– Cualquier cosa que desee -respondió él suavemente-. Cualquier cosa que desees. -Nicolai inclinó la cabeza otra vez, esta vez hasta la parte inferior de su pecho, su lengua trazó las costillas. Su mano le acarició la pierna mientras lo hacía, moviéndose hacia arriba para rozar los apretados rizos. Lentamente empujó un dedo en la apretada entrada, observándole la cara, su pelo sobre el estómago suave, su lengua arremolinándose en su ombligo.
El cuerpo de ella se apretó firmemente alrededor de su dedo, los músculos se tensaron con fuerza, y su cuerpo se sacudió con la necesidad de montarla.
Ella alzaba las caderas para encontrar los dedos que empujaban profundamente en su interior. Esto era obra suya, este pequeño acto deshinibido. Ella era tan sensual, tan sexy y natural, su propio deseo le consumía. Nicolai oía un rugido en sus oídos. La cabeza le palpitaba, su cuerpo estaba tan duro e incómodo que no podía pensar en nada más que en tomarla.
– Pienso en ti cuando estoy tendido en mi cama, y mi cuerpo está así de duro. -Tomó la mano de ella y la llevó a la delantera de sus calzones-. Mi siento en mi escritorio y pienso en ti, y me haces esto. No puedo caminar ni comer ni siquiera soñar sin esta dolorosa necesidad. Sácame de esta miseria, cara. Déjame tenerte.
Frotó con la mano la delantera de los calzones, y él gimió de nuevo, su gran cuerpo se estremeció de placer. Le besó la barbilla, la comisura de la boca.
– Yo te deseo del mismo modo -admitó.
Él se apresuró a tomar su boca, de forma dura y hambrienta, afilada por el deseo. Nicolai rasgó sus calzones para liberar la dura y gruesa longitud de su erección, su cuerpo entero ardía y dolía de deseo. Le capturó las rodillas y las empujó abriéndolas para darse un mejor acceso. Sus manos encontraron el pequeño trasero y la arrastraron hacia él hasta que estuvo presionado contra su húmeda y ardiente entrada. Apretando los dientes contra la necesidad de empujar con fuerza, empezó a entrar lentamente en ella. Fue cuidadoso, cuando cada célula de su cuerpo gritaba frenéticamente que entrara frenética y abandonadamente, para saciar su hambre salvave. Su gruesa vara de terciopelo desapareció dentro de ella siendo rodeada por su ardiente y apretada vaina. Gimió por el esfuerzo de tomarse su tiempo, de ser gentil con ella.
Era mucho más largo y grueso que su dedo. Donde antes había habido puro placer, ahora Isabella sintió su cuerpo estirarse, una sensación ardiente y ardorosa. Jadeó y se aferró a los amplios hombros de él.
– Me haces daño.
Durante un terrible momento no le importó. Nada importaba excepto enterrarse en ella, profundo, rápido y fuerte. Aliviar la terrible, dolorosa y palpitante necesidad. Su piel hormigueaba de desep. Sus dedos se apretaron, mordiendo las caderas de ella, y echó la cabeza hacia atrás, su largo pelo despeinado y sus ojos ámbar llameando hacia ella. Le pertenecía. Solo a él. Ningún otro la tendría y viviría para contarlo.
Isabella parpadeó y se encontró mirando al hocico de un león, sintiendo su cálido aliento, vio las llamas en sus hambrientos ojos. Se le quedó la cara blanca, y miró fijamente a esos ojos brillantes, con el corazón martillerando y el cuerpo congelado de terror.
– No, Dio , ¡Isabella, no! -Oyó la voz de él como si llegara de lejos-. Mírame. Tienes que verme. Ahora mismo, cara, debes mirarme.
Sus manos le enmarcaron la cara… manos, no patas. Su boca encontró la de ella… su boca, no un hocico abierto. Había lágrimas en su cara, pero no estaba segura de si las había derramado ella o había sido él. La estaba abrazando firmemente contra él, besándola gentilmente, tiernamente-. No te haría daño por nada del mundo, Isabella. -Su mano estaba presionada contra los húmedos rizos, como si la consolara por el dolor que había causado con su invasión.
Los dientes de ella tiraban de su labio inferor con preocupación.
– Creo que soy demasiado pequeña para ti, Nicolai. Lo siento tanto. -Había vergüenza en sus ojos.
Él maldijo suavemente, y la besó de nuevo.
– Eres perfecta para mi. Es mi deber preparar tu cuerpo para aceptar el mío, Isabella. Te deseo tanto. Iremos mucho más despacio la próxima vez. Hay muchas formas de hacértelo más cómodo. -Mientras hablaba empujaba un dedo gentilmente dentro de ella, una suave estocada que la hizo jadear. Retirándolo, lo reeemplazó primero por dos dedos, estirándola cuidadosamente. Empujó profundamente dentro de ella, observando las sombras abandonar sus ojos. El cuerpo de ella era resbaladizo, ardiente y suave, abierto a él. Las caderas encontraron el ritmo de sus dedos, alzándose para encontrarle con ansiedad.
De repente la cabeza de él se alzó alerta, como si hubiera oído algo que ella no. Retiró los dedos de su cuerpo y cogió la colcha, envolviéndola con ella.
– Estás a punto de tener compañía, pero no hemos acabado aún, cara . De ningún modo. Debes casarte conmigo pronto, Isabella. Te deseo en mi cama. -Se arregló rápidamente los calzones y enderezó sus ropas-. ¿Qué hacemos con este vestido?
No estaba ni de cerca tan tranquilo como le habría gustado que ella creyera. Isabella disfrutó con gran satisfacción observándole luchar para respirar con normalidad. Una sonrisa pequeña y satisfecha flirteó en su cara.
– Quizás podríamos decir que estabas herido y sacrifiqué mi hermoso vestido para proporcionar vendas. -Encontró algún consuelo en saber que su cuerpo no era el único que palpitaba y ardía en busca de alivio.
Él empujó el vestido destrozado dentro del armario. La tela era espumosa, y se vio obligado a enrollarlo. Se desparramó varias veces antes de que finalmente fuera capaz de cerrar la puerta para esconderlo. Isabella tiró de la colcha hasta su boca para amortiguar la risa.
– Estoy salvando tu reputación. -Señaló él, intentando no reirse de sí mismo ante el absurdo de temer a su ama de llaves cuando se había enfrentado a un león sin parpadear-. Cuando era niño, Sarina podía sermonearme como ningún otro en el castello. No creo que porque haya envejecido sea menos temible. Tiene una mirada fría y una voz severa. No escaparás indemne si nos coge.
Isabella arqueó una ceja, después asumió su expresión más inocente y cándida… la que había perfeccionado de niña cuando su padre la pillaba. Observando su muy creíble expresión, Nicolai gimió.
– No te atreverías a culparme.
– Yo no tenía conocimiento de cosas semejantes. -Incluso sonaba inocente-. Tú eres mi prometido y mi don . Yo solo hice lo que me indicaste. -Curiosa, le miró-. ¿Cómo sabes que Sarina está llegando?
Él encogió sus poderosos hombros.
– Tengo buena audición y un agudo sentido del olfato -Se inclinó para mordisquearle el cuello-. Hueles tan maravillosamente que podría comerte.
Durante un momento los ojos de ambos se encontraron, e Isabella se derritó por dentro. Hubo un rápido golpe en la puerta, y Sarina entró llevando una bandeja de té. Jadeó al ver al don sentado en el borde de la cama de Isabella. Apresuradamente apartó los ojos de él, poniéndose muy pálida.
– Lo siento, no tenía ni idea de que estuviera aquí, Don DeMarco. -Aún así se las arregló para sonar desaprovadora-. Vine a ayudar a Isabella a prepararse para ir a la cama. Es demasiado tarde para que tenga visitas. -Colocó la bandeja sobre la mesita de noche y se ocupó en servir el té, apretando los labios mientras lo hacía-. Y no debería haber visitantes masculinos en su dormitorio sin mi presenciia.
– No debería haber visitantes masculinos en su dormitorio en absoluto. -comentó Nicolai secamente.
Isabella se habría reído del ceño de Sarina en cualquier otro momento, pero no podía abandonarle, no cuando Sarina ni siquiera le había mirado. Se extendió en busca de su mano y la sostuvo firmemente.
Читать дальше