Christine Feehan - La Guarida Del León

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La aristócrata empobrecida Isabella Vernaducci provocaría a la mismísima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su corazón, desafiaría la embrujada y maldita guarida del león: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores decían que el poderoso Nicolai podía dominar los cielos, que la bestia de abajo cumplía su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tomó como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontró a un hombre cuyo gruñido era aterciopelado, que ronroneaba cálidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le ordenó que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entró de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de él… sin sacrificar su propia vida…

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Isabella alzó una mano pidiendo silencio. Uno por uno los sirvientes se giraron para mirarla. Era una aristicratica , nacida en el escalafón más alto, y estaba prometida con su don . Nadie se atrevió a desobedecerla. Cuando las caras se volvieron hacia ella, la rabia de la habitación se oscureció a una negra y fea malevolencia, más potente que nada que ella hubiera enfrentado nunca. Era tangible, llenando el aire hasta los techos abovedados. Podía ver la animosidad en las caras que la miraban. Su corazón empezó a palpitar cuando la furia se retorció y dirigió directamente hacia ella.

– Sarina, tú conoces realmente a Betto, a través de los ojos del amor -Isabella dirigió sus declaraciones a su única aliada en la habitación pero habló en voz alta para que todos la oyeran-. Algo debe ir terriblemente mal. Quizás está enfermo y necesita nuestra ayuda. Ve con él, y utiliza tu amor para guiarle de vuelta. Todos ayudaremos. -Sonrió a los sirvientes y se alejó de Sarina para dirigirse hacia la joven madre. Tomó las dos manos frías y nerviosas entre las suyas para conectarlas.

– Piensa, Brigita. Betto normalmente no te diría semejantes insultos. ¿Alguna vez te ha tratado a ti o a tu hijo con tanta crueldad? ¿Ha sido tan rudo? -Para mantener la atención de la doncella en ella en vez de en el niño lloroso, Isabella habló suavemente, persuasivamente, mirando directamente a los ojos de la joven.

Brigita sacudió la cabeza.

– Él siempre ha sido amable con Dantel y conmigo. Esto es tan impropio de él. Cuando mi marido murió, él nos proporcionó comida y me dio un trabajo aquí. -Su voz vaciló, y estalló en lágrimas frescas.

– Es impropio de Betto, ¿verdad? -recalcó Isabella-. Creo que hay algo más en esto -Palmeó la espalda de Brigita alentadoramente-. Betto es un buen hombre. Sarina tiene mucho miedo de que le pase algo. Quizás está enfermo. Ahora todos debemos ir en su ayuda, cuando más nos necesita.

La joven asintió, no del todo convencida mientras miraba al anciano que temblaba con una furia antinatural.

Isabella cruzó la habitación hasta estar junto a Bello aparentando más confianza de la que sentía. Sonriendo serenamente, retiró gentilmente la mano del anciano del brazo del chico y tiró del niño hacia ella. Sin mirar a Betto, se arrodilló hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los del niño.

– Dantel, tu madre me ha contado lo bueno que ha sido siempre Betto contigo. ¿Es eso cierto? Todo sabemos que no estabas robando. Betto lo sabe también, él no ha perdido su fe en ti. Esto es un malentendido, y se han dicho cosas con rabia. -Gentilmente limpió las lágrimas de la cara del chico-. Necesitamos tu ayuda ahora mismo, Dantel. Sé que eres muy valiente, como los leones que hay aquí en el valle, valiente como tu don. Tu madre cree que eres valiente, y eso dice también Sarina. Debes hablarme de la amabilidad de Betto contigo. Cuéntanos a todos.

Dantel se sonó varias veces, sus grandes ojos oscuros miraban fijamente a los de ella como si no se atreviera a mirar a Betto o estallaría en lágrimas de nuevo. El pequeño cuerpo se enderezó, y sacó pecho.

– Soy muy valiente -concedió-. Si necesita mi ayuda, signorina , haré lo que desea. -Su mirada oscura saltó a su mdre, que estaba muy quieta retorciéndose las manos con indecisión.

– Todos necesitamos tu ayuda. Cuéntanos cómo ha sido amable Betto contigo.

El muchachito miró intranquilo Betto.

– Me talló un león y lo colocó sobre mi cama en mi cumpleaños. Él no sabe que le vi, pero yo le sigo todo el tiempo.

– ¿Por qué le sigues? -preguntó Isabella.

– Me gusta estar con él -admitió el chico-. Le vi tallar el león, así supe que me lo había dado él. -Sonrió ante el recuerdo, su mirada moviéndose vacilante hacia su madre-. Y una vez cuando no teníamos suficiente comida, y madre estaba llorando porque estaba muy hambrienta porque me había dado nuestra última comida, él nos trajo toda clase de cosas para comer. -Su voz se volvió más fuerte-. Me enseñó a montar a caballo.

– También enseñó a mi hijo -otro sirviente intervino.

– Y cuidó del viejo Chanianto hasta que falleció -dijo otro-. ¿Recordáis como le lavaba y le mantenía limpio? Incluso le alimentaba con sopa cuando el viejo estaba demasiado débil para comer por sí mismo.

La atmósfera de la habitación había cambiado sutilmente. Los sirvientes estaban sonriendo a Betto. Sarina fue con su marido, le rodeó con los brazos, y le abrazó, ferozmente protectora. Entonces fue Betto quien lloró. Aplastó a su esposa contra él y lloró como si se le estuviera rompiendo el corazón. La madre de Dantel dejó escapar un suave sonido de desasosiego. Las lágrimas brillaron en los ojos de varios de los otros sirvientes que miraron hacia adelante.

Dantel corrió a envolver sus brazos alrededor de las piernas del anciano.

– ¡Todo va bien, Betto! -exclamó el chico- ¡Te quiero!

– Perdóname -dijo el anciano, con la voz rota y la garganta en carne viva y atascada por las lágrimas-. No decía en serio ninguno de esos insultos, Dantel. Eres un buen chico, muy amado por todos en el palazzo. Muy amado por mí. En realidad, no sé que me ha pasado, por qué salía semejante basura de mi boca. Estoy tan avergonzado. -Se sentó abruptamente sobre los brillantes azulejos, sus rodillas cedieron, llevando a Sarina al suelo con él.

La anciana se aferró a él, manteniéndole cerca, riendo un poco ante el absurdo de dos viejos sirvientes sentados en el suelo. Llorando por el terrible susto para ambos, Betto se puso una mano sobre la cabeza.

– Brigita, perdóname. No sé que pasó. Conocí a tu madre y tu padre. Se casaron en la Santa Iglesia. -Sacudió la cabeza, sosteniéndosela entre las manos, gimiendo de abyecta humillación.

– Estuvo mal -estalló Dantel-. Estaba jugando con la estatua, y sabía que no era mía. La dejé caer Betto. -Empezó a llorar de nuevo-. No llores, Betto, no es culpa tuya. Yo la cogí.

– Betto está enfermo -dijo Isabella, revolviendo el pelo del chico para consolarle-. Tú no robaste, Dantel, y todos lo sabemos. Betto solo necesita descansar, y todos le cuidaremos. Sarina necesitará tu ayuda para llevarle cosas y entretenerle mientras está descansando. Corre con tu madre y consuélala mientras nosotras metemos a Betto en la cama. Después puedes ayudar a Sarina a llevarle la comida. Esta vez todos serviremos a Betto y pagaremos sus muchas amabilidades.

– Lo haré, -dijo Dantel incondicionalmente, haciéndose el importante. Extendió el brazo en busca de la mano de su madre-. Llámame cuando me necesites, Sarina, y vendré de inmediato.

Isabella y Brigita se extendieron hacia Sarina y Betto al mismo tiempo, ayudando a la pareja a ponerse en pie. Cuando Betto se tambaleó, todavía abrazando a su mujer firmemente, Isabella sintió nuevamente la presencia de la oscura y malévola entidad. Sintió una oleada de veneno, de odio concentrado dirigido solamente hacia ella. Presionándose una mano sobre su sección media, Isabella giró la cabeza hacia la entrada de la habitación, levantando la mirada al el techo como si realmente pudiera ver a su enemigo.

Brigita y Dantel dieron tres pasos hacia la amplia entrada de la habitación. Isabella saltó tras ellos, su advertencia muriendo en los labios. Llegó demasiado tarde. La bestia estaba agazapada en el gran salón, con los ojos fijos sobre madre e hijo, una mueca en su cara, y la punta de su cola sacudiéndose mientras yacía emboscado.

Era un león enorme, con una magnífica melena que rodeaba la enorme cabeza y caía hacia abajo por su espalda, envolviéndose alrededor de su barriga.

Varios de los sirvientes gritaron. Algunos corrieron de vuelta al interior de la enorme habitación e intentaron ocultarse tras el mobiliario, mientras otros se quedaban congelados y empezaban a rezar en voz alta. Inmediatamente Isabella sintió la oleada de regocijo, de poder. Dos de los hombres cogieron espadas que colgaban de la pared, armándose y manteniendo su posición reluctantemente. Parecían absurdos, una defensa penosa contra un enemigo tan poderoso.

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