Susan Sontag - El Benefactor

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Intelectual de primer orden, a la vez que artista y pensadora de enorme vitalidad, Sontag irrumpió en la vida literaria norteamericana en 1963 con esta primera novela. La autora ofrece un fascinante retrato de un joven apático de clase alta que empieza a confundir sus sueños violentos y llenos de imaginación con sus experiencias en el mundo real. En la extraña travesía de Hippolyte hacia su liberación personal se insinúan algunas de las ideas que Sontag desarrolló a lo largo de su carrera y que, entre otras cosas, hablan de la posibilidad de que vida y arte puedan ser exactamente lo mismo.

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Uno que le gustó especialmente se llamaba «El Marido Invisible» y es así:

«Erase una vez una hermosa princesa que vivía en una ciudad junto a un espeso bosque. Lejos de allí, en las montañas llamadas Himalaya, vivía un joven príncipe, pobre pero muy trabajador.

»En el país del príncipe nevaba siempre, y para protegerse del frío se abrigaba con un hermoso traje de piel blanca y altas botas de cuero, también blancas. Con esta indumentaria era casi invisible y podía andar por la montaña sin ser amenazado por ninguno de los peligrosos animales que la habitaban.

»Un día, el príncipe pensó que le gustaría tener una compañera en la montaña, una esposa. Descendió al valle, cruzó el bosque y llegó a la ciudad. Una vez allí, pidió en seguida que lo condujeran al palacio real. Pues, siendo un príncipe, sólo podía casarse con una princesa.

»Pero la princesa de aquella ciudad, aunque joven y hermosa, tenía una vista muy débil. Cuando el príncipe, vestido de blanco, fue presentado a la corte, apenas pudo verlo. Pero, por el fino oído que a menudo tienen los que carecen de buena vista, oyó los graves tonos de su voz y le pareció atractivo. Quería aceptar su propuesta de matrimonio.

»-¿Cómo es él, padre? -preguntó.

»-No hay duda de que es un príncipe -replicó el rey-. He visto sus actas de nacimiento.

»-Me casaré con él -dijo ella-. Será un compañero tranquilo y agradable.

»De modo que el príncipe se llevó a la princesa, cuando regresó a la montaña, y la hospedó en su casa de nieve. Con sus propias manos la alimentaba con leche, arroz, frutos silvestres, azúcar y otras delicadezas.

»Aunque la vista de la princesa no mejoró, como todo a su alrededor era blanco, no importaba que no pudiera distinguir casi a su marido.

»Pero un día, mientras la princesa se encontraba sola, bordando un mantel, apareció ante ella un oso negro de la montaña. Ignorando que éste era el animal más peligroso del lugar, la princesa no se atemorizó. Pero estaba alarmada porque nunca había visto algo tan claro.

»-¿Quién eres? -preguntó educadamente.

»-Soy tu marido -dijo el oso-. Encontré este abrigo de pieles negras en una cueva húmeda y oscura, al otro lado de la montaña.

»-Pero tu voz es muy ronca -dijo la princesa-. ¿Te has resfriado?

»-Sí, es cierto.

»El oso pasó la tarde con la joven princesa. Cuando se levantó para marcharse, ella se sintió afligida. El le contó que debía devolver el abrigo negro a la cueva; su propietario quizás estuviera buscándolo.

»-¿Pero no podrás ponerte otra vez este abrigo? -suplicó.

»-Quizá vuelva a encontrarlo cuando pase por la cueva. Y entonces vendré al mediodía a visitarte.

»-Sí, por favor -exclamó la princesa.

»-Pero debes prometer -dijo el taimado oso-, no mencionar este traje negro a nadie, ni siquiera a mí mismo. Porque detesto la falta de honradez tanto como llevar cosas que no me pertenecen. No deseo que se me recuerde el sacrificio de mi honor, que haré por ti si vuelvo alguna vez a ponerme este traje.

»La princesa respetó los escrúpulos morales de su marido y se mostró conforme con lo que pedía. Y así el oso iba a veces a visitarla, pero ella nunca mencionaba sus visitas por la noche, al volver su marido. Lo que apreciaba en el oso era el hecho de verlo, pero le disgustaba la aspereza de su voz, cada vez que, como ella suponía, él se aventuraba en la húmeda caverna por complacerla.

»Un día, su voz le pareció tan desagradable que le urgió a que tomara algún jarabe contra la ronquera.

»-Detesto los medicamentos -dijo el oso-. Quizás será mejor que no abra la boca cuando esté resfriado.

»De mala gana, ella aceptó, pero a partir de aquel momento empezó a encontrar menos placer en ver a su marido vestido de negro.

»-Me gustaría más oír tu voz -dijo un día al oso, mientras él la abrazaba rudamente-. Ya no disfruto viéndote, como me sucedía antes.

»Por supuesto, el oso no respondió.

»Cuando el oso se marchó a media tarde, ella decidió hablar a su marido, cuando, por la noche, regresara vestido de blanco.

»Pero a su regreso, no dijo nada, por no atreverse a romper la promesa de silencio sobre el traje negro, Aquella noche, sin embargo, ella se deslizó de la cama, mientras su marido dormía, y partió hacia la montaña. Aunque era noche oscura, su vista no era mejor ni peor que de día.

»Durante tres días con sus noches, anduvo buscando la oscura cueva donde suponía que su marido había encontrado el traje negro. La mayor parte del tiempo nevaba, y tenía mucho frío. Por casualidad, fue a tocar con sus dedos una arcada de piedra, y sintió un espacio libre ante sus manos, que podía ser la entrada a la caverna. Miró con alivio.

»Dejaré una nota aquí para el verdadero dueño del traje, se dijo, exhausta y llena de frío, pero decidida a completar su misión.

»Desgarró un pedazo de su blanco vestido, tomó una aguja de su pelo y pinchó su blanca piel, usando la aguja como pluma y su sangre como tinta, y escribió el siguiente mensaje sobre la ropa: "No dejes aquí tu traje nunca más. Gracias", y lo firmó: "La Princesa de la Montaña".

»Entonces, sintiéndose muy enferma, deambuló varios días y noches por la montaña, hasta encontrar el camino para regresar a su casa.

»Naturalmente, el príncipe se alegró mucho cuando la princesa volvió a estar otra vez con él, y de inmediato la puso en la cama. La cuidó con gran cariño, alimentándola con una cucharilla de azúcar y un cubilete de crema cada día. Estuvo enferma durante bastante tiempo, pero finalmente se recuperó. Durante su enfermedad, sin embargo, su vista se debilitó mucho más. Estaba completamente ciega.

»Pero la princesa no se desanimó por esto. Ahora no tendría ya problemas para escoger entre su marido de blanco o su marido de negro.

»-Ahora soy feliz -dijo al príncipe.

»Y oyó replicar a su marido, con su agradable voz:

»-Siempre hemos sido felices.

»Y a partir de entonces, vivieron siempre muy felices.»

Mi esposa era, sobre todo, obediente, y nunca se quejaba. Era el tipo de mujer que hubiera disfrutado con la suegra, que yo no podía proporcionarle. Además, su naturaleza era propensa a la generosidad, hasta el extremo de despreocuparse por los riesgos. Cuando la familia judía que vivía en el piso inferior al nuestro fue sacada a medianoche por los soldados enemigos, para ser deportada a los campos de concentración, ella se asomó al rellano y arrojó sus zapatillas. Afortunadamente la contuve a tiempo para no ser vista por los soldados y detenida. Esto explicará lo que sucedió un día, algunas semanas después, cuando una mujer se presentó ante la puerta, mientras yo estaba fuera, y dijo a mi esposa que era una vieja amiga mía, judía, aunque convertida, y en inmediato peligro de deportación; mi esposa la invitó a pasar y a permanecer con nosotros. En una hora, la mujer trajo sus escasas maletas y propiedades, para instalarse en la habitación trasera. Tampoco yo hubiera rechazado a quien llamara a mi puerta pidiendo refugio por razones de este tipo, durante aquellos días terribles. Con todo, debo confesar que al regresar a casa mi corazón se encogió de temor por mí y por mi mujer. La mujer no era otra que Frau Anders.

Apresuradamente mi esposa me explicó su presencia. Fui a la habitación trasera, donde encontré a Frau Anders sentada en una silla de madera, rodeada de varias maletas pequeñas a sus pies.

– Sabes que no hubiera venido -empezó, en tono resentido-. Todavía tengo orgullo.

– Lo sé, lo sé -dije, resignadamente-. Un gran desastre cancela todas las querellas privadas. Mi casa es tuya.

Rió amargamente.

– Todas tus casas, ¿eh?… ¡Oh!, perdona… Debes permitirme permanecer aquí por un tiempo, Hippolyte. Se están llevando a todo el mundo. Al principio era sólo a algunos, pero ahora, ahora a todos. Ninguno de los que se van regresa, lo sé; ¡puedo presentirlo!

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