta final de mes -le susurró al oído al ver que no se decidía a quedarse una estola.

Salieron por la Quinta Avenida y atravesaron el vestíbulo del gran edificio que bordeaba el parque. Subieron hasta el último piso. Desde la mesa que les asignaron, la vista era sublime. Probaron todos los platos que ella no conocía y Zofia saboreó los postres.

– Esto no te hace engordar hasta pasados unos días -dijo, escogiendo el soufflé de chocolate.

Eran las once de la noche cuando entraron en Central Park. Soplaba una suave brisa. Pasearon por los caminos bordeados de farolas y se sentaron en un banco, bajo un gran sauce. Lucas se quitó la chaqueta y le cubrió a Zofia los hombros. Ella miró el puentecito de piedra blanca cuya bóveda quedaba justo sobre el paseo y dijo:

– En la ciudad a la que quería llevarte hay un gran muro. Los hombres escriben deseos en trozos de papel y los introducen entre las piedras. Nadie está autorizado a retirarlos.

Un vagabundo pasó por el camino, los saludó y su silueta desapareció en la penumbra, bajo el arco del puentecito. Transcurrió un rato en silencio. Lucas y Zofia miraron el cielo; una inmensa luna redonda difundía alrededor de ellos una luz plateada. Sus manos se juntaron. Lucas depositó un beso en la palma de Zofia, aspiró el perfume de su piel y murmuró:

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