Marc Levy - Volver A Verte

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Arthur, un joven arquitecto californiano, vuelve a Los Ángeles después de pasar una larga temporada en París. Sin embargo, durante todo este tiempo no ha conseguido olvidar a Lauren, el gran amor de su vida que le robó el corazón cuando, a raíz de un accidente, cayó en estado de coma. Gracias a la insistencia y la valentía de Arthur, Lauren siguió viviendo, a pesar de la opinión del doctor y de la madre de desenchufar los aparatos que la mantenían con vida. Éstos, avergonzados, le hicieron jurar que jamás confesaría la verdad a la joven, que no recuerda nada de aquellos meses. Arthur cumple su palabra, desaparece de su vida e intenta olvidarla. Cuando vuelve a Los Ángeles el destino hará que se reencuentren.
Volver a verte. Ojala fuera cierto…2
Si la vida ofreciera a Arthur y Lauren otra oportunidad, ¿sabrían, en esta ocasión, superar todos los obstáculos? Una hermosa novela que demuestra que segundas partes sí pueden ser buenas.

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El televisor estaba apagado. La señora Morrison debería haber visto la película, pero aquella noche no se veía con ánimos. Dejó a Pablo a sus pies y cogió la copia de las llaves de su vecino.

Encontró a Arthur inconsciente y tumbado a los pies del, sofá. Se agachó y le dio unas palmadas en las mejillas. El abrió los ojos. El rostro sereno de la señora Morrison pretendía ser tranquilizador, aunque resultaba todo lo contrario. Oyó su voz en la lejanía y no la vio. Intentó en vano pronunciar algunas palabras, pero le costaba mucho vocalizar. Tenía la boca seca. La señora Morrison fue a buscar un vaso de agua y le humedeció los labios.

– Tranquilo, voy a llamar a una ambulancia ahora mismo -le dijo, acariciándole la frente.

Se dirigió al escritorio en busca del teléfono. Arthur consiguió sostener el vaso con la mano derecha, pero la izquierda no obedecía ninguna orden. El líquido helado se deslizó por la garganta y lo tragó. Quiso levantarse, pero su pierna permanecía inmóvil. La anciana se dio la vuelta para controlarle; había recuperado un poco el color. Estaba a punto de descolgar el auricular cuando sonó el teléfono.

– ¡La próxima vez te ríes de tu padre! -gritó Paul.

– ¿Del padre de quién tendré el honor de reírme? -preguntó la señora Morrison.

– ¿No estoy llamando a casa de Arthur?

Y el descanso había sido breve. Betty entró como un huracán donde estaba durmiendo Lauren.

– Date prisa, nos acaba de avisar la centralita, diez ambulancias vienen hacia aquí. Una bronca en un bar.

– ¿Estàn libres las salas de reconocimiento? -preguntó Lauren, puniéndose en pie de un salto.

– Sólo hay un paciente, nada grave.

– Pues sácame a ese tipo de ahí y pide refuerzos: diez unidades móviles pueden traernos hasta veinte heridos.

Paul oyó a lo lejos el aullido de la sirena, miró por el espejo retrovisor y vio el centelleo intermitente de las luces giratorias que se aproximaban. Aceleró, tamborileando inquieto en al volante. Su coche se detuvo por fin delante del edificio dónde vivía Arthur. La puerta del vestíbulo estaba abierta, se precipitó hacia la escalera, subió los peldaños corriendo y llegó al apartamento jadeando.

Su amigo estaba tumbado a los pies del sofá y la señora Morrison le tenía la mano cogida.

– Nos has dado un susto de muerte -le dijo-, pero creo que está mejor. He llamado a una ambulancia.

– Ya viene -dijo Paul, acercándose-. ¿Cómo te encuentras? – Le preguntó, con una voz que disimulaba muy mal su inquietud.

Arthur volvió la cabeza en su dirección y Paul se dio cuenta enseguida de que algo no iba bien.

– No te veo -murmuró.

Capítulo 8

El camillero se aseguró de que la camilla estuviera bien ajustada y le puso el cinturón de seguridad. Picó en el cristal que lo separaba del conductor y la ambulancia se puso en marcha. Asomada al balcón del apartamento de Arthur, la señora Morrison vio cómo el vehículo de emergencias giraba en el cruce antes de desparecer con las sirenas encendidas.

Volvió a cerrar la ventana, apagó las luces y regresó a su casa. Paul había prometido llamar en cuanto supiera algo. Se arrellanó en su sillón, a la espera de que el teléfono sonara en el silencio.

Paul se sentó al lado del enfermero que vigilaba la tensión de Arthur. Su amigo le hizo una seña para que se acercara.

– Que no nos lleven al Memorial -le murmuró al oído-. Ya he estado antes ahí.

– Razón de más para volver y montarles un escándalo. Que te hayan dejado salir en este estado demuestra falta de profesionalidad.

Paul se interrumpió el tiempo justo para mirar a Arthur con aire circunspecto.

– ¿La has visto?

– Es ella quien me ha examinado.

– ¡No me lo creo!

Arthur volvió la cabeza, sin responder.

– Por eso has sufrido esta crisis, amigo mío, tienes el síndrome del corazón roto, llevas sufriendo demasiado tiempo.

Paul corrió la pequeña mampara de separación y le preguntó al conductor a qué hospital se dirigían.

– Al Mission San Pedro -contestó el chofer.

– Perfecto -masculló Paul, volviendo a cerrarla.

– ¿Sabes qué? Esta tarde me he encontrado con Carol-Ann -murmuró Arthur.

Paul lo miró, esta vez con aire compasivo.

– No es nada grave, relájate, estás delirando un poquito y crees que ves a todas tus ex novias, pero se te pasará.

La ambulancia llegó a su destino diez minutos más tarde.

Desde el momento en que los camilleros entraron en el vestíbulo del Mission San Pedro Hospital, Paul comprendió la estupidez que había cometido. La enfermera Cybile abandonó su libro y su garita para guiar a los camilleros hacia una sala de exploración. Instalaron a Arthur en la mesa y se despidieron.

Mientras tanto, Paul rellenó el informe en el mostrador de recepción. Era más de medianoche cuando Cybile volvió; ya había avisado al interno que estaba de servicio y juró que no tardaría en presentarse. El doctor Brisson estaba terminando la ronda de visitas en las plantas superiores. En la sala de exploración, Arthur ya no sufría, sino que se había sumergido dulcemente en el limbo de un sueño abismal. La migraña había cesado por fin, como por encanto. Y en cuanto hubo desaparecido el dolor, Arthur, feliz, volvió a ver…

«La rosaleda estaba espléndida, rebosante de rosas de mil colores. Ante él se abría una cardinale blanca, de un tamaño que no había visto nunca. La señora Morrison llegó tarareando. Cortó la flor cuidadosamente bastante por encima del nudo que se formaba en el tallo y se la llevó al porche. Se instaló en el balancín, con Pablo dormido a sus pies. Arrancó los pétalos uno a uno y los cosió en la chaqueta de tweed con infinita delicadeza. Era una idea preciosa utilizarlos de ese modo para reemplazar el bolsillo que faltaba. La puerta de la casa se abrió y su madre descendió los peldaños del tramo de la escalera. Llevaba una bandeja de mimbre con una loza de café y galletas para el perro. Se agachó, y se las dio al animal.

– Esto es para ti, Kali -dijo.

»¿Por qué la señora Morrison no le decía la verdad a Lili?

El perrito respondía al nombre de Pablo, qué idea tan extraña la de llamarlo Kali.

»Pero Lili no cesaba de repetir, cada vez más fuerte: "Kali, Kali, Kali", y la señora Morrison, que se columpiaba cada vez más alto, repetía a su vez, riéndose: "Kali, Kali, Kali". Las dos mujeres se volvieron hacia Arthur y, con un dedo autoritario en los labios, le ordenaron que debía permanecer callado. Arthur estaba furioso. Aquella complicidad repentina le irritaba sobremanera. Se levantó, y lo mismo hizo el viento.

»La tormenta avanzaba desde el océano a toda velocidad. Unas gotas pesadas martilleaban en el tejado. Las nubes impregnadas de agua que se agrupaban en el cielo de Carmel estallaron sin miramientos sobre la rosaleda. Bajo el impacto de la lluvia, se formaron alrededor de él decenas de pequeños cráteres. La señora Morrison abandonó la chaqueta en el balancín y entró en la casa. Pablo la siguió de inmediato, con el rabo entre las patas, pero en el umbral de la puerta el animal dio media vuelta, ladrando como para prevenir de un peligro. Arthur llamó a su madre. Gritó con todas sus fuerzas en una lucha contra el viento que confinaba sus palabras al interior de su garganta. Lili se volvió, miró a su hijo con rostro afligido y luego desapareció, engullida por las sombras del pasillo. El postigo de la ventana del despacho azotaba la fachada y chirriaba al girar sobre sus goznes. Pablo avanzó hasta el primer peldaño del tramo de escalera aullándole a la muerte.

Abajo en la playa el océano se desbocaba. Arthur pensó que sería imposible llegar a la cueva, al pie del acantilado.

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