– Estaba casi histérica después de la confrontación con el león, Sarina. Nicolai se portó muy bien consolándome, ya que sabíamos que tú estabas ocupada con Betto. ¿Cómo está él? -Sin pensar, se llevó la mano de Nicolai a la boca, presionando los labios contra sus nudillos.
Sarina la observó. En vez de evidenciar desaprovación, sus ojos se abrieron con sorpresa, y una pura alegría se extendió por su cara. Tomó un profundo aliento y miró directamente al don. Al momento su expresión se suavizó.
– Es un gran y maravilloso don poder mirarle, Don DeMarco. Me da esperanza.
Nicolai se tocó la cara, después se extendió para tocar la de Sarina. Ella no se sobresaltó sino que le sonrió.
– ¿Cómo es esto posible? -preguntó él. Su mano se deslizó de la de Isabella cuando se extendió para enmarcar la cara del ama de llaves. El miedo floreció en la mujer, y se apartó. Inmediatamente él dejó caer la mano a un costado, su hermosa cara se endureció perceptiblemente.
– Tome su mano. -Instruyó Sarina suavemente-. Don DeMarco, tome la mano de Isabella.
Él así lo hizo, y los leones rugieron. El sonido estalló a través del castello , reververando a través del mismo suelo de forma que durante un breve momento las paredes del palazzo se sacudieron. Sarina ni siquiera se sobresaltó mientras el sonido moría, dejando un vacuo silencio.
– Es Isabella -dijo el ama de llaves-. Es Isabella.
Isabella no tenía ni idea de de qué estaban hablando, pero Nicolai la besó justo delante de Sarina. Un beso largo y lángido que caldeó su sangre y derritiió cada hueso de su cuerpo. Él la miró a los ojos durante un largo e interminable momento. Vio las llamas de deseo, de posesividad. Vio afecto.
Isabella sonrió y trazó con la punta de un dedo su boca perfectamente esculpida. Estaban empezando a estar muy unidos. No importaba que extrañas cosas estaban ocurriendo en el castello , se estaban haciendo amigos. Si iba a casarse con él, quería más que simplemente el ardor entre ellos.
– Buenas noches, Isabella. Confío en que hayas tenido suficientes aventuras por una noche. -Dijo tiernamente, sus ojos iluminados de travesura-. Nada de vagabundear por los salones, buscando fantasmas.
– Es un chica buena y obediente. -Dijo Sarina incondicionalmente. Su mano tanteó la llave en su bolsillo de su camisa y la palmeó para su tranquilidad.
– ¿De veras? -Nicola se levantó a su fluida y graciosa manera, todo poder y coordinación controlada, deslizándose por el suelo silenciosamente. Se detuvo en la puerta-. A quién obedece, me pregunto.
Sarina observó la puerta cerrarse tras él y volvió su mirada desaprovadora hacia los hombros desnudos de Isabella.
– ¿Qué ha estado pasando aquí?
Isabella tuvo la decencia de ruborizarse.
– Nicolai es muy guapo. -observó casualmente. No le salió casualmente. Apenas reconoció su propia voz. Era suave, sensual y totalmente impropia de ella.
Las cejas de Sarina se dispararon.
– Es bueno que encuentres al don atractivo, Isabella, pero es un hombre. Los hombres ciertamente desean cosas de las mujeres. Nicolai no es diferente. ¿Te explico tu madre lo que se espera de una mujer cuando se casa?
Isabella se sentó, sujetando la colcha con una mano y aceptando la taza de té con la otra. Sarina comenzó a cepillar el largo cabello de Isabella. La acción fue tranquilizadora.
– La mia madre murió cuando yo era bastante joven, Sarina. Pregunté a Luca, pero él me dijo que era deber de mi esposo enseñarme esas cosas. -El color subió por su cuello hasta la cara. Tenía el presentimiento de que el don ya le había estado enseñando, antes de lo que debería.
– Hay cosas que pasan en el dormitorio entre un hombre y su esposa, cosas perfectamente naturales. Como él te dirá, Isabella, y aprenderás a disfrutarlas. Mi Betto ha hecho mi vida maravillosa, y creo que Nicolai hará lo mismo por ti. Pero esas cosas se hacen después de casados, no antes.
Isabella sorbió su té, agradeciendo no tener que contestar. Deseaba a Nicolai con cada fibra de su ser. Ni importaba que las cosas no hubieran ido perfectamente bien; su cuerpo todavía ardía por el de él. Ni se atrevió a contarle a Sarina lo que había pasado en su dormitorio.
isabella yació despierta largo rato después de que Sarina se marchara, esperando que Francesca fuera a visitarla. Estaba intranquila y deseaba compañía. La lengua afilada de Sarina habría ido mucho más lejos de saber cuanto se había anticipado Nicolai y agradecía que Sarina la hubiera tratado como a una hija o una amiga. Pero no podía hablar con Sarina de Nicolai.
Suspiró y puso los ojos en blanco, las colchas se enredaron alrededor de su cuerpo. Debería haberse puesto su camisón, pero una vez se marchó Sarina, Isabella yació desnuda, su cuerpo ardiendo, el recuerdo de la boca de Nicolai empujando con fuera hacia sus pechos y la sensación del pelo sedoso deslizándose sobre su piel, en primer plano en su mente. Anhelaba, ardía, estaba intranquila y con los nervios de punta. Deseaba todas las cosas que Sarina había sugerido. Deseaba la lengua de Nicolai acariciando su piel, sus dedos enterrados profundamente dentro de ella.
Era inútil yacer allí, incapaz de dormir. Se sentó, dejando que los cobertores cayeran hasta su cintura de forma que el aire refrescó su piel. Tiró de su larga y gruesa trenza hacia adelante y se soltó el pelo, sacudiendo la cabeza para que le acariciara la piel como había hecho el de él, cayendo en cascada más allá de su cintura para acumularse sobre la cama. Su cuerpo se tens´cuando las sedosas hebras acariciaron su cuerpo. Gimió suavemente de puro frustración.
Si no hubiera estado tan excitada, habría preguntado a Sarina por qué los sirvientes trataban a su don tan abominablemente, pero solo podía pensar en él. Nicolai DeMarco. Isabella apartó las colchas de un tirón decididamente y se levantó de la cama. Paseando desnuda por la habitación, estiró las manos hacia el fuego del hogar, la única luz que quedaba en la habitación. Nunca había estado desnuda delante de un fuego y lo había encontrado tan sensual.
¿La había cambiado él de alguna forma? Nunca antes se había sentido así, caliente, pesada y tan conscente de su propio cuerpo. Había sido naturalmente curiosa sobre lo que pasaba entre un hombre y una muer, pero ningún hombre la había afectado nunca como Nicolai. Le gustaba tocarle, lo duro y sólido que era su cuerpo. Isabella suspiró y palmeó al guardia del hogar detrás de su despeinada melena.
No se oyó ningún ruido, ningún sonido, nada la advirtió, pero giró la cabeza, y Nicolai estaba allí de pie, en el extremo más alejado de la habitación, parte de la pared estaba abierta. Sus ojos brillaban en la oscuridad, llameando con las llamas saltarinas del hogar. El corazón de Isabella empezó a palpitar. Parecía en cada centímetro un depredador, tan aterrador como uno de sus leones. Se sentía vulnerable sin su ropa y bastante rara. Agachó la cabeza haciendo que su largo pelo se balanceara a su alrededor como una capa.
– No deberías estar aquí -se las arregló para decir.
La ardiente mirada de él vagó posesivamente sobre su cuerpo. Un pecho asomó hacia él através de la caída de sedoso pelo, pero ella no lo notó.
– Tienes razón. No deberí. -Su voz fue ronca, y su cuerpo se endureció con un dolor salvaje.
– Sarina dijo que no debíamos estar juntos hasta que estemos casados -barbotó, la única cosa que se le ocurrió decir.
– No parezcas tan asustada, cara. Tengo intención de ser la decencia personificada. Ayudaría que pudieras envolverte en una bata. Eres bastante tentadora allí de piel con la luz del fuego tocándote en lugares intrigantes. -Recogió la bata caída sobre una silla y cruzó la habitación para quedarse cerca de ella.
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