Carmen Posadas - La moral de un esnob

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Ya no pensaba. Habían sido tantos años temiendo que ocurriera lo irremediable… ¿Pero cómo pudo haber bajado la guardia frente a esos provincianos, con lo fácil que hubiera sido quitárselos de encima al principio? Además, ¡qué injusto, qué injusto era que le hubiese tocado nacer en Blanquette, aquel pueblucho!, porque sin duda él estaba hecho para la high life. Aunque se llamara Bidet, no importaba: él era un caballero, era el barón D'Estrael y nada ni nadie iba a cambiarlo ahora. No, no lo permitiría, antes muerto.

De pronto lo invadió una extraña calma, como la que sentía al vestirse para un cóctel especialmente aburrido, o ante la idea de hacerse la manicura, algo que detestaba; la calma, en fin, frente a un deber social ineludible. Respiró hondo, no tenía otra alternativa. Lo único que desvía la atención de un escándalo -él lo sabía muy bien- es otro aún mayor: «El tout París llora la desaparición del barón D'Estrael», pensó, subrayando con su mano un invisible y enorme titular de periódico; y sonrió. En el fondo, la muerte no es un precio demasiado alto a cambio de una buena reputación. Revolviéndose complacido en su batín, su mente teatral aprobó aquella idea, aquel magnífico golpe de efecto. Sí, lo haría; sólo le quedaban por ultimar algunos pequeños detalles estéticos, por ejemplo el c ó mo: ¿ingiriendo un tubo de somníferos?, ¿cortándose las venas? No, tendría que ser algo más novedoso: ahogarse en alta mar, quizá, eso estaría bien.

Hacía frío, pero era agradable estar en cubierta. Ahí, a sotavento, todo parecía tranquilo. Se recostó en una de las tumbonas alineadas a lo largo de cubierta y se entregó a sus pensamientos. Los marineros aún no habían terminado su trabajo, pues el portalón de la barandilla continuaba abierto; sin embargo, no se los veía por ninguna parte. «Italianos holgazanes -pensó André-, seguro que han ido a calentarse los huesos con un toque de grappa… Mejor así, pronto amanecerá y yo tengo que…» En ese preciso momento fue cuando al claroscuro de los fanales entrevió una figura gorda que se acercaba vacilante.

Decididamente, madame Rotin no tenía eso que llaman pie marinero. Cuando salió de su camarote, llena de furia, sin reparar en la redecilla que llevaba puesta y en los cuatro rulos rosas que aprisionaban sus sienes, lo que menos podía imaginarse era que bastarían dos inocentes olas rebotadas en la lejana costa para volver a marearla. Marie se llevó la mano a la frente y se agarró al pasamanos, deseando que el mundo dejara de dar vueltas. Desde su tumbona en la sombra, D'Estrael pudo estudiar aquel rostro verdoso y dio gracias al cielo de que antaño Marie hubiera preferido casarse con el bueno de Albert. «Nunca es tan despiadado el tiempo como cuando se refleja en un rostro amado», filosofó André, y ya se recreaba en esa frase que se le antojó importante cuando, de pronto, vio que madame Rotin se abalanzaba en una loca carrera hacia la barandilla con la clara intención de vomitar. «Pocas veces he visto una bata tan abominable -pensó André, mientras madame Rotin descolgaba medio cuerpo fuera del barco-. ¡Y esos rulos rosas! -añadió al levantar ella su cabeza hacia los cielos, suplicante-: ¡Dios mío, seguro que incluso tiene callos! Hay que ver cómo se tambalea… Y ahora ¿qué hace? Pero ¿no ve que el portalón de la barandilla está abierto…? Esto es grotesco, se va a caer, alguien debería ayudarla porque va directamente y se va… se va a…»

André D'Estrael, testigo casual de la escena, se acercó a la barandilla con lógica curiosidad. En un primer momento pensó correr en busca de auxilio, parar el barco, lanzar un salvavidas, pero un pensamiento le retuvo: ¿Acaso no era providencial lo que acababa de suceder? Providencial y mucho más razonable, claro.

El té se le había enfriado, y André pidió otro con tres pastelillos de chocolate. El resto de sus recuerdos eran todos agradables, casi divertidos. Madame Rotin, una respetable señora de provincias, desaparece en alta mar. ¡Cuántas conjeturas, cuántos chismes! La señora Albianchi, por supuesto, fue el alma de todos los corrillos contando lo que había oído la noche del crimen. Sí, porque rápidamente empezó a circular la hipótesis de que se trataba de un abominable asesinato tras una discusión conyugal; la señora Albianchi era testigo, lo había oído todo: golpes, bofetadas… y además existía un seguro de vida a favor de Albert; todo estaba muy claro. El señor Rotin fue inmediatamente desembarcado en Capri, mientras el resto de los pasajeros continuaba viaje rumbo a El Pireo con una apasionante historia que contar a su regreso.

Ya no quedaba nadie en La Marquise de S é vign é . André pagó, recogió del perchero su sombrero gris y la gabardina, y salió a la calle silbando una vieja canción. Estaba de muy buen humor. Miró su reloj; lo esperaban a cenar en la embajada de Turquía a las siete y media, y aún debía pasar por su peluquería para hacerse la manicura. Silbando C’est si bon, André pensó cuánto le molestaba arreglarse las uñas.

– ¡Marcel, Marcel Bidet! -chilló una voz.

Es curioso cómo ocurren las cosas. Habían transcurrido años sin que su pasado le molestara; y ahora, cuando al fin creía conjurado el peligro, en el mínimo lapso de unos meses, topaba nuevamente con un incómodo obstáculo. Se detuvo y miró con amplia sonrisa a un viejo desdentado y provinciano que se acercaba a saludarlo.

– Querido primo Marcel, en tu tienda me dijeron que te encontraría aquí. ¡Cuánto tiempo! Nunca sabrás cómo he dado contigo, pero bueno, eso qué importa. He tomado una habitación en la pensión Giletier…, sí, la que está enfrente de tu tienda de antigüedades. ¿No ha sido una suerte?

«Sólo el primer crimen resulta doloroso -pensó D'Estrael-; a partir de ahí es fácil.» Y volvió a mirar su reloj: eran las cinco. Ahora tendría que dividir su tiempo entre dos penosas obligaciones. Sonrió al anciano, pues ya sabía lo que tenía que hacer.

– Caminemos un rato -dijo, tomándolo por el brazo-, yo siempre vuelvo a casa bordeando el Sena.

Y mientras charlaban y reían de los viejos tiempos, André D'Estrael se congratuló de que Blanquette fuera un pueblo de tierra adentro, donde nadie sabía nadar, pues de ese modo, con un poco de suerte, aún tendría tiempo de hacerse la manicura antes de acudir a la cena en la embajada. «Pequeños sacrificios para ser socialmente aceptable -se repitió convencido-. Ineludibles, totalmente ineludibles.»

Carmen Posadas

Carmen Posadas nació en Montevideo en 1953 reside en Madrid desde 1965 aunque - фото 1

Carmen Posadas nació en Montevideo en 1953, reside en Madrid desde 1965, aunque pasó largas temporadas en Moscú, Buenos Aires y Londres, ciudad en la que su padre desempeñó cargos diplomáticos.

La colección de relatos titulada “Nada es lo que parece” (1997) la consagró como autora de éxito entre los lectores y críticos, distinción que ya había alcanzado con la publicación, un año antes, de su primera novela, “Cinco moscas azules” (1996).

Ha escrito, además, cerca de 20 libros de literatura infantil, entre ellos “El señor viento Norte”, que obtuvo el Premio del Ministerio de Cultura al mejor libro infantil editado en 1984, y es autora de una decena de ensayos y además de guiones para el cine y la televisión.

En el año 1998 gano el premio planeta con la novela “Pequeñas Infamias”. Su obra que ha sido traducida a 21 idiomas y se vende en más de 40 países con gran éxito de público y ventas en muchos de ellos.

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