Susan Sontag - El Benefactor

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Intelectual de primer orden, a la vez que artista y pensadora de enorme vitalidad, Sontag irrumpió en la vida literaria norteamericana en 1963 con esta primera novela. La autora ofrece un fascinante retrato de un joven apático de clase alta que empieza a confundir sus sueños violentos y llenos de imaginación con sus experiencias en el mundo real. En la extraña travesía de Hippolyte hacia su liberación personal se insinúan algunas de las ideas que Sontag desarrolló a lo largo de su carrera y que, entre otras cosas, hablan de la posibilidad de que vida y arte puedan ser exactamente lo mismo.

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Había adquirido hábitos muy solitarios durante los meses que cuidé a mi esposa. Su muerte no parecía razón suficiente para abandonarlos.

Es curioso que nuestro modo de vivir no esté proyectado con relación a una emoción intensa o a una única idea, sino bajo la forma de acción. A pesar de mi codiciado deseo de estar solo, las visitas continuaron viniendo, prosiguiendo con sus misiones de consuelo; no fueron muchas, pero sí suficientes. Mónica era mi principal visitante. Su traje de viuda y su velo (acababan de notificarle la muerte de su esposo en un campo de concentración) hacían juego con mi propio luto aunque, mucho antes que ella, volví a usar mi ropa habitual.

Pronto me cansé de su compañía. Me impacientaba con los tiernos mensajes que pasaba debajo de mi puerta, con las comidas que me preparaba, con su forma de taconear, ruidosamente, en mi apartamento. Ni sus sollozos de dolor, ni su alegría cuando en aquel verano la capital fue liberada, eran sentimientos que yo pudiera compartir.

– ¿Cómo murió tu esposo, Mónica? -le pregunté, cuando insinuó pasar una noche conmigo.

– Oh, era tan bueno -susurró, comenzando a sollozar.

Cuando impugné la sinceridad de su dolor, se indignó de tal modo que tuve que decirle que se marchara.

No creo que nos ayudáramos mutuamente. Ella estaba demasiado triste, pero no lo suficiente como para resultarme una buena compañera. Mónica se agitaba compulsivamente, y era casi indestructible, mientras que mi constitución se hacía cada vez más débil. Recuerdo que esta imagen de mí mismo llegó a tener gran importancia para mí. Cuando volví a mis olvidados ejercicios físicos, lo hice con esa desesperada imagen en mi mente. Desaparecidas las antiguas razones para mantener mi cuerpo en buen estado, tenía ahora un objetivo mucho más importante en perspectiva. Debía robustecer mis miembros, de lo contrario me quemaría. Urgí a mi cuerpo a que cambiara, a que adquiriera mayor soltura, a que se hiciera más libre y perdiera la inquietante reunión de mi mente. Pero las venas de mis brazos y piernas parecían coaguladas por el dolor.

Afortunadamente para mí, Mónica no tardó en trabajar para uno de los numerosísimos comités de postguerra, dedicados a la restitución de las injusticias y al mejoramiento de todo lo que por entonces empezaba a florecer. Sus llamadas se hicieron menos frecuentes y generalmente no tenían más objetivo que asegurar mi firma en alguna petición o manifiesto. Yo firmaba siempre, pues a pesar de las burlas que me permitía sobre Mónica, sus sentimientos políticos (si es que alguien puede llegar a tener sentimientos políticos) eran irreprochables.

Aparte de Mónica, veía a otros amigos, mucho más hábiles en consolarme. Tuve algunos fríos encuentros con Jean-Jacques, llenos de largos silencios. Era extraño lo poco que me importaba la gente en aquella época, ya que mi vida interna se encontraba igualmente despoblada; hasta mis sueños me habían abandonado. Pero estaba acostumbrado a ser paciente conmigo mismo, tal vez demasiado paciente. Jugaba solitarios al ajedrez. Mis placeres sexuales eran casi siempre solitarios, con o sin ayuda del espejo. Asistía ocasionalmente a alguna sesión de cine mudo. Esperaba un sueño.

CAPITULO XV

Jean-Jacques había cambiado, era indudable. Ignoro si fue la fama, la edad madura o la estabilidad financiera lo que mudó su carácter. De todos modos, adquirió un aspecto decididamente blando y complaciente para mí.

Su condescendencia se tradujo incluso en cargos políticos graves de colaboración con el enemigo que, por lo que se rumoreaba, podían volverse contra él. Creía que la selección de su última novela para uno de los más prestigiosos premios literarios anuales, cuyo jurado agrupaba a algunos veteranos de la resistencia, le ayudaría mucho a limpiar su nombre. Pero las acusaciones continuaban rumoreándose y Jean-Jacques fue dos veces a la jefatura de policía, para contestar unos interrogatorios vagos y confusos, un estigma vergonzoso.

Las noticias sobre las dificultades de Jean-Jacques me llevaron a reanudar mi relación con él. Hasta algunos meses después de la muerte de mi esposa, no podía soportar la idea de verlo. No podía dejar de considerarlo parcialmente culpable de los desafortunados sucesos de aquella noche fatal, y el hecho de que no hiciera ningún esfuerzo para verme, después del entierro, confirmaba la infeliz revelación de su actitud hacia mí. Pero al enterarme de que podía encontrarse en serio peligro, decidí llamarlo, y nuestra amistad se reanudó de manera fría y cautelosa. Solíamos encontrarnos en su habitación o en la mía, o en algún restaurante para comer o cenar. Jean-Jacques había cambiado tanto, que raramente pasaba un momento en los cafés, excepto cuando debía encontrarse con algún traductor o un joven escritor con quien previamente había convenido la cita.

También sus hábitos habían cambiado. La edad volvía agriamente impropias e inconvenientes sus salidas nocturnas, que practicara antiguamente. Sin embargo, no debí suponer que Jean-Jacques había abandonado sus hábitos galantes y promiscuos. Imaginen entonces mi aturdimiento cuando, una noche que nos reunimos para cenar, me dijo que, aproximadamente un año después de la muerte de mi esposa, se había enamorado, y que por primera vez en su vida había aceptado que alguien viviera con él. Describió al objeto de sus afecciones, un joven griego, estudiante de teología, con un ardor tal, que no podía dejar de convencerme del cambio que esto suponía en él. Poco después me presentó al joven, que me pareció más frío que encantador. Dimitri tenía el pelo ensortijado y negro, llevaba gafas y hablaba mucho de su madre y de un confuso cisma en la Iglesia Ortodoxa, sobre el que estaba escribiendo su tesis. ¡Una oportunidad inigualable para Jean-Jacques! No me sorprendió saber después que había abandonado a Jean-Jacques, aunque sí que mi amigo estuviera tan abatido.

Debo admitir que ni la enfermedad amorosa de Jean-Jacques, ni su nuevo estilo de respetabilidad, me conmovieron. Sentía gran rencor hacia él, por su complicidad en la muerte de mi esposa, aunque no podía culparlo de nada en particular. ¿Qué había hecho aquella noche, sino mostrarse entretenido, justamente para lo que yo lo había invitado? Continuaba siendo todavía bastante amable, aunque sus chistes eran menos frecuentes y parecía menos predispuesto a escuchar los sucesos de mi último sueño.

He aquí la última conversación, o, mejor, dos conversaciones con Jean-Jacques, que tuvieron lugar dieciocho meses después de la muerte de mi esposa. Escribí en mi diario:

«Diciembre, 5. Hoy, mientras caminaba buscando a Jean-Jacques, esperaba un acto completo, pues nuestros últimos encuentros han quedado inconclusos.

»Pensé en la violencia, pues no podía existir una conclusión satisfactoria a una discusión con él. Me gana siempre por palabras.

»Pensé en la traición. Podía ir a la policía y denunciarlo por sus aventuras en el mercado negro, por el asunto del coronel de la SS y por otras muchas cosas que él, despreocupadamente, me había contado. Deseaba ser capaz de un acto así. Pero dudaba que fuera beneficioso para Jean-Jacques encontrarse encerrado en una celda.

»Ojalá existiera todavía en nuestro país aquella venerable y feliz costumbre, el duelo, como medio satisfactorio de zanjar una disputa o, simplemente, un sentimiento de descontento entre dos hombres de honor que no se odian. Mientras caminaba, iba imaginando este duelo, pero no podía encontrar el arma -¿sable?, ¿pistola?, ¿cuchillo?, ¿navaja?- adecuado para nosotros. Nuestras armas habían sido siempre las palabras, que me herían mucho más a mí que a él. Por ejemplo, en el duelo que sigue, que tuvo lugar en mi mente, era yo quien empezaba:

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