Christine Feehan - La Guarida Del León

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La aristócrata empobrecida Isabella Vernaducci provocaría a la mismísima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su corazón, desafiaría la embrujada y maldita guarida del león: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores decían que el poderoso Nicolai podía dominar los cielos, que la bestia de abajo cumplía su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tomó como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontró a un hombre cuyo gruñido era aterciopelado, que ronroneaba cálidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le ordenó que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entró de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de él… sin sacrificar su propia vida…

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Isabella podía sentir el calor irradiando de la piel de él. De su piel. Su cuerpo se tensó y convirtió en líquido ante la visión de él. Él parecía estar en el mismo aire que respiraba, su fragancia en los pulmones, en su mente.

– No pretendía tentarte. -No sabía si eso era verdad. Si tuviera algún sentido común en absoluto, huiría. Como mínimo debería gritar pidiendo a Sarina. En vez de eso, se quedó muy quieta, esperando. Deseando. Exaltada. Él inclinó la cabeza lentamente hacia ella. Observó la larga caída de su pelo extrañamente coloreado, muy parecido a la melena de un león. Quiso enterrar las manos en ella y sentirla, pero se quedó de pie, hipnotizada, observando la cabeza acercarse. Su lengua lamió el pezón que asomaba a través del pelo del pelo. Su mano le acunó el trasero desnudo, atrayéndosa hacia él, para así poder tomar el pecho en su boca. Caliente y húmeda, su boca se cerró alrededor de ella, succionando con fuerza, codiciosamente. Sus dedos le amasaron las nalgas, un lento y sensual masaje que la dejó débil y dolorida de deseo. Sus manos subieron y le acunaron la cabeza, sus dedos ahondaron an la espesa masa del pelo de él.

– ¿Qué me estás haciendo? -susurró, cerrando los ojos cuando las manos de él se deslizaron por su cuerpo posesivamente y le acunaron los pechos.

La palma de deslizó alrededro de su nuca.

– Algo que no debería. Ponte la bata antes de que olvide todas mis buenas intenciones. -Enredó la bata alrededor de ella, atándosela firmemente-. Tengo una sorpresa para ti. Sabía que no estarías durmiendo. -Recogió el pelo de ella en su mano, tiró de su cabeza hacia atrás, y tomó su boca. Su beso hizo que el mundo se tambaleara para ella, enviando una tormenta de fuego a través de su cuerpo. Cuando separó su boca de la de ella, solo pudieron mirarse impotentemente el uno al otro a los ojos.

Isabella le tocó la cara, las yemas de sus dedos acariciaron las profundas cicatrices.

– ¿Vamos a alguna parte?

Él le sonrió, una sonrisa juvenil y maliciosa.

– Necesitarás zapatos. Sabía que ni siquiera me harías preguntas… que simplemente vendrías conmigo. Te encantan las aventuras, ¿verdad?

Isabella rió suavemente.

– No puedo evitarlo. Debería haber nacido chico.

Las cejas de él se alzaron, y extendió el brazo para deslizar una mano por dentro de la bata de ellaña, su palma acunó el peso de un pecho, su pulgar acarició el pezón.

– Yo me alegro mucho de que hayas nacido mujer. -Había un rapto en su voz, una pequeña nota que traicionó las urgentes demandas de su cuerpo.

Isabella se quedó muy quieta, intentando no derretirse bajo su toque, intentando no lanzarse a sus brazos.

– Supongo que yo estoy muy contenta también -admitió mientras su sangre se caldeaba y acumulaba hasta una dolencia palpitante.

– ¿No te dijo Sarina que me detuvieras cuando te tocara así? -él inclinó la cabeza para rozar un beso por su temblorosa boca mientras reluctantemente retirba la mano de la calidez de su cuerpo-. Porque si no lo hizo, debería.

– Ahora mism no puedo recordarlo -admitió Isabella, sintiéndose aturdida. Miró alrededor en busca de una distración-. Sabia que había un pasadizo secreto. Había uno en nuestro palazzo. Solía jugar en él de niña.

– No estoy aquí para seducirte, Isabella, sino para giarte en un gran aventura.

– Bien, porque ahora recuerdo que Sarina me dejó muy claro que no debía haber seducción antes de que nos casemos -estaba excitada ante la perspectiva de ir con él y cogió apresuradamente sus zapatos-. ¿Debería ponerme un vestido?

Los ojos ámbar brillaron hacia ella, moviéndose sobre su cuerpo, dejándola débil.

– No, me gusta saber que no llevas nada bajo la bata. Nadie nos verás -la tomó de la mano-. Estarás a salvo conmigo -Se llevó la punta de sus dedos a los lbios, su aliento era cálido sobre la piel-. No sé si estaré a salvo contigo.

Su corazón palpitaba ruidosamente, pero ella fue sin dudar.

– Yo cuidaré de usted, Signor DeMarco, no tenga miedo.

– Yo tenía buenas y nobles intenciones, -le dijo él mientras avanzaban por el estrecho y oculto corredor-. No es culpa mía haberte encontrado sin ropa-. Sus dientes blancos centellearon hacia ella, esa sonrisa juvenil que le robaba el corazón-. Creía que eso solo ocurría en mis sueños.

– ¿Sueñas con frecuencia con mujeres sin ropa? -Había el más pequeño de los filos en su voz, a pesar de su obvia diversión.

Nicolai bajó la mirada hacia ella, su sonrisa se amplió.

– Solo desde que te conocí. Agarra con fuerza mi mano; de otro modo, no me hago responsable de ninguna exploración que pudiera emprender por su cuenta.

Isabella rió, y el sonido liguero y despreocupado viajó a través del laberinto de ocultos corredores, despertando cosas que era mejor dejar en paz.

– Tu mano no hace nada a menos que tú la dejes -señaló ella.

Él contoneó los dedos haciendo que se rozaran incitadoramente contra su cadera.

– No, tienen enteramente voluntad propien esta cuestión. Me declaro inocente -se llevó la mano de ella a la calidez de su boca-. Adoro tu piel -sus dientes mordisquearon gentilmente los nudillos, su lengua arremolinó una caricia sobre el pulso de la muñeca.

Los ojos de ella se abrieron de par en par y se oscurecieron mientras le miraba, medio con amor, medio con miedo.

Don DeMarco le sonrió.

– Te encantará esto, Isabellla.

Ella parpadeó hacia él, sorprendida por la forma en que su cuerpo parecía pertenecerle. Cada gesto, cada movimiento de él, la tentaba y seducía.

– Ciertamente si.

Le siguió a través de los largos túneles, escaleras y pasadizos, su mano firmemente en la de él. Era agudamente consciente del poder que él exudaba, la suprema confianza, la amplitud de sus hombros y la fuerza de su cuerpo. Fue consciente de que no hacía ningún ruido mientras caminaba. Ninguno. Oía solo el suave pisar de sus propios zapatos sobre el suelo.

Nicolai empujó un sección de la pared, y esta se abrió lentamente. Él retrocedió para que Isabela pudiera ver. El frío la golpeó primero, una explosión helada que atravesó su bata y fue directamente hasta su piel, pero entonces se encontró mirando con respeto reverencial el paisaje. Era de un prístino y refulgente blanco. La nieve colgabde los árboles y cubría las cuestas. Carámbans helados colgaban de los aleros del palazzo. La luna llena se reflejaba en la nieve, convirtiendo la noche en día. Las montañas brillaban como joyas, una escena impresionando que nunca olvidaría.

– Estás temblando -dijó él suavemente-. Ponte bajo las pieles -la acercó al calor de su cuerpo para que este la inundace.

isabella se relajó entre sus brazos como si perteneciera allí. Él la llevó en brazos a donde dos caballos estaban esperando, aparejados a lo que parecía un carruaje sobre patines. Colocó a Isabella en el asiento acolchado, estableciéndose cerca de ella, y acomodando las gruesas pieles a su alrededor.

– ¿Qué es esto? -Nunca había visto nada igual antes.

– Betto me hizo uno cuando yo era muy pequeño. Talló los patines de madera y los aseguró a un viejo carruaje que mis padres ya no utilizaban. Era más pequeño que este, pero iba sobre la nieve muy rápido. Hice que construyeran este recientemente y pensé que debíamos probarlo.

Isabella se acurrucó bajo las pieles, cerrando los dedos en un esfuerzo por mantener el calor. Nicolai sacó un par de guantes de piel del bolsillo de su chaqueta y se los puso en las manos. Eran demasiado grandes pero muy cálidos, y ese gesto simple y considerado envió mariposas a revolotear en su estómago.

– ¿Estás suficientemente caliente? -preguntó él-. Puedo conseguir otra piel si hace falta.

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