Susan Sontag - El Benefactor
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Al oscurecer, dije a mi esposa que fuera hasta allí, y lo invitara a cenar con nosotros. Preparó una sencilla cena, a base de pan, patatas hervidas, rábanos y queso, que comí de muy buena gana. El muchacho miraba intencionadamente a mi esposa, y ella rehuía su mirada, bajando la vista.
Fue al repartidor de carbón a quien encargué que cuidara a mi esposa, alabando sus encantos, el primero de los cuales era su pureza. Ninguno de los dos replicó a mi elocuencia. Dije que iba a dar un paseo, quizás a ver una película, y lo invité a que se quedara en casa. Cuando regresé, a medianoche, el muchacho se había ido y mi esposa estaba en su cama, durmiendo. A la mañana siguiente, como ella no mencionó el tema de la noche anterior, tampoco lo hice yo; me abstuve de examinar las sábanas, buscando huellas del joven del carbón.
Mi segunda línea de razonamientos sobre el tema del amor a uno mismo, será más breve que la primera.
Cada cambio de emoción es experimentado como una revigorización momentánea, pero este destello de sentimientos es falaz. Es el preludio de una disminución del vigor, que ocurre al advertir la dependencia de nuestros sentimientos de algo o alguien externo a nosotros. El verdadero vigor resulta únicamente del conocimiento de la separación.
Comunidad, amistad, amor, son expedientes provisionales, inventados porque los hombres no pueden soportar sentirse separados. Es el amor, por encima de todo, quien impide nuestra habilidad para permanecer separados. Sin embargo, el amor no puede rechazarse. ¿Cómo podemos reconciliar entonces amor y separación? Amor de uno mismo.
A esta segunda línea de razonamientos añadiré también una breve historia.
Un día estaba desnudo, delante de mi espejo.
Durante un tiempo, solía quitarme las ropas de día. Dado que, vestido, me siento tranquilo e indiferenciado, mi espejo me confronta con el sabor de mí mismo, que es agudo y salino.
Cuando mi esposa entró en la habitación, mi primer impulso fue cubrir mi desnudez. Pero dominé el sentimiento de incomodidad, pues era siempre absolutamente honesto, y me llevé una mano al sexo. Ella se paseó por la habitación, canturreando tranquilamente a media voz.
Pensé en tres cosas: el huevo, la mariposa y la lluvia.
Cuando alcancé el clímax de mi meditación, mi esposa se acercó y me secó con una toalla.
Mi tercera línea de razonamiento era ésta.
Pienso mejor cuando pienso en una sola cosa, siento con más profundidad cuando siento una sola cosa. Si pudiera remodelar mi cuerpo, sería de dimensiones celestiales, de modo que las ciudades de los hombres aparecieran ante mí como diminutas manchas. O bien, lo haría tan pequeño, que sólo pudiera ver una hojita de hierba. Con cuánto amor examinaría esta hojita de hierba. Acariciaría su tallo, me adentraría en sus oscuros pliegues, me frotaría contra su verde costado.
Hay dos grandes pasiones en mi naturaleza. Me gusta concentrarme en algún problema pequeño, y me gusta ser sorprendido. Pero nadie es tan pequeño como yo. Y nadie me sorprende tanto, tampoco.
Mi tercera historia:
Frau Anders había partido. Estaba inmensa, egoístamente aliviado de que tuviera que esconderse, mientras yo estaba a salvo, de que ella estuviera huyendo, pero no de mí. Paseaba por las calles sin rumbo fijo, cada tarde, hasta el toque de queda, alegrándome de no tener por qué huir.
Entonces, en la vacuidad de mi ingenio, golpeé a un mendigo que pasaba. El no me había hecho nada; no lo conocía. ¿A quién se parecía? No lo sé.
El carnicero, saliendo de su tienda, me cogió por la oreja. Las maldiciones caen como gotas de la dorada testa del caballo. Se reunió una multitud de tenderos y amas de casa. Vino un policía con su porra.
Alguien, entre la multitud, me ofreció un revólver, indicándome que debía correr. Pero yo no deseaba la muerte del mundo, ni de ninguna persona.
Por lo tanto, me dirigí hacia el policía. Tomaron mis huellas, me interrogaron, aquella noche me encerraron y a la siguiente mañana me liberaron.
Mi cuarta y última línea de razonamiento es la siguiente.
El hombre se esfuerza por ser bueno; maldad es sólo el nombre de la bondad para alguna gente. La esencia de la bondad es la monotonía. Notad, por favor, que digo monotonía, no consistencia, que tantos, incorrectamente, creen el sine qua non del buen carácter.
De la monotonía surge la pureza. Esta es la razón por la que casarse con una mujer es mejor, más puro, que la poligamia. Pero la monogamia es polígama, cuando se enfrenta a la pureza del amor a sí mismo.
¿Qué es más monótono que uno mismo?
Una pequeña historia: la noche en que Frau Anders partió, soñé por tres veces el mismo sueño. En este sueño me paseaba por un mar helado.
CAPITULO XIV
Así, mi esposa y yo vivimos sin discordias durante varios años. No experimentaba ningún deseo especial de viajar, y, salvo una salida que hicimos para visitar a nuestra familia, no nos movimos de la capital. Pero entonces, mi felicidad fue conducida hacia un brusco y cruel final.
Un día, mi esposa me dijo que no se había sentido bien. Yo había sospechado ya algo anormal, dada su constante somnolencia de las últimas semanas, la rara palidez de su cara, y también por ciertas manchas blancuzcas que habían aparecido en sus brazos y piernas. Ella había sido siempre una persona de un carácter extraordinariamente equilibrado; frío e insípido, podía decirse, aunque yo no lo juzgara así. Pero después, su carácter habitual había adquirido el inconfundible aspecto de la debilidad y la pesadez. Aun al confesarme lo mal que se encontraba, lo minimizaba, como si quejarse le resultara un esfuerzo excesivamente grande. Pese a sus protestas de que todo iba a ser una pérdida de tiempo y de que cualquier médico le diría que sufría del hígado, me apresuré a buscar servicio médico. Naturalmente, estaba justificada al dar ese diagnóstico, mito de la medicina nacional que ha curado a muchos pacientes distrayéndolos de sus enfermedades reales hacia otras imaginarias. ¡Ojalá hubiese sido curada con aquel diagnóstico!
En la enfermedad, la imaginación lo es todo. Usándola adecuadamente puede curar, aunque también la imaginación mata. Pero la imaginación del cuerpo suele ser generalmente prosaica, hasta torpe. Los sueños son la poesía; la enfermedad, la prosa de la imaginación. Conocí a un incansable conversador que murió de un dolor que le empezó en la oreja, y un primo mío, abogado en los tribunales, que gustaba de las expresivas gesticulaciones con los brazos, que fue afectado de parálisis. Existen numerosas formas de enfermedad. En sociedades más simples que la nuestra, la enfermedad goza de un carácter colectivo o comunal: la típica forma de enfermedad es la plaga. En nuestra sociedad, la enfermedad se reduce a un asunto privado; las enfermedades modernas no son contagiosas. La enfermedad ataca a un solo hombre. Se inicia individualmente, en el órgano o la parte del cuerpo afectado por la negligencia o por el cuidado excesivo. Es, por consiguiente, un juicio individual, más que una infección. Por tanto, debe ser soportada con gran resignación, ya que no puede ser comunicada a otra persona. La enfermedad de mi esposa, tal como el médico me dijo, pues ella estaba realmente enferma, tenía este carácter moderno. No era trasmisible, de modo que yo no estaba en peligro. Y además era incurable. Estaba afectada por una propensión hidrópica, manifestada por la condición corporal flemática, conocida como leucoflemacia, y por un creciente emblanquecimiento completamente anormal de algunas partes del cuerpo, leucosis. Pero éstas eran sólo algunas apariencias externas de la fatal leucemia, un exceso de glóbulos blancos en la sangre.
Mi esposa recibió la noticia con gran serenidad. Dado que no existía cura posible, no había tampoco nada que hacer, sino esperar en calma el desarrollo de la enfermedad. Juntos decidimos que permanecería en casa, en lugar de instalarse en un hospital, y su cuidado se convirtió en mi única y voluntaria ocupación. Le preparaba el té y le daba masajes en las piernas; durante horas y horas me sentaba junto a su cama, acompañándola en algunas canciones u oraciones y jugando al tarot. Creo que no mencioné la afición de mi esposa a la astrología. Durante su enfermedad, me enseñó a leer los naipes y me profetizó una larga vida, lo cual, en estas circunstancias, me añadía un exceso de melancolía. No pareció muy animada cuando le propuse avisar a su familia, aunque estuvo de acuerdo en que sería más apropiado en los últimos momentos. Deseando, sin embargo, proporcionarle mayor entretenimiento, decidí invitar a Jean-Jacques a nuestra casa. Salí un mediodía, después de avisar a un vecino que iba a ausentarme por algunas horas, y encontré a mi viejo amigo, no en su café habitual sino en otro, unas puertas más abajo, en la misma calle.
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