Christine Feehan - La Guarida Del León

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La aristócrata empobrecida Isabella Vernaducci provocaría a la mismísima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su corazón, desafiaría la embrujada y maldita guarida del león: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores decían que el poderoso Nicolai podía dominar los cielos, que la bestia de abajo cumplía su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tomó como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontró a un hombre cuyo gruñido era aterciopelado, que ronroneaba cálidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le ordenó que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entró de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de él… sin sacrificar su propia vida…

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– ¿No quieres saber lo que ocurrió? -Isabella apartó la cara, enferma por haber estado tan cerca de la muerte, pero que todo lo que pareciera preocupar al ama de llaves era la decenca-. Estoy segura de que alguien nos vio. No estabamos intentando ocultarnos.

Sarina la palmeó amablemente.

– Es necesario ser precavida, dada tu posición, Isabella.

Isabella se sobresaltó, habiendo oído esas palabras muchas veces de su padre.

– Intentaré arreglarlo para que la próxima vez que casi me mate, no sea pasto de cotilleos.

Sarina pareció horrorizada.

– No quise decir…

Nicolai DeMarco entró sin advertencia, interrumpiendo lo que fuera que el ama de llaves tuviera que decir. Sus ojos ámbar ardían.

– ¿Está herida?

Sarina mantuvo la mirada fija en Isabella, que giró la cabeza hacia el sonido de la voz del don .

– No, signore, solo muy fría.

– Quiero hablar con ella a solas. -Nicolai lo convirtió en un decreto, circunveniendo cualquier protesta que Sarina pudiera hacer.

Esperó hasta que su ama de llaves hubo cerrado la puerta antes de tomar la silla que ella había dejado vacante. Su mano de arrastró hasta la nuca de Isabella.

– El Capitán Bartolmei me dijo que casi caíste a tu muerte, ¿Qué estabas haciendo allí arriba, piccola ?

– Ciertamente no saltando a mi muerte, si esto lo que crees -replicó Isabella con su acostumbrado espíritu-. Estaba perdida -Sus pestañas cayeron-. Seguí la voz. La puerta se cerró. Había frío. -Sus palabras eran bajas, sus frases inconexas, y no tenían en realidad ningún sentido para él-. ¿No vas a preguntar por qué está la chaqueta del Capitán Bartolmei en mi dormitorio? Sarina parecía excesivamente preocupada por eso-. Había molestia, dolor en su tono, apesar del hecho de que intentaba valientemente ocultarlo-. Ya me han dado un sermón sobre ser más discreta cuando esté cayendo a mi muerte, así que si no te importa, pasaré de otro.

– Duerme, cara mia . No tengo intención de enfadarme contigo o con Rolando. Al contrario, estoy en deuda con él. -Rozó una caricia hacia abajo por el pelo de ella, inclinándose para rozarle un beso en la sien-. El Capitán Bartolmei está investigando como puede haber ocurrido algo semejante y me informará. No tienes nada de que preocuparte. Duerme, piccola. Yo velaré por ti. -Nicolai abandonó la silla para estirarse junto a ella sobre la cama, curvando su cuerpo protectoramente alrededor del de ella.

– Creo que esto te ganará otro sermón -se burló suavemente, su aliento le caldeó la nuca-. Pero no tengo intención de que tengas pesadillas, bellezza , así que voy a quedarme un rato y apartarlas de ti.

– Estoy demasiado cansada para conversar -dijo ella sin abrir los ojos, complacido porque él la había llamado hermosa. Había consuelo en la fuerza de sus brazos, en la dura forma de su cuerpo. Pero Isabella no quería hablar o pensar. Quería escapar al interior de su sueño.

– Estonces deja de hablar, Isabella -Le acarició el pelo con la barbilla-. Tengo a cuatro dignatarios esperando a ser recibidos, y estoy aquí contigo. Eso debería indicarte lo mucho que significas para mí. Necesito estar contigo ahora mismo. Duerme, y déjame observarte.

Donde había habido frío hielo, por dentro y por fuera, floreció y se extendió el calor. Se acurrucó más profundamente bajo los covertores y cayó dormida con una sonrisa curvando su boca.

CAPITULO 8

En los días que siguieron, nadie mencionó el incidente con el Capitán Bartolmei. Si alguien había reparado en el aspecto desarreglado de Isabella y el abrigo del capitán sobre sus hombros, estaban siendo discretos. No vio a Don DeMarco, ya que él tenía muchas obligaciones y con frecuencia estaba reunido con sus dos capitanes y sus consejeros. La gente se presentaba continuamente ante el don , pidiendo favores, esperando que resolviera problemas desde disputas domésticas a asuntos de estado. Isabella pasó el tiempo aprendiendo el camino a través del palazzo. Trabajó en conocer a los sirvientes, aprendiéndose sus nombres y caras, sus fortalezas y debilidades. Sarina estaba con frecuencia junto a Isabella, explicando cómo se hacían las cosas, lo que se consideraba una ley inalterable, las preferencias personales del don , y lo que podría cambiarse si Isabella decidía que así lo prefería.

Terminaban de llevar cabo una inspección de despensas cuando oyeron una conmoción en el vestíbulo inferior. Voces alzadas con furia, y un niño chillando y llorando. Juntas, Sarina e Isabella bajaron rápidamente las escaleras para ver a Betto sacudiendo a un chico. La cara de Betto estaba retorcida por la rabia, una terrible máscara de malicia mientras gritaba acusaciones al niño. Una multitud de sirvientes lo rodeaba, pero ninguno se atrevía a desafiar su autoridad. Sarina agarró el brazo de Isabella, sus dedos se hundieron en la piel de la joven.

– ¿Qué le pasa? Él nunca levanta la voz. Betto siempre se muestra tranquilo y confiable. Nunca actuaría de semejante manera, especialmente delante de los sirvientes. -El ama de llaves estaba horrorizada. Se quedó congelada, con la boca abierta de par en par y los ojos desencajados por la sorpresa-. ¿Qué le ha poseído? Este no es mi Betto. Esto no es propio de él en absoluto.

Las palabras resonaron en los oídos de Isabella. Ella había visto a Bello, un alma amable, recorriendo el palazzo en el curso de sus obligaciones. Digno. Eficiente. El epítome del mayordomo discreto. Este no es Betto. Sarina había estado casada con él la mayor parte de su vida. Le conocía íntimamente. Su comportamiento estaba tan fuera de su carácter, era tan raro, que su propia mujer no le reconocía.

Isabella permaneció muy quieta, estudiando los movimientos tensos y corcoveantes de Betto. Los rasgos del sirviente mayor estaban distorsionados por el odio y la rabia. Sacudía un puño huesudo hacia el muchachito, tirando de la oreja del niño. Un torrente de maldiciones explotaba de su boca, palabras sucias, viciosas y cortantes. Este no es Betto.

Las lágrimas corrían por la cara del niño, y luchaba salvaemente por apartarse del anciano. Su madre, una joven bonita llamada Brigita, permanecía en pie retorciéndose las manos y llorando.

– Déjale, Betto. Por favor suelta a Dantel. Solo estaba jugando. Él nunca robaría a Don DeMarco.

– Si le hubieras estado vigilando como debías, tú hija de una puta, el mocoso bueno para nada no habría estado robando las cosas del Amo.

Sarina jadeó y se tapó la boca con la mano. Se tambaleó y se puso tan pálida que Isabella temió que fuera a desmayarse. Isabella rodeó la cintura del ama de llaves con un brazo para ayudarla a mantenerse en pie.

– Betto -Sarina susurró su nombre suavemente, con lágrimas brillando en sus ojos. Su voz estaba rota, reflejando el estado de su corazón.

Isabella podía sentir la hostilidad en la habitación. La ansiedad de la madre y la furia que se alzaba rápidamente en proporción directa al extraño comportamiento de Betto. El ruido de los llantos y gritos había atraído a otros sirvientes a la carrera. Estaban todos murmurando, algunos apoyaban a la madre afligida y otros a Betto. Isabella permaneción inmóvil, buscando algo más allá de lo que estaba viendo con los ojos. Bloqueó los sonidos de la furia, las palabras ruidosas y encolerizadas, hasta que fueron un simple zumbido de abejas furiosas como telón de fondo.

Lo encontró entonces. Sutil. Insidioso. El toque era tan delicado que resultaba casi imposible de detectar. No era tan fuerte como antes, como si hubiera cambiado de táctica, pero la mancha de maldad estaba allí igualmente. Fluía a través de la habitación, tocándo a todos a su paso. Alimentaba las emociones, alimentándose de la furia y la hostilidad. Estaba infundiendo odio dentro del palazzo, volviendo a amigo contra amigo. Sintió su regocijo, sintió la oleada de poder cuando se extendió como veneno a través de la habitación.

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