Diane Liang - El Ojo De Jade

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La moderna y emprendedora Mei acaba de abrir una agencia privada de detectives en pleno corazón de Pekín. Esta mujer joven es un símbolo evidente del gran cambio cultural y ecónomico que está viviendo China. Al volante de su Mitsubishi rojo, y con un hombre como secretario, Mei está preparada para su nuevo trabajo. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China.
La investigación de Mei revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado…

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El camarero trajo los aperitivos y les sirvió a ambos el té. Pu Yan abrió las cajas y le tendió a Mei dos pequeñas piezas de jade. Eran del tamaño de una tarjeta de visita, y de unos dos centímetros de grosor. Al sostenerlas en las manos, Mei sintió el frescor de la piedra. Eran de un blanco cremoso y suave, y parecían emitir un resplandor. Una de las piezas estaba decorada con delicados relieves de nubes y un paisaje, y en la otra se había tallado una dama en atavío tradicional.

– Míralas a la luz -dijo Pu Yan-. Mira la suavidad y la transparencia del jade, y luego mira los relieves. El jade es un material duro, difícil de trabajar. Pero mira con qué detalle está tallado.

– ¿Son nuevas? -Mei frotó las piezas de jade que tenía en las manos. Parecían puras.

– Por desgracia, sí. Hoy es casi imposible encontrar piezas antiguas de jade blanco de Khotan. Muchas fueron destruidas en la Revolución Cultural. Si saliera al mercado una sola pieza, se vendería por una fortuna. Incluso las nuevas son caras: éstas cuestan varios miles de yuanes.

Pu Yan hizo un gesto a Mei para que se las devolviera.

– Tengo que llevarlas de vuelta al Instituto de Investigación mañana -dijo despreocupadamente, devolviendo las piezas a sus cajas-. Háblame del jade que estás buscando. ¿Dices que es de la dinastía Han?

Mei le contó que se creía que era un sello que había pertenecido a Cao Cao.

– Eso ya sería algo importante, ¿no te parece? -exclamó Pu Yan.

Mei repitió la historia que le había contado el tío Chen y le enseñó a Pu Yan el artículo del periódico que le había dado el tío Chen sobre la vasija ritual.

Pu Yan estudió la foto de la vasija. Era una rústica cerámica marrón decorada con dibujos de caballos al galope y escenas de batalla. Luego leyó el artículo. Mei se bebió el té y se comió las ciruelas secas. Fuera, el altavoz atronaba con Yesterday Once More, de los Carpenters.

– ¡Se ha vendido por sesenta mil dólares! -Pu Yan calculó entre dientes-: ¡Eso es más de medio millón de yuanes! -movió la cabeza como si estuviera tomando notas mentales-. He oído hablar de esa vasija ritual. Mira, a veces hago tasación de antigüedades. Los tasadores pertenecemos a un círculo muy reducido -le devolvió el recorte de periódico a Mei-. Creo que fue vendida a uno de los marchantes de Liulichang. Supongo que él o alguien asociado con él la pasó de contrabando a Hong Kong. Comerciar con tesoros nacionales y exportarlos es un delito penado con treinta años de cárcel. Pero la gente sigue haciéndolo, por dinero.

– ¿Cuánto cree que pagó por ella el marchante?

– Yo diría que quizá treinta y cinco o cuarenta mil yuanes. Eso es mucho dinero para un chino, especialmente si el vendedor es de provincias.

– ¿Sabe usted qué marchante compró la vasija?

– No. Pero puede que consigas averiguarlo. No será fácil hacer que la gente hable, pero todo tiene un precio; especialmente en estos tiempos. ¡Ah! -los ojos de Pu Yan se iluminaron. Agitó la mano derecha-. Aquí viene mi nieta.

Mei se volvió. La niña de rosa se acercaba con cuidado. Tenía las mejillas sonrojadas del calor del patinaje. Su tórax plano se movía rápidamente de arriba abajo. En cuanto vio a su abuelo con los brazos extendidos corrió hacia él, con su delgada cola de caballo ondeando tras ella.

– Hong Hong, ésta es la señorita Wang, la dama de quien te había hablado.

Hong Hong miró a Mei con sus grandes ojos.

– ¿Te apetece una leche de coco? -susurró Pu Yan al oído de su nieta. La cola de caballo asintió.

Pu Yan llamó con la mano a una camarera que pasaba para pedir la bebida y le dijo a Hong Hong que se sentara junto a él.

– ¿De qué conoces al viejo Chen? -preguntó Pu Yan, distendiéndose en su silla.

– Es un viejo amigo de mi madre. Fueron al mismo instituto en Shanghai -dijo Mei-. ¿De qué lo conoce usted?

– ¿No te lo dijo él?

– No.

Pu Yan se incorporó y empujó su taza a un lado. Mei presintió que iba a contarle una larga historia. A la gente de la generación de su madre y el tío Chen le encantaba hablar del pasado.

– Chen Jitian y yo nos conocimos por las ovejas -dijo Pu Yan muy serio.

– ¿Las ovejas?

– ¿Has estado en Mongolia Interior?

– No -dijo Mei-. Aunque me gustaría ir algún día.

– Deberías ir. Es un hermoso lugar, en algunos aspectos un lugar desnudo, bueno para el alma. Yo estuve allí durante la Revolución Cultural. Por aquel entonces se nos tildó de apestosos intelectuales. El presidente Mao dijo que necesitábamos reformarnos, así que nos enviaron a campos de trabajo a trabajar con las manos, y con los pies.

»Antes de ir allí, yo pensaba en Mongolia Interior como en una abundante pradera moteada de ovejas bajo el cielo azul. Me imaginaba perezosos días de verano llenos de aromas de lavanda y diente de león. Qué equivocado estaba. La vida no era así en absoluto. La mayor parte de Mongolia Interior es un desierto: el desierto del Gobi.

»Los inviernos eran largos y ásperos, los veranos eran cortos y calurosos. Había tormentas de arena en primavera y en otoño. Para empeorar las cosas, teníamos una dieta consistente en un solo ingrediente: cordero; a la brasa, hervido, asado o cocinado como fuera. Al entrar en la cantina, el olor te golpeaba.

»Una cosa que me gustaba era pastorear las ovejas. Me gustaba llevarlas a alimentarse bien. Me gustaba estar solo en la inmensidad de esa tierra prodigiosa. Sobre todo, disfrutaba de estar lejos del campo de trabajo, lejos de que me anduviesen molestando. Tenía aquel perro apestoso llamado Sigovivo al que nada le gustaba tanto como tumbarse a mis pies y ventosear. También él me gustaba.

»Un día decidí explorar una nueva pradera de la que alguien me había hablado. Llegué allí a mediodía. Hacía sol. Las nubes se movían como locomotoras cruzando el cielo. Dejé las ovejas a su aire y me tumbé en la hierba.

»¿Tú sabes lo que se sentía al estar allí? Yo me sentía como si estuviera perdido en el mar. El paisaje salvaje se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era fácil olvidar quién era uno en esa inmensidad desbordante. Aquella tierra tenía ese poder. Podía hacerte perder la noción de ti mismo y hacerte sentir como si fueras una gota de agua disolviéndose en lo que sólo era una ilusión de vida.

«Creo que debí de quedarme dormido al cabo de un rato, porque cuando desperté el cielo estaba oscuro. El viento se había levantado, ondulando la larga hierba. Le di una patada al inútil de mi perro y empezamos a reunir las ovejas para volvernos. Pero al poco de empezar nos sorprendió una tormenta de arena. Poco después, no podíamos ver hacia dónde íbamos.

»En algún punto del camino, que según resultó no era exactamente el de vuelta al campo de trabajo, nos cruzamos con otro rebaño de ovejas. Los dos rebaños se mezclaron. El otro rebaño tenía dos pastores: uno muy joven, casi un niño, y el otro un hombre fornido que estaba confuso y muy asustado. Todos gritamos y tratamos de separar nuestros rebaños, intentando seguir adelante, sin tener ni idea de hacia dónde. Sigovivo saltaba de aquí para allá, ladrando.

»Pero no lo conseguimos, así que al final llevamos todas las ovejas en la misma dirección. Fue un milagro que acabáramos llegando a mi campo de trabajo. Recuerdo cuánta gente salió corriendo a ayudarnos. Muchos de ellos habían estado escudriñando y esperándonos durante mucho tiempo.

»Cuando las ovejas estuvieron encerradas, invité a los dos pastores a tomar un té en mi dormitorio. El corpulento era Chen Jitian. Resultó que la Agencia de Prensa Xinhua tenía un campo de trabajo no muy lejos del nuestro.

»Desde entonces, el viejo Chen y yo nos encontrábamos a menudo, con nuestras ovejas. Compartíamos comida y hablábamos de la vida. Allí en la pradera teníamos mucho tiempo y hablábamos de todo tipo de cosas. A veces leíamos El libro rojo de Mao, el único libro que teníamos. A veces hablábamos de historia o de arte, o de antigüedades.

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